Salvador Díaz Mirón esquina con Dr. González Martínez

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Salvador Díaz Mirón y Enrique González Martínez nunca se saludaron, aunque coincidieran en la redacción del Imparcial o en la Academia Mexicana de la Lengua. González Martínez admiraba la poesía de Díaz Mirón, pero “no tenía propósito de conocerlo”. Algún conciliador funcionario público decidió encontrarlos en una esquina de la colonia Santa María la Ribera. ¿Quién conoce los nombres que camina?

con un guiño a Pável Granados

 

Salvador Díaz Mirón y Enrique González Martínez nunca se saludaron, aunque coincidieran en la redacción del Imparcial o en la Academia Mexicana de la Lengua. González Martínez admiraba la poesía de Díaz Mirón, pero “no tenía propósito de conocerlo”. Algún conciliador funcionario público decidió encontrarlos en una esquina de la colonia Santa María la Ribera.

¿Quién conoce los nombres que camina?

 

con un guiño a Pável Granados

“Pólvora” le decían a Salvador Díaz Mirón. Y con mucha razón. Si desde chamaco se metía en problemas. A los diecinueve años su padre lo mandó a Estados Unidos para alejarlo de las malas influencias que dominaban su carácter desde que abandonó el seminario de Jalapa en 1866. Regresó del otro lado en 1872 y ya dominaba el inglés, el francés, el latín, el griego y el totonaca. Para 1876 era tan mala su propia influencia que se autoexilió a Nueva York para escaparla. Ya para entonces era un tipo bravucón de temerario bigote y mirada encendida. Cuentan que era un deleite escuchar su voz musical hablar de literatura. El problema era que nunca lo hacía. Prefería jactarse de su hombría. Y no era para menos, se escabechó de perdida a dos: un tendero español que las debía y las tendía, y; un opositor familiar y político cuya muerte le valió a Díaz Mirón cuatro años en la prisión de San Juan de Ulua, a pesar de que haya sido en legítima defensa. Antes sus versos moldeaban su virilidad en finas estalactitas de heroica pasión. Pero la prisión física lo condujo a explorar su paisaje interno y le impuso a su poesía la prisión de la forma . Desde Lascas (1901) esculpió sus versos con “chispas de golpes”, ardiendo “lascas en piedras de simas”. Busca la redención hasta en su último poema, Los peregrinos, que escribe sin repetir una sola palabra. “Y disípase luego, como el humo fugaz”, pero no sin antes ser despedido como director del Colegio Preparatorio de Veracruz por golpear a un alumno.

Enrique González Martínez no era tan peleonero. Se sospecha que lo más violento que hizo fue torcerle el cuello a un cisne de engañoso plumaje. Al igual que Díaz Mirón, pasó del seminario a la política. Además se recibió de médico cirujano y partero en su natal Guadalajara, pero se desconoce si asistió algún parto que no fuera de su poesía. Daba luz a libros con pasmoso entusiasmo, mismo que tenía con sus responsabilidades políticas que lo llevaron a Sinaloa como prefecto de varios distritos, y a Chile, Argentina, España y Portugal como ministro plenipotenciario. Nunca intentó asesinar a ningún colega. Era “enemigo declarado del énfasis en la vida y en el arte”. Pero no se debe pensar por esto que era un hombre aburrido, desprovisto de pasiones. Amó a su mujer hasta la muerte y hasta la muerte amó a su hijo. Ni estas dos tragedias apagaron su ánimo. Le gustaba platicar con los poetas más jóvenes y sobre todo le gustaba escuchar. Colaboró con ellos en la revista Pegaso y con más jóvenes en Letras de México. Cuentan que cuando se lo llevaban de fiesta, él era más divertido que sus menores. Si veía una muchacha con quien quería bailar decía: “y ven mis ojos, siervos de mis pasos, /nacer auroras y morir ocasos”, y procedía a pulir la pista. Sus versos más apasionados se los dedicó a una mujer casada a quién amó en silencio. Siempre andaba con una novela policiaca bajo el brazo. Nunca estuvo en prisión.

Los dos hombres descansan en la Rotonda de los Hombres ilustres. Pero llegaron ahí por caminos muy distintos. González Martínez fue hecho miembro de la Academia Mexicana desde su tercer libro, Silenter. Ingresó también al Seminario de Cultura Mexicana y al Colegio Nacional. Recibió el Premio Nacional de Literatura y fue nominado para el Nobel. Todo por finísimo poeta, sin duda, pero algo también por cumplido y bien portado. Díaz Mirón fue todo lo contrario. Su disciplina la dejó en la forma de sus versos. No aceptó la pensión que le ofreció Obregón y rechazó un homenaje nacional. Tuvieron que cambiar las reglas para que pudiera entrar a la Academia, reprobando el juicio de vida y costumbres la primera vez que fue propuesto.

Nunca se saludaron, aunque coincidieran en la redacción del Imparcial o en la Academia. González Martínez admiraba “fervorosa y totalmente” la poesía de Díaz Mirón, hasta se sabía versos de memoria, pero “no tenía propósito de conocerlo”. “No me atrae el declamador que engola la voz, ni mucho menos el que hace solo el gasto de la conversación, sin tomar en cuenta a quien lo escucha y cuyo torturante silencio desconoce”. Y así, por asquito, se quedó sin saber si el vate jarocho había leído sus versos. A mí se me hace que le daba un poco de miedo.

Los dos fueron huertistas, como gran parte de los literatos del momento, pero Díaz Mirón nunca se arrepintió. González Martínez, en cambio, lamentó que “treinta años de sincera contrición, no borraron treinta días de colaboración”. Se me figura que día con día, en la colonia Santa María la Ribera, Salvador Díaz Mirón corre contra la circulación hasta la esquina con Dr. González Martínez y le grita: “Hay plumajes que cruzan el pantano / y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!”

 

¡Pólvora!

 

– Nicolás José

 

 

(Imagen tomada de aquí)

 

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