Polvorilla

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Este closeup de Polvorilla en uno de sus raros momentos de serenidad es la única obra maestra de José de la Colina como fotógrafo amateur.

Allí, a la vuelta de nuestra casa, en el gran hospital López Mateos, habían matado a su madre y a sus hermanos (éstos, como ella, tenían apenas unos días de nacidos), porque la presencia de tal familia era incompatible con la higiene y la tranquilidad exigidos en un establecimiento médico. Ahora ella corría por los pasillos, aterrada, perseguida por un tropel de hombres uniformados de blanco, y el azar la hizo entrar a refugiarse en la oficina y bajo el escritorio de María, por entonces Secretaria Ejecutiva del Proyecto del Hospital Regional Adolfo López Mateos (y también, hasta ahora, mi esposa, cargo con menos sílabas pero que requiere de gran paciencia). Cuando los perseguidores pretendieron entrar en tromba tras la fugitiva, María se interpuso en la puerta, abrió los brazos en cruz como lo hubiera hecho Sarah Bernhardt ante los ogros teutones en una película muda y patriótica sobre la guerra de 1914-1918, y dijo, pero no en un letrero en blanco sobre negro, sino con vibrante voz: “Sobre mi cadáver sacarán ustedes a esta criatura de aquí”. La había adoptado apenas la había visto, o mejor dicho: entrevisto (aunque sabía que uno no adopta a un gato, sino al revés).

Llegada el jueves de enero de 1988 a la que sería su casa hasta este momento, la criatura, una nubecita de pelo gris rayado y ojazos fosfóricos, se hizo pipí en la alfombra recién adquirida, me mostró los dientes disparando leves bufidos, me mordió los calcañares y se eclipsó en algún rincón difícil del comedor, donde, todavía asustada, permaneció invisible por tres meses, sólo dejando brevemente el escondite en la avanzada noche para alimentarse en los platitos de leche y de kittenfood y para cagar y mear en la palangana de plástico con arena puesta en el cuarto de baño y más tarde sofisticadamente llamada cacameódromo.

Un anochecer, cuando en la sala escuchábamos el deliciosamente frenético Poème de Chausson interpretado por Fritz Kreisler en una grabación realizada durante una heroica emisión de la BBC en la Segunda Guerra Mundial (grabación, claro está, deficiente y crepitante, pero todavía más sublime por estar cargada de historia, nostalgia y virtuosa neurosis kreisleriana), la vimos salir de quién sabe dónde como siguiendo la invisible onda de la música, avanzar lentamente hacia nosotros, enfrentarnos y maullar en petición de reconocimiento y amor.

El amor se lo tenía ganado desde que brotara en nuestra vida; el reconocimiento tardó unos días, pues, aun si habíamos leído el tratado en verso de Eliot sobre cómo nombrar a los gatos, fue difícil encontrarle nombre, ya que desconocíamos su sexo, y por otra parte bien se encargó ella por mucho tiempo de ocultar éste, sospechando con precoz sabiduría el prejuicio del género humano hacia las gatas embarazables y por tanto embarazosas.

Ignoro por qué, tal vez porque nos pareció un nombre sexualmente neutro, o porque nos acordamos de una cancioncita de La novicia rebelde (The sound of music, merengue fílmico que María solía frecuentar por el plúmbeo Christopher Plumber y yo por la aérea Julie Andrews), le pusimos Edelweiss: estrella blanca o florecilla de la nieve en alemán. La gatita, que duró todavía algún tiempo ocultándonos su rajita mediante una estrategia de posturas corporales y de posiciones de la cola, se mostró conforme con el nombre, que, reforzado con sus desplantes braveros, parecía conferirle una condición de macho. Debo aclarar que sigue mostrándose machorra, alternando ese ánimo con el de felina tierna y querendona, aficionada, por ejemplo, a presentarme los cuartos traseros para que le dé yo afectuosas nalgaditas; y esto es vicio que, aun si fue ejercido y narrado en sus Confesiones por el nada frívolo Rousseau, ciertamente no lo tengo por varonil. (En descargo del filósofo ginebrino diré que sólo admitía las fessées de manos de las señoras, sobre todo si eran marquesas, condesas y duquesas.)

Cuando la verdad acerca del sexo del animalito dejó de ser sospechosa, consideramos varios apelativos que no fueron fáciles de hallar, pues María y yo nos negamos a ultrajar a un maravilloso ser que es a little thing of beauty for ever con perversiones silábicas como Micifuz, Minino, Micho, Tom, Yuyú, Morronguita, Doris… Queríamos un nombre que a la vez fuese familiar, gracioso, expresivo de energía y no trillado. Entonces, una noche, cuando la gata, tras perseguir infructuosamente a una mariposa atarantada que había entrado y finalmente saldría por la ventana, se encolerizó por su fracaso, emitiendo una serie de bufidos como explosiones, le comenté a María: “Es una polvorilla”. Y el nombre, al principio un apodo eventual, le quedó para siempre y me enorgullece haberlo hallado porque entre otras cosas lo creo por lo menos único en este país: seguramente nadie nunca en estas tierras ha nombrado así, con tal palabra española y casi castiza, a un ser viviente y casero, por lo cual nuestra gata queda distinguidísima, y si en el mismo edificio donde vivo unos niños copiones le han puesto Polvorín a su perrito, no me importa porque no es lo mismo: Polvorilla es nombre de muchacha traviesa y algo picarona, mientras Polvorín es mote para enano belicoso, o nom d’artiste para payaso de circo barato, y cualquiera de los dos resultan adecuados para un perro. Consideremos las cosas, si ustedes quieren: mientras los gatos son aristócratas y no se someten a ninguna clase de trabajo, a ninguna prosaica actividad útil, y en caso de dedicarse a cazar lo hacen por deporte, sólo por distraer sus ocios, los perros son tan plebeyos que a cambio de un poco de pitanza se rebajan a proteger la propiedad privada y ajena, y hasta, creyendo superarse, llegan a ser perros policías.

Estos doce años en los cuales la Polvorilla ha consentido generosamente en que vivamos con ella, yo los tengo por una forma de la felicidad. Cuando, tras horas de teclear en Acerina (mi computadora Acer), me quedo a dormir en el “estudio” por no entrar al dormitorio propiamente dicho y no interrumpir el sueño de mi esposa, Polvorilla, sabiendo que de cualquier manera necesito de “lo eterno femenino” (en este caso traducible a “lo eterno felino”), se trepa al lecho, me mordisquea juguetonamente los pies a través de la ropa de cama y viene a acurrucarse sobre mi estómago o a un costado mío para empezar a ronronear. Y no sé para ella, pero para mí esto es un éxtasis.

Pero ése no es su único rasgo de humanidad (sí: humanidad) y delicadeza. Ella, por ejemplo, tiene los mismos gustos musicales de María y yo: ama, entre otras obras, la música de Mozart, Schubert y Brahms, Miroirs y La mer de Débussy, el piano de Liszt, Chopin, Albéniz, Granados, Ravel y Mompou, las canciones de Gershwin cantadas por Kiri y la Rapsodia en azul, el Concierto de Violín de Korngold, y (ojalá no se enteren Román Revueltas y Eduardo Lizalde) es poco aficionada, casi nada, a las sinfonías y las óperas. Hasta de nuestra televicinefilia sentimental participa: no sé cuántas veces habrá visto junto a nosotros, ronroneando como un adagio de contrabajo, The quiet man, Random Harvest, Singing in the rain, Ghost and Mrs Muir, La régle du jeu, Los siete samurais, Amarcord y desde luego Cat people; ah, y le irrita esa disneycedad: El gato más rico del mundo.

Pero, todo hay que decirlo, no deja de tener manías: cuando, siguiendo el ejemplo de Flaubert, me da por leer

Esta foto de María García-Díaz de la Colina es la única en que se pudo fotografiar a Polvorilla conmigo (o con cualquier otra persona). La orgullosa criatura, gata vulgar con alma aristocrática, siempre se negó a participar en fotos del género tan frecuentado de “Escritor con gato adlátere”.

en voz alta lo que acabo de escribir, o cuando declamo un poema que me gusta y exige ser dicho, se sobresalta y viene a protestar, tal vez porque sospecha que si no hablo como de costumbre estoy volviéndome un impostor, o quizá ha empezado a habitarme un inquietante alter ego. Ha adquirido además aspectos hoscos o sombríos: desde que hace tres años ha llegado a la casa Gema Amanda, una encantadora niña de su misma edad, Polvorilla en cuanto me ve hablando un buen rato con ella se pone furiosa de celos y acude a exigirme nalgaditas, a gruñirme ferozmente, a morderme los calcañares, y después de estas shakespearianas emisiones de sound and fury se va a vomitar en el platito de catfood.

Hay que reconocerlo: como su nombre lo indica, es fogosa y algo violenta. Pero, como decía una de las hermanas Baladro (c.f. Las muertas de Jorge Ibarbuengoitia), qué culpa tiene ella de haber nacido apasionada.

(Publicado en Milenio Diario, quizá el año 2003.)

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