Salvador Garmendia (1928-2000)

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He puesto sobre la mesa los 25 libros suyos que tengo y repasando carátulas, dedicatorias y subrayados he visto emerger, como en sus relatos, la entrañable figura de mujick de manos pequeñas y poblada barba, que despliega una envolvente, inagotable escritura, para hechizarnos con su magia material. No sólo la de una ciudad, Caracas, que parece agrietarse bajo su incisiva mirada sino una variopinta humanidad de seres anómalos y animales próximos que levitan, fornican, se expanden o se desmoronan bajo una ceñida prosa de relojero poético. Siempre precisa, siempre a ras de tierra, capaz de captar todas las inflexiones del habla popular, pero también siempre dispuesta a volar y a desnudar el reverso de las cosas. No era sólo la asepsia del nouveau roman, como se dijo en sus comienzos. Era la impura mezcla de exudaciones, asperezas, tics y esmog, delirios y fantasmagorías, propia de nuestras ciudades latinoamericanas.
     El título de su primera novela: Los pequeños seres (1959), fue una definición, pero su espacio más propio era el del cuento, la viñeta o el perfil que más que ceñirse queda abierto en su evasiva sugerencia de lector de Rimbaud y los románticos alemanes. Humor y erotismo tiñen esas existencias planas y un trasfondo campesino aún alienta en medio de la modernidad precaria (guerrilla y pobreza) de esa Venezuela saudita. Pero esa realidad rugosa e hiriente se nos vuelve vapor fantasmal en sus páginas maestras.
     Así lo sigo viendo, en diciembre de 1970, en Cahimas, una tierra yerma sobrevolada de zamuros. El basurero que dejan las multinacionales petroleras luego de haber extraído el negro tuétano con sus implacables martillos gigantes que ahora golpean en vano el cielo. De la libérrima aventura surrealista de El techo de la ballena, en los años sesenta, le queda un gusto iconoclasta por mirar lo que no se debe, y su prosa obsesiva tiene algo del gusto del voyeur. Un homenaje a la necrofilia (1962) fue el más sonado escándalo del grupo, donde poetas, pintores y otros narradores como Adriano González León descubrían cómo, bajo el asfalto, late el infierno de la represión o del desquiciamiento psicológico. Pero Garmendia volvió a las fuentes clásicas de Salgari, Conrad y Melville para rehacer su mundo de esmirriadas prostitutas y recamadas estrellas de radionovela. Un espléndido mal gusto de ciudades vertiginosas, con música de Daniel Santos al fondo, por donde avanza el magma en constante expansión que no podía ajustarse nunca a las convencionales restricciones de novela y cuento. Los cuentos fundidos nos dan un relato inagotable, como en Las mil y una noches, reproduciéndose a sí mismos en una inagotable invención. Era un narrador nato. Al final de Los pies de barro (1973) escribía: "Las cosas que pasan en la vida de uno no tienen por qué tener un desenlace convincente como si tuviéramos que servirnos de ellas después para hacer un relato entretenido o sorprendente y dejar encantado a todo el mundo".
     Pero varios de sus libros de relatos como Doble fondo (1965), Extraños, difuntos y volátiles (1970), El único lugar posible (1981), La casa del tiempo (1986) o La media espada de Amadís (1998) nos sorprenden aún con su, cómo no, estremecimiento nuevo. El de ser uno de los más fieles y recursivos narradores latinoamericanos. El de haber convertido el cuento en arma flexible y certera para alterar el mundo y depararnos satisfacciones insospechadas. Sigámosle oyendo, en sueños, pues Garmendia no ha terminado aún de contarnos su cuento. –