¿Momento triste o eterno legado?

José Woldenberg publicó la semana pasada “tres viñetas y media” sobre Jorge Carpizo. Una de ellas se refiere a su rectorado
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José Woldenberg publicó la semana pasada “tres viñetas y media” sobre Jorge Carpizo. Una de ellas se refiere a su rectorado:

Como rector, Carpizo encabezó un loable esfuerzo por poner al día a la mayor y más importante universidad del país. Primero presentó un diagnóstico de la institución, ‘Fortaleza y debilidad de la UNAM’ (1986), y luego convenció al Consejo Universitario para que aprobara una serie de medidas que tendrían un impacto positivo en el desempeño de la UNAM. Incapaz de navegar con la inercia, Carpizo planteó una auténtica reforma. Vale la pena recordarla por aquello de la amnesia colectiva: elección directa y secreta de los consejeros universitarios y técnicos, impartición de cursillos optativos sobre hábitos de estudios, determinación de una bibliografía básica por materia, reforzamiento de las tareas de orientación vocacional, publicación masiva de antologías, intensificación de cursos de formación docente y otras más. Además, había un listado de temas que debía ser modulado por los Consejos Técnicos de facultades y escuelas: revisión y actualización de los planes de estudio, de la política de investigación, establecimiento de fórmulas que aseguraran el cumplimiento del personal académico. No obstante, dos medidas que afectaban privilegios, la abolición del pase automático para aquellos estudiantes que no hubiesen obtenido un promedio mayor de 8 y no hubiesen concluido sus estudios en tres años y el aumento en el pago de inscripción a los cursos de maestría y doctorado, desataron un masivo movimiento estudiantil que frustró aquel intento reformador. Sigo pensando, como ayer, que fue uno de los momentos más tristes de la izquierda universitaria.

Woldenberg ya ha analizado ese momento con lucidez en su libro, en el que menciona que conoció a Carpizo en bandos “no sólo diferentes sino encontrados: él era abogado general de la UNAM, yo sindicalista”, una historia que narró con agudeza y sensatez en El desencanto (Cal y arena, 2009), libro que ya he comentado aquí.

En él, Woldenberg concluye que la implantación del autoritarismo contestatario del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y su intransigencia abortaron reformas que habrían “beneficiado a la más importante universidad pública del país y a la mayoría de los estudiantes” pero fueron detenidas “sin razón”, por la irracionalidad del “movimiento”.

La visión que tiene el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) de las cosas es, desde luego, muy distinta. Sus líderes celebran cada aniversario de su gloriosa epopeya: hablan de su “legado”, de la pervivencia de su lucha contra cualquier reforma “excluyente, financista, antiacadémica y burocrarizante” y se vanaglorian de que es gracias a ellos que la UNAM continúa vigilando “la gratuidad y la educación superior pública”, sigue luchando por “la democratrización de la UNAM” y abordando “temas de índole nacional” (sic).

La pregunta, quizá, no es tanto si se trató de un triste momento de la izquierda, como juzga Woldenberg, o si se trata de un legado activo, como piensan los oximorónicos jóvenes históricos del CEU. 

Esta diferencia de posturas ¿será un efecto Rashomon, el que consiste en tener visiones contradictorias del mismo hecho? ¿Será sólo otro ejemplo de que la historia la escriben los triunfadores? ¿O será un caso de “narrador inconfiable”? Y de serlo ¿cuál de los dos? ¿El profesor Woldenberg o el funcionario Ordorika?  

Mi respuesta se interpretaría como un “ataque”… Y además, temo que no se ajuste al viejo dogma que hoy resucitan los no menos viejos ideólogos en México: el pensamiento crítico es “por necesidad revolucionario”… 

 

(Aparecido, parcialmente, en El Universal)

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