Prosa (algo divagatoria, ¡ni modo!) acerca de dos Primaveras Inmortales

Los ciudadanos de Esmógico City, con la lengua de fuera, jadeando como extraviados en el desierto de concreto (¿ya no en la Selva de Asfalto?), desearíamos que la tan cantada primavera mexicana fuese menos inmortal.
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En una noche cálida de abril del año 1603 el religioso español don Bernardo de Balbuena se enjugaba el sudor de la frente recalentada por la inspiración y abombada por el empuje de rimas destinadas a convertirse —mediante mano, pluma y tinta—  en escritura sobre el papel (¿o todavía sobre el pergamino?), y, tras mirar por la ventana conventual al cielo (descuiden, no voy a decir cuajado sino) titilante de estrellas, mojaba en el tintero la pluma de ganso o quizá de guajolote, que a lo mejor también servía para caligrafiar, cuestión de darse maña, y emprendía un largo poema en octavas y en versos endecasílabos que con el título de Grandeza mexicana, con asunto de la capital del Virreinato, apareció impreso en 1606 dedicado a  doña Isabel de Tobar y Guzmán, a la que intuimos pechugona y culta y de quien se dice que el sacerdote era amante… pero a saber si esto era cierto, pues es de temer que las distancias del Tiempo auspicien la proliferación de las malas lenguas y propicien el desconcierto de los cronistas que creen, los muy creídos, que la Historia es una ciencia).

El poema Grandeza Mexicana proclamaba en el incipit:

De la famosa México el asiento,

origen y grandeza de edificios,

caballos, calles, trato, cumplimiento,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos, ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, religión, estado,

todo en este discurso está cifrado.

 

Y bien: eso de la “primavera inmortal y sus indicios” quizá se debía a la fama de clima templado y fresco del que en aquellos siglos al parecer todavía gozaba la ciudad capital del Virreinato de la Nueva España durante la mayor parte del año. (Hay quienes dicen que durante todo el año, mais il ne faut pas exagérer, quand même!)

Pero los siglos han pasado como todo pasa (“hasta la ciruela pasa” decía con lirismo guasón otro poeta, éste del siglo XX: don Marco Antonio Montes de Oca) y ahora… es decir ahora, en el siglo XXI y en Esmógico City, capital de la hoy República Mexicana, y en este otro abril que ya parece agosto —si es que no el ferragosto que enloquece a los italianos ahogándoles el operático do de pecho, y perdón por el cliché “Italia =Ópera”—, he aquíque el feroz, el incivil, el desmedido, el desconsiderado Sol, es decir el verdadero Rey Sol, pasa su lengua de fuego o su incorpóreo enorme tizón o su constante dragonazo por la Ciudad (si todavía es una ciudad) de México y se alía con el titipuchal de imecas del esmog, con la atroz insuficiencia de agua, con el inclasificable polvo levantado por el ebrardiano furor escarbador del suelo de calles y avenidas y plazas, mientras el calor aplasta a los ciudadanos contra el asfalto bajo el cual se oculta el cadáver eternamente corrupto de lo que era una gran laguna y poco después una ciudad quizá más vivible y convivible… y que luego se nos ha vuelto invivible e inconvivible: ¡la Selva de Asfalto!

Y los ciudadanos de Esmógico City, con la lengua de fuera, jadeando como extraviados en el desierto de concreto (¿ya no en la Selva de Asfalto?), desearíamos que la tan cantada primavera mexicana fuese menos inmortal, que pasase lo más pronto posible y estuviéramos ya en el transitorio, el benigno, el refrescador invierno mexicano, si es que el cambio climático no matará al invierno en este o en el siguiente o en el subsiguiente año.

En fin, en fin… Suspiremos transidos de una tristeza que algunos no tardarán en etiquetar de reaccionaria, ¿verdad Ramón López de la Vela que Arde?, y susurremos, aunque sea prosaicamente (es decir en mera prosa):

La primavera inmortal mexicana estaba ad hoc en tiempos del bueno de Bernardo de Balbuena, pues sin duda era muy adecuada para suspirar por doña Isabel de Tobar y Guzmán y escribirle chorrocientos endecasílabos en octavas reales, pero hoy en Esmógico City preferiríamos por lo menos un duradero otoño inmortal… aunque no venga en octavas y en tercetos ni en una fina caligrafía que, como una sutil, amorosa, refrescante brisa en forma de daga, penetre el pecho (que intuimos generoso y suspirador) de doña Isabel de Tobar y Guzmán.

 

(Escrito en Esmógico City, D.F.,

 México,a las 12:00 a.m. y a los 38 º)