Píldoras reconstituyentes

Sobre la reforma de la Constitución española.
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Todos los muchos españoles que ahora no disfrutan de un trabajo digno ni de una vivienda digna saben que la Constitución no es un texto perfecto ni un libro sagrado. Afortunadamente, no es un texto sagrado porque ya sé y padezco a diario, aunque no sea en mi carne sino en la de mis vecinas, los horrores de ser gobernados por un texto sagrado, como en Irán. Pondré un ejemplo: exigir que las niñas lleven velo. Chahdortt Djavann fue obligada a llevarlo hasta que consiguió exiliarse en Francia, donde puede escribir libremente, y explica en su estupendo ensayo ¡Abajo el velo!, cómo esa imposición es, entre otras muchas cosas, un abuso de menores.

Afortunadamente, la Constitución tampoco es un texto perfecto. Se trata de un trabajo hecho por seres humanos, sublimes a veces y menos sublimes muchas otras veces. Su imperfección nos permite mejorarla: la tarea democrática es una tarea de todos los días. Y de todos, en el lugar en el que estemos. Aunque tendamos a pensar que la democracia ya está hecha, lo cierto es que nunca se acaba: esa exigencia no siempre es fácil. Y en España lo sabemos muy bien, porque los periodos democráticos han sido, a lo largo de la Historia, excepcionales. Así que donde he escrito fácil, también podría haber escrito “frágil”.

La Constitución, sin ser perfecta y sin ser un texto sagrado, y siendo frágil, ha conseguido que vivamos el mayor periodo democrático de la historia, que se garanticen nuestros derechos y nuestras libertades y que se avance, muy rápidamente, hacia la extensión de la justicia social. La evidencia de esos maravillosos logros hace que surja la inquietud cuando, por un procedimiento de urgencia, al parecer sugerido por los gobiernos de Alemania y Francia, el gobierno del PSOE y el mayor partido de la oposición, el PP, se ponen tan rápidamente de acuerdo para su modificación.

La Constitución puede modificarse, o incorporar “enmiendas” a la manera estadounidense, y es posible que sea necesario hacerlo para mejorar la vida democrática, pero el procedimiento que se está llevando a cabo estos días para incluir un techo de deuda, con la crisis golpeando con más fuerza que nunca, con el gobierno de Zapatero agotando sus últimos días, tiene un aire chapucero que habría que evitar.

Me pregunto si la aprobación naufragada de la Constitución Europea, que los españoles apoyamos mayoritariamente en un referéndum en 2005, hubiera traído, con la unidad política y económica como meta, una resistencia menos improvisada ante este vendaval.