Montevideo entre paréntesis

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Viajo a Montevideo vía Pana-má, y alcanzo a ver, al aterrizar en mi escala, una parte del Canal: alguna esclusa con tráfico de barcos, construcción que me asombra no obstante verse diminuta desde el aire. Esa visión de diez segundos hace que valga la pena el itinerario: siempre he sido un impresionable cliente de las grandes obras de ingeniería, que a la belleza estructural le suman algo que una cuchara tiene pero no un poema: utilidad práctica.

Al descender del avión, ya en Montevideo, descubro que conmigo viajaba el escritor español Agustín Fernández Mallo, autor del “proyecto Nocilla” y de un ensayo que no voy a tener la oportunidad de comentar con él: Postpoesía, que de este lado del Atlántico fue recibido con sonrisitas condescendientes (hijos de Darío y de Nicanor Parra, creemos que ya nada nos sorprende). Apenas comienzo a platicar con él, aparece otro escritor español, Lorenzo Silva, y nos subimos a un coche para ir al centro de la ciudad. En el camino, creyendo que todos somos españoles, el conductor nos felicita por nuestro desempeño en el Mundial. Le aclaro que soy mexicano y que no tengo nada que decir sobre el tema, pero que él sí debe estar muy contento con su equipo. “¿Sho?”, responde, “sho no tengo por qué festejar un cuarto lugar, ¿viste?” Y con esa frase siento que aterrizo de veras en Montevideo.

Nos hospedan en uno de esos hoteles en serie que son iguales aquí y en China, pero este tiene la particularidad de que todas sus habitaciones tienen vista al Río de la Plata, una inmensa masa de agua café con ínfulas de mar que hasta olas tiene. El viento se estrella contra el hotel y ulula fuerte: este sonido va a ser una constante en mi estancia. En el restaurante está Vicente Molina Foix, querido escritor español con quien me pongo rápidamente al día. Lo dejo cenando y pido un whisky en el bar, en un vasito de plástico, para llevarlo a mi habitación, escribir un poco y dormirme. “¿Pero cómo le voy a dar un vaso de plástico, caballero, tenga este”, y el barman me da un vaso de vidrio repleto de malta. La suma amabilidad montevideana también va a ser una compañía constante.

¿Por qué tantos escritores españoles en Montevideo? Porque los convoca el Festival Eñe de Literatura, que por primera vez tiene sede en América. Organizado por la revista Eñe, que a su vez es un proyecto de la gestora cultural española La Fábrica, el festival cuenta con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y su sede es en esta ocasión el Centro Cultural de España (CCE) en Montevideo. Con mayoría española y uruguaya, al festival nos colamos algunos escritores de otras latitudes, incluidos el narrador mexicano Yuri Herrera y yo. Desayuno con Yuri, quien observa mi saquito café con ternura y me urge que vaya a comprar algo que me abrigue de verdad. Es cierto: brinqué del verano al invierno sin darme cuenta y no vine preparado. Salgo a congelarme a las calles de la Ciudad Vieja y de inmediato siento que habito el “esplín” de Herrera y Reissig:

 

Todas las cosas se visten de una
[vaguedad profunda;

pálidas nieblas evocan la nostalgia
[de París;

hay en el aire perezas de “cocotte”
[meditabunda.

Llenos están cielo y tierra de un
[aburrimiento gris.

 

Olvidemos París y sus cocottes, aquí la palabra clave es “gris”: sobre Montevideo parece gravitar un espesor plomizo, una tonalidad indecisa casi táctil, casi triste, casi algo que se resuelve en nada. Si va a durar tres días, ¡bienvenida la melancolía! Camino con el secreto entusiasmo de mi nuevo estado de ánimo y llego en tres minutos al CCE. Las distancias son minúsculas: toda la Ciudad Vieja cabe en cuatro cuadras de la Nápoles. Sé que el centro no es todo Montevideo, pero no deja de sorprenderme su anclaje en un tiempo que no se parece al presente: todo tiene sabor de ayer, como si se le hubiera dado la espalda no al desarrollo sino al tiempo mismo. La burbuja temporal me resulta del todo placentera: he pasado de los cláxones al ulular de un viento entre paréntesis.

Cuartel general del festival, en el CCE me toparé con un montón de gente conocida y no. De Andrés Barba, otro escritor español, me separaré poco, al igual que del poeta argentino Washington Cucurto, “Cucu”, compadre genial que siempre carga consigo los libros de Eloísa Cartonera. Circulan por ahí Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Martín Caparrós, Mercedes Cebrián, Daniel Samoilovich, Alberto Anaut, Roberto Echavarren, Leila Guerriero, Javier Reverte y mucha gente más a la que no conozco. Me da mucho gusto ver al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, que vive en la ciudad universitaria de Ithaca, en Estados Unidos. Me dice que es, probablemente, el único escritor que no quiere volver a Ítaca…

Soy malo para tantos encuentros, abrazos, palmadas y carcajadas: adquiero una conciencia de mí que me vuelve torpe y termino por huir, respirar y volver siempre. El ritmo de estos festivales lo marcan mis arrebatos antisociales y el imán de la amistad. Este último me lleva a comer al Mercado del Puerto con Vicente, Andrés y el uruguayo Álvaro Brechner, director de cine. Al entrar a ese lugar sé que voy a volver cuantas veces pueda y que mi nivel de triglicéridos va a tocar techo: ¡un mercado de asados y parrilladas! Así es: los tres días comeré ahí. Y en la noche, al boliche Fun Fun, un destartalado y legendario bar donde se cantan tangos y se beben “uvitas”, combinación más o menos letal de vino, oporto y azúcar. Ahí conoceré a Ajo, “micropoetisa” española que encarna ella sola al barrio de Malasaña de Madrid.

Entre el Mercado del Puerto y el Fun Fun cabe la vida: las actividades del festival, las calles frías y grises de la Ciudad Vieja, el ubicuo mate, las portentosas librerías de “usado”, la vertebral Avenida 18 de Julio y su sabor al DF de los setenta. Y no mucho más, que afuera de ese melancólico paréntesis el tiempo corre como siempre y hay que volver a los cláxones. ~

 


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