Nacionalismo petrolero y derechos laborales

¿Por qué la izquierda, en vez de plantearse la crítica a la propuesta de apertura del sector petrolero, no se propone iniciar una ofensiva por los derechos de los trabajadores subcontratados en el sector?
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La historia es la enemiga mortal de la mitología, pero su lucha es tan dispareja que la historia no sólo termina perdiendo la mayoría de las batallas, sino que a menudo debe presenciar impotente el espectáculo de la mitología presentada como historia. Escribí mi tesina de maestría sobre la capacidad de discernimiento político (political judgment) de Lázaro Cárdenas a través del análisis de las decisiones más recordadas de su gestión presidencial. A diferencia de las narrativas hagiográficas en las que el resultado de los procesos estaba garantizado por la estatura moral del héroe, el énfasis en el discernimiento político recupera el albedrío, las múltiples opciones y las decisiones de los actores políticos en contextos siempre cambiantes. La figura de Cárdenas que surge a partir de la lectura minuciosa de sus Apuntes e Ideario Político es la de un estadista armado con ideas básicas de justicia social y soberanía nacional, una gran capacidad de observación y análisis de su entorno, y una enorme astucia y audacia para actuar cuando la situación se lo demanda. Sin embargo, esa imagen viva es a menudo opacada por el mito de Cárdenas: el Patriota Petrolero de la Nación.

Hay un aspecto fundamental de la expropiación petrolera que últimamente se ha soslayado en los recuentos del evento, en particular durante la última ronda de hermenéuticas cardenistas en conflicto que tuvo a Peña Nieto y Cuauhtémoc Cárdenas como protagonistas: la expropiación de los activos de las empresas petroleras en 1938 fue una medida extrema tomada por el presidente Cárdenas en el marco de un intenso conflicto laboral. Dicho conflicto estuvo marcado por dos principales tendencias. Por un lado, los trabajadores petroleros llevaban a cabo un doble proceso de unificación sindical, consolidando un sindicato nacional  y, enseguida, participando activamente en la formación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) en 1936. Las huelgas petroleras y la exigencia de un contrato ley para la industria reflejaban ese proceso de fortalecimiento obrero. Por otro lado, las empresas petroleras habían creado un virtual estado de excepción con sus guardias blancas, sus políticos en el bolsillo y, especialmente, su absoluto desdén por la legislación laboral mexicana.

La retórica nacionalista de Lázaro Cárdenas en su mensaje a la nación, el 18 de marzo de 1938, gira en torno a la afirmación de la soberanía nacional, entendida como la facultad elemental del Estado de hacer cumplir sus propias leyes, frente a la renuencia de las empresas petroleras a someterse a la jurisdicción de las autoridades laborales, primero, y de la Suprema Corte de Justicia, después, y no, como aparece en el mito fundacional del nacionalismo petrolero, como una afirmación de la soberanía a través del monopolio de la producción de hidrocarburos. Si Cárdenas alentó el proceso de unificación sindical de los petroleros para luego emplear al sindicato como ariete, buscando agudizar el conflicto laboral para justificar una expropiación decidida con anterioridad, ello constituiría un ejercicio magistral de operación política maquiavélica que no es imposible de concebir, dado el talento con el que el presidente orquestó la purga de callistas y el exilio del Jefe Máximo, pero que no se sustenta en una lectura de los Apuntes (que fueron escritos conforme se desarrollaban las batallas del presidente).

Lo que sí queda claro de esa lectura es el gran bochorno nacional que constituía la soberbia de las empresas extranjeras y sus repetidas negativas a sentarse a negociar con sus trabajadores, en flagrante violación de la legislación laboral. No hubo esfuerzo que escatimara Cárdenas para mediar en el conflicto, presionando a las empresas para negociar, pero también intentando moderar a la militancia sindical. No hubo oferta intermedia que no se hiciera, hasta que la única opción para que el gobierno pudiera salir con la cara en alto fue la expropiación. Después vino todo lo demás, la idea del petróleo como motor del desarrollo, esbozada en ese mensaje a la nación del 18 de marzo, pero sólo consolidada al término de la Segunda Guerra Mundial, así como la idea de que el monopolio petrolero estatal es intrínsecamente bueno, así sea sólo para terminar bebiéndonos el petróleo, “a ver a qué nos sabe” en palabras de un personaje de La Cabeza de la Hidra, de Carlos Fuentes.

¿Por qué es importante recuperar la dimensión laboral de la expropiación petrolera? En primer lugar, creo yo, porque es crucial para reivindicar una visión de soberanía nacional vinculada indisolublemente al trato justo a los trabajadores mexicanos por parte de sus empleadores nacionales o extranjeros. En segundo, porque la situación actual de los trabajadores de la industria petrolera es lamentable. Un artículo del Washington Post, publicado el 13 de agosto, pone el dedo en la llaga. Los trabajadores de empresas que prestan servicios a PEMEX viven una situación de desamparo total, con salarios de hambre, sin contratos colectivos de trabajo o bajo contratos de protección, sin prestaciones, seguridad en el empleo, ni condiciones seguras y dignas en los centros de trabajo. Al mismo tiempo, las mejores condiciones laborales que otorga la membresía sindical se diluyen al convertirse en la materia de un tráfico de plazas que va directamente a alimentar el inmoral estilo de vida de Carlos Romero Deschamps, su familia y allegados. Inexplicablemente, un artículo de La Jornada que alude al artículo del Washington Post ignoró completamente la sustancia laboral del mismo y se contentó con reproducir una frase intrascendente sobre la reforma.

¿Por qué la izquierda, en vez de plantearse la crítica a la propuesta de apertura del sector petrolero a la inversión privada como un acto de “resistencia” a la privatización, no se propone iniciar una ofensiva por los derechos de los trabajadores subcontratados en el sector? ¿Por qué no condicionar el proceso de reformas a  PEMEX a una discusión sobre su historial laboral, más allá de las simples denuncias a la corrupción de su dirigente sindical? La apertura al sector privado en la industria petrolera podría ser la generalización de las deplorables condiciones de trabajo en el sector, pero también es claro que el status quo no representa el compromiso con los derechos laborales de Lázaro Cárdenas. 

 

 

 

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