No blasfemarás

Una revisión de los casos judiciales en los países en donde existe el delito de blasfemia.
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“Pelea en contra del verdadero enemigo”, fueron las palabras con las que Sinead O´connor concluyó su actuación en Saturday Night Live (SLN) segundosantes de haber roto una fotografía del Papa Juan Pablo II. Aunque el gesto de la cantante irlandesa fue para condenar el ocultamiento de casos de abuso sexual infantil por parte del Vaticano, lo que acabó transcendiendo fue el acto injurioso en contra de la imagen del ese entonces líder la iglesia católica.

Blasfemar es la palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos y si bien en estricto consiste en la palabra proferida oralmente “la prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas […] La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave” (Cf. Código de Derecho Canónico, 1369).

La Suprema Corte estadounidense ha señalado que las leyes de blasfemia son incompatibles con la primera enmienda constitucional que reconoce y protege el derecho a la libre expresión. Sin embargo, las legislaciones de Massachusetts, Michigan, Oklahoma, Carolina del Sur, Wyoming y Pennsylvania contienen disposiciones al respecto basándose en documentos del tiempo de la colonia. Por ejemplo, el estado de Massachusetts en el capítulo 272 de la Leyes Generales de 1697 contempla:

“[S]ección 36: Quien intencionalmente blasfeme en contra del santo nombre de Dios al negar su existencia, insultarlo o reprocharle de manera injuriosa su creación, gobierno o juicio final del mundo, o quien insulte o reproche de manera injuriosa a Jesucristo o al Espíritu Santo, o quien maldiga, reproche de manera injuriosa o exponga al escarnio y el ridículo, la santa palabra de Dios contenida en las santas escrituras, serán castigados con encarcelación por no más de un año o una fianza de no más de trescientos dólares, la cual podrá estar sujeta a buen comportamiento.

La última vez que una persona fue encarcelada en los Estados Unidos por blasfemar fue en 1838 (Commonwealth v. Kneeland). La última sentencia de este tipo tuvo lugar en 1928 en Arkansas, cuando Charles Lee Smith, un activista ateo fue acusado de blasfemia por utilizar un letrero que decía “La evolución es verdad. La biblia es una mentira. Dios es un fantasma” en la camioneta que usaba para difundir materiales relacionados con el ateísmo. El juez cambió los cargos a perturbación del orden público y fue sentenciado a pagar una multa de 25 dólares y 25 días de encarcelamiento. Al ser liberado, Smith retomó su activismo y fue nuevamente acusado de blasfemia, en esta ocasión los cargos se mantuvieron, fue sentenciado y la apelación se prolongó varios años hasta que finalmente el caso fue desechado.

Fue finalmente en 1952 en el caso Joseph Burstyn, Inc v. Wilsonque la Suprema Corte de los Estados Unidos expreso cabalmente su opinión respecto a las disposiciones sobre blasfemia en las legislaciones locales: “No es del interés del gobierno de nuestra nación suprimir ataques imaginarios o reales en contra de una doctrina religiosa en particular, aunque aparezcan en publicaciones, discursos o películas.”

Al revisar los casos judiciales en los países en donde existe el delito de blasfemia, se logra apreciar que la intención es inhibir la crítica y en algunos casos, como Irán, sostener la religión de Estado. En Irán, el código de conducta islamista (sharia) contempla un castigo penal para aquellos que blasfemen (mofsed-e-filarz o esparcir la corrupción en la tierra). Bajo esta vaga definición, propagar la corrupción, se ha castigado un amplio abanico de actividades que incluyen el disenso político. En 2006, Ayatollah Hossein Kazemeyni Boroujerdi, teólogo promotor del Estado laico fue sentenciado a muerte junto con diecisiete de sus seguidores. La sentencia fue conmutada a un año de encarcelamiento en una prisión de Teherán y diez más en otra prisión del país. En mayo de 2007, el gobierno arrestó a ocho estudiantes de la Universidad Amir Kabir por estar vinculados con una pequeña publicación que difundió un artículo que aseguraba que “ningún humano, incluyendo al Profeta Mahoma, es infalible”. En 2009, blogger Omid Mirsayafi murió en prisión cuando cumplía una sentencia de treinta meses por criticar al Estado y a sus líderes religiosos, las autoridades aseguran que se suicidó.

Además de la imposición de una religión única, otro argumento utilizado en defensa de las leyes de blasfemia es la garantía de una convivencia armónica de las sociedades. Ese fue una de las razones expuestas en la Cámara de los Lores en Reino Unido cuando en 1977 se discutía el caso Whitehouse v. Lemon. Un año antes la revista Gay News publicó un texto del poeta James Kirkup titulado “El amor que se atreve a decir su nombre” en el que se contaban las relaciones sexuales sostenidas entre Jesús, sus discípulos, guardias romanos y Poncio Pilatos. Durante las discusiones, el Barón Leslie George Scarman defendió la existencia del delito de blasfemia en una democracia moderna para “promover la tranquilidad y la convivencia armónica entre las diferentes comunidades”. Sin embargo, el discurso de Lord Scarman fue totalmente desacreditado cuando en 1989 los ciudadanos británicos musulmanes que se sintieron ofendidos por la publicación la novela de Salman Rushdie, Los Versos Satánicos, no pudieron presentar una denuncia formal ante las cortes de ese país. En este caso un comité especial de la Cámara de los Lores explicó que las disposiciones en materia de blasfemia solo protegen a la Iglesia de Inglaterra debido a la relación intrínseca que esta tiene con el Estado, quedando así descubierta la discriminación de otros credos. Finalmente en 2008 fueron derogadas todas disposiciones relacionadas con la blasfemia en el régimen jurídico británico.

La revisión tanto de las leyes como de los procesos judiciales relacionados con la blasfemia alrededor del mundo, demuestra que ese tipo de figuras vagamente definidas son utilizadas para inhibir el debate público. La ridiculización de las creencias o creyentes de una religión no es un discurso político en sentido estricto (el cual sí está protegido por el derecho internacional de los derechos humanos). Sin embargo, dichas expresiones son un elemento importante en el discurso público sobre la organización y cultura de las sociedades. De ahí que la censura a expresiones críticas o chocantes sobre las religiones y sus creyentes tenga un efecto tan pernicioso en el debate público y el ejercicio del derecho a la libertad de expresión.

La incapacidad de definir con exactitud qué expresiones y bajo qué circunstancias un expresión constituye un acto de blasfemia, hace que los procesos judiciales estén sometidos a la subjetividad de la persona o grupo demandante, o peor aún, del gobierno o grupo dominante. De igual forma este tipo de leyes presentan una grave deficiencia al definir qué grupos religiosos deben de ser protegidos y cuáles no. ¿La antigüedad del rito o el número de creyentes debe de ser suficiente? ¿Grupos tan polémicos como los mormones o la cienciología deberían de gozar de protección estatal en contra de la crítica al igual que los grupos religiosos tradicionales? La traducción de este silogismo a instrumentos legales tendría efectos devastadores en el ejercicio pleno de la libertad de expresión al crear de jure tabús y figuras inmunes al escrutinio y la crítica pública.


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