Periodismo mexicano a examen

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Este lunes, la PGR organiza un foro para discutir el papel que podría jugar el periodismo mexicano en el contexto de la lucha contra el narcotráfico. Será interesante. En tiempos de crisis, el papel de los medios de comunicación es fundamental, mucho más en un país como México, donde la agenda pública puede definirse, para bien o para mal, a través de las pantallas de televisión, los aparatos de radio o las páginas de los diarios. Ese poder de penetración implica —o debería hacerlo— una enorme responsabilidad. Por eso, el debate sobre la actuación de los periodistas en medio de esta tormenta que azota México no podría ser más urgente.

Pero, antes, una advertencia. Desde ahora, me atrevo a aventurar una hipótesis: las conclusiones del foro no serán bienvenidas por el gremio periodístico. A los periodistas no nos gusta que nos “inviten” a un ejercicio de autocrítica y mucho menos que nos critiquen. Usamos la bandera de la independencia profesional para asegurar que, como algún día le escuché a un colega, “no trabajamos para demócratas”. Lo nuestro, pues, no es la responsabilidad cívica sino la cacería de la nota, la búsqueda de la “verdad”. Parte de este mantra está, por supuesto, plenamente justificado. El periodista no sirve de nada si no se asume como lo que es: un actor sui géneris en la discusión pública; no es ni ciudadano ni gobierno: es intérprete. Pero hay otra parte de esa suerte de declaración de principios que ha hecho mucho daño no sólo a la legitimidad periodística sino incluso a su viabilidad comercial. Me explico. En México la oferta noticiosa es tan amplia que el periodismo se ha convertido sólo en rastreo del tropiezo. Es lo que en Estados Unidos se llama gotcha journalism: el tipo de periodismo que no intenta indagar en los hechos ni mucho menos ofrecer un contexto que construya un debate público sano y útil sino que busca, con auténtico frenesí, provocar traspiés al servidor público, “sacar la declaración”, arrancar la nota. Este tipo de periodismo tiene su origen no en las glorias de Woodward y Bernstein ni en las páginas mágicas de Kapuscinski sino en el amarillismo de tabloide, ése que arraiga en el morbo del lector antes que en su conciencia ciudadana. Con ese periodismo no se puede llegar a la consolidación de un modelo económico exitoso para las empresas periodísticas —quiero creer que, al final, el lector buscará la opción más enriquecedora— ni mucho menos se puede construir un mejor país. Y, en tiempos de crisis, resulta un lujo que nadie se puede dar.

Retomemos por un momento el ejemplo de Estados Unidos. Muchos medios de comunicación han jugado un papel lamentable durante la crisis financiera que aqueja a nuestros vecinos. En su búsqueda desesperada del rating, las cadenas noticiosas de cable exageraron los hechos y jugaron al catastrofismo más burdo. A sabiendas de que el miedo vende, canales como CNN anunciaron una depresión casi apocalíptica, mucho mayor a la preocupante recesión que ahora se vive. Muchos periódicos no se quedaron atrás y usaron palabras como “miedo”, “crisis” o “desastre” decenas de veces en sus titulares. En pocas palabras: para ganar la guerra por la audiencia los periodistas estadunidenses hicieron, literalmente, una tormenta en un vaso de agua. Los puristas podrían decir que el papel de los medios de comunicación fue impecable: informaron como les vino en gana usando los datos disponibles (aunque es difícil defender la interpretación arbitraria de una encuesta como auténtica información útil). Me parece un argumento perezoso. En tiempos de crisis, los medios de comunicación en Estados Unidos se convirtieron en una caja de resonancia para el alarmismo y no en ese espacio de cordura que es el periodismo en su máxima expresión. Con el sistema financiero estadunidense al borde del colapso y la tensión social en su punto más alto en al menos tres décadas, los periodistas de aquel país le quedaron a deber a la población. Puede ser que hayan ganado audiencia, pero hicieron muy poco por abonar la tranquilidad y la confianza que su país necesitaba.

Los periodistas en México tenemos un doble compromiso, ligado al doble reto que enfrenta nuestro país. Con una transición política todavía muy frágil y con el país inmerso en una guerra con un enemigo despiadado, los periodistas no podemos no “trabajar para demócratas”. Y aunque sobra decirlo, más vale aclararlo: esto no quiere decir dejar de lado la conciencia crítica y la distancia absoluta frente al poder. Se trata, por el contrario, de ejercer ambas características del buen periodismo, pero hacerlo desde la responsabilidad cívica, no desde el cinismo ramplón. Asumir el calibre de nuestro papel en este momento crítico de la historia de México implicaría defender el ideal máximo de la labor periodística: estar —plena, profundamente— a la altura de los tiempos. Y para eso nada mejor que reflexionar sobre cómo y cuándo informamos en esta época de narcomantas, descabezados, tapados y encono político.

– León Krauze