Para un diccionario utópico

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¡Bienvenidas las dudas al español! Como si no hubiesen existido antes, me dirá usted. Pero es que antes las dudas en nuestro idioma eran más privadas –obscenidad reservada al gabinete de lexicógrafos heterodoxos–. Ahora, desde la publicación del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), éstas son públicas y oficiales, se las permite a sí misma –y a usted y a mí– la Real Academia, nada menos. De ahora en adelante nos está permitido dudar en español.
     Interrogarnos oficialmente, para empezar, de que exista un solo español. Desde su título este volumen reconoce la inmensa variedad de lo panhispánico. Esa que el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) disminuía. El DRAE es tan peninsular que su edición vigente todavía da como una segunda acepción universal de “luna” la de parabrisas o vidrio de escaparate. Pero si en Chile o Argentina entro con mi coche a una gasolinera pidiendo “que me limpien la luna”, me creerán lunático –o poeta– y me mandarán derecho al manicomio –o a la Sociedad de Escritores, que es lo mismo–.
     En cambio, este DPD me defenderá la próxima vez que vaya a arrendar un video al Blockbuster de la Glorieta de Quevedo, en Madrid. Donde ya no podrán seguir humillándome con eso de: “ah, no; que lo que usté quiere es alquilar un vídeo”. Porque amenazándolos con este tomazo les responderé que de las dos formas –tan conformes a nuestras idiosincrasias: gráficamente acentuada la hispana y escondido el énfasis en la americana–, puede y hasta debe decirse.
     Salvedad: celebrar que españolismos y americanismos hallen más alojamiento en nuestros repertorios –así sea en este tomo de las vacilaciones–, no implica abogar por un nacionalismo dialectal (excusa para todo tipo de horrendas certezas como aquellas con las que se auto-satisface el etnolingüismo nacionalista). Al contrario, preferir la duda sobre las “convenciones”, favorece las “conversaciones”. En primer lugar, la de lo “corriente” con lo “correcto”.
     El DPD acoge las dudas del habla corriente y pone en duda la corrección de la lengua culta. Es mucho y no se queda en ello. También, al hacerlo, la Academia asienta dos paradojas. La primera es política: siguiéndole la “corriente” a la lengua de la calle el DPD suscribe un pensamiento políticamente “correcto”. Cada entrada en este libro con sus tímidos “se sugiere”, o sus entumidos “se desaconseja”, pareciera disculparse por la dogmática del DRAE. Por su corrección –casi anoté inquisición– de tres siglos. Un día de estos el director de la RAE –como el Rey y el Papa– comparecerá en su paraninfo para pedirles perdón a los iberoamericanos por el idioma que se les “impuso”. Será todo un espectáculo: Próspero disculpándose con Calibán.
     La segunda paradoja es de lo más hispana. Duchos en el católico arte del confesionario, nos disculpamos para poder perseverar en la culpa. Separadas las dudas de las certezas, en dos tomazos, desde ahora los cultos podrán seguir en lo cierto, más seguros que nunca del error que comenten los corrientes.
     

     El anónimo gramático
     Para los que pensamos que piensa mejor quien duda y no quien asevera, la mejor interrogante de este dudoso diccionario es esa introducción donde se declara a sí mismo “obra abierta”. Enigmas académicos. El que redactó ese exordio no puede haber querido el pleonasmo de significar que el libro irá “actualizándose”, ya que ello viene dado con la naturaleza de los diccionarios. Entonces, ¿habrá querido sugerirnos –arcanamente– que por esa “abertura” en la obra del DPD podremos colarnos todos en la Academia?
     ¡De aquí en más, todos académicos! Esa sí que sería “entrada”. Con tanta apertura ya no esta obra, sino la propia lengua quedaría abierta, para que la dudemos entre todos. Imaginémoslo: en esa “lengua abierta” no sólo los escritores erraríamos y desbarraríamos, sacrificando necesidades comunicativas para lograr pírricas victorias expresivas, sino que este principio del vicio lingüístico impune regiría para todos. Y así entre todos –seguros sólo de lo que dudamos– recopilaríamos un diccionario utópico, en cuya letra “N” incluiríamos esta definición de “Norma: dicho del cambio; la excepción es la regla”.
     Dubitativo, acabo esta nota evocando al Dr. Johnson. Acaso este tomo le habría gustado. Se acerca a esa flexibilidad anglosajona donde los diccionarios siempre son dudosos, sin necesidad de andar titulándose de ello. En inglés los diccionarios son más catálogos que códigos, por la razón simple –aunque nada sencilla– de que no hay uno solo oficial, sino muchos y contradictorios, unos con otros, pues en esa competencia ganan o pierden su prestigio. En ese sentido, este libro de dudas –contradictorio en espíritu con el diccionario oficial y sus certezas– es una gran apuesta de nuestra lengua por salir del dogmatismo español y acercarse al pragmatismo inglés.
     A subirla ahora proponiendo que la Academia no incorpore algún día estas voces dudosas a su catálogo principal. Sino a la inversa, que el principal con todas sus voces establecidas sumadas a estas precarias, se convierta en un solo y gigantesco libro de dudas.
     Sueño con ese inmenso diccionario: abierto, incierto, incesante. Lo hojeo imaginariamente (aunque sus páginas tienen el tamaño de catedrales). Casi lo tengo entre mis manos, el quimérico y garrafal repertorio. Luego se me desvanece cuando pienso que, por colosal, un diccionario así sería innecesario, pues coincidiría en tamaño con la lengua que sueño. Sería idéntico a una lengua abierta.~

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