Sambenito Mussolini

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En 1932, en plena paz octaviana fascista, Emil Ludwig sostuvo una docena de conversaciones con Mussolini, luego reunidas en libro. Conceder esta suerte de provisoria biografía oficial del Duce a un alemán judío y liberal era significativo. Al menos, como tiro por elevación contra Hitler. Benito admiraba, entre los dirigentes europeos, sobre todo a los bolcheviques: Lenin, Trotski, Stalin. El buen negociador del término medio sólo le merecía un aprobado. Así Briand, Benes, Streseman. En su momento, Franco y Oliveira Salazar fueron vistos como mediocres burócratas ordenancistas. Hitler le resultaba despreciable: vulgar, payasesco, atolondrado. Acabó arrastrándose ante él hacia la derrota y la muerte. Un fascista, en definitiva, opta por el Tánatos: el sacrificio, el suicidio heroico, la catástrofe como final del espectáculo. Los muertos son sagrados y profanarlos desata las iras de la fatalidad, que gobierna el mundo. No en vano su mayor admiración iba hacia la trilogía integrada por Cristo, César y Napoleón. Tres perdedores mundanos convertidos en santos de la historia. La política burguesa es, como discurre Thomas Mann, erótica, pues tiende a la conservación y prolongación de la vida. La raza de los Bismarck y los Churchill muere, sensata y senil, en la cama.
     Ludwig advirtió la duplicidad psíquica de su entrevistado. Un rasgo que Indro Montanelli, poco antes de fallecer, en 1999, atribuyó a la cautela, a menudo francamente indecisa, de este hombre aparentemente arrojado y devoto de la acción. El Mussolini de uniforme y balaustrada, rodeado por su corte de operísticas jerarquías, era efusivo, gritón, aspaventoso y dispersador de tópicos y latiguillos. En el silencio de un despacho ordenado con pulcritud y pedante detallismo, se mostraba reflexivo, confidencial y dialogante, como un actor en su camarín, después de la función.
     Benito era un solitario, un misántropo. Opinaba que, como toda pasión, la política exige renuncias. Su apelación a la multitud no era un llamado a los hombres, que apenas le parecían soportables durante una parte del día y no le suscitaban mayor entusiasmo que los inánimes objetos. Desconfiado, ignoraba la amistad y se sumía en el aislamiento. No por elección, sino por fatalidad. El Único siempre está solo.
     Fuera de este goce de perfil onanista, el dictador disfrutaba de contados placeres, casi todos igualmente solitarios, como la lectura y la música. No bebía alcohol, no fumaba, sólo comía vegetales, practicaba regulares ejercicios. Lo atraían las mujeres, que confirmaban su viril importancia. En especial, las púberes o de aspecto infantiloide, como Claretta Petacci, que murió fusilada con él. Con todo, la mujer le parecía peligrosa porque su igualdad con el varón conducía al matriarcado. Había que mantenerla a respetuosa distancia, en la cocina y el cuarto de los niños, criando a los futuros soldados, pero sin darle ninguna ingerencia política. Los cuadros fascistas son de hombres solos, efusivos camaradas que orillan una suerte de erotismo sádico, como bien ha visto Visconti en El crepúsculo de los dioses a propósito de Martin Röhm y sus muchachos.
     La misma distancia que fijaba a las mujeres la mantenía con la Gran Hembra, la masa. Una hembra exige ser amenazada aunque no se le pegue, demanda engaño y dominación por parte del macho. Su confianza se adquiere con astucia y malicia, como jugando. Mussolini siguió con rigor estas máximas, aunque algunos decisivos detalles se le escaparon. No vio que en el juego él era tan jugador como jugado. Respecto de la guerra, que tamaña admiración le producía, precisamente porque no era militar, la idealizó de lejos y la practicó desastrosamente de cerca. De alguna manera, lo mismo le sucedió con el pueblo italiano. Él lo despreciaba porque reunía todos los peores vicios: indisciplina, ociosidad, charlatanismo, elocuencia, megalomanía. Mussolini quería una Italia desitalianizada, de gente laboriosa, disciplinada y fiel a la palabra, como un pueblo nórdico. También idealizó a esta grey imperial, articulada en centurias de obreros y combatientes. Un pueblo que lo aguantó sin divinizarlo, como sí los alemanes a Hitler. Tarde comprendió el vencido Duce la diferencia entre la ficción y la realidad. No le bastó su admirado Maquiavelo, para quien la política es, justamente, artificio.
     Culto por la minoría que vive riesgosamente, idealización de una suerte de Superhombre, admiración por una humanidad de los fuertes, desprecio por el fraterno igualitarismo cristiano, imperialismo y voluntad de dominio, todo ello acreditó una lectura fascista de Nietzsche. No es ilegítima, tampoco excluyente. Una frontera reúne al déspota y al ácrata que subvierte todos los valores establecidos. “Dentro de cada anarquista hay un dictador frustrado”, dijo Mussolini, quien tomó la palabra fascio (haz, gavilla) del léxico de las izquierdas, aparte de que, ya desde Roma, el haz lictor era el símbolo del poder fiscal, del Estado como hacienda pública.
     Destaco una propuesta en cierto modo también nietzscheana: la política como arte que culmina en un edificio con aspecto escultural: el Estado. Necesariamente, en él se instala el despotismo del Único, la excepción absoluta que define al dictador fascista, según Georges Bataille. Con el fascismo se estetiza la política, se convierte en liturgia de una religión laica, heredera de la sacralización de la patria y el pueblo que viene de lejos: la Revolución Francesa y el romanticismo nacionalista, tan fuerte entre los fundadores de la Italia ochocentesca. Pero, como intuyó el mismo Duce, la materia con que trabaja el artista —en especial, el lenguaje del poeta— se le puede resistir y sublevar.
     Mussolini fue un socialista que se volvió soldado y tradujo su ideología de cosmopolita en nacional. La milicia, la Sancta Militia de los vencedores, muertos y mutilados, se le apareció como el fulcro de la nación unida y organizada. Un ganado de cuartel, creyente e ignorante, que no quiere gobernar, sino ser gobernado. Si hay que mover montañas, la fe sirve y la razón es inútil.
     Es curiosa la coincidencia que, en lo negativo, el fascismo guarda con el comunismo. Nada de democracia, liberalismo ni parlamento. Pueblo en armas. Los comunistas destruyeron la propiedad privada y el capitalismo de mercado, los fascistas la respetaron y lo sometieron a control. Al menos, en la doctrina de ese “tercer mundo” que no era capitalista ni comunista. Ambos movimientos perciben, erróneamente, que los días del capitalismo están contados y Mussolini, poco antes de su fusilamiento, seguirá sosteniendo que estaba por la derrota del capital financiero internacional y la abolición del dinero.
     Otro apotegma mussoliniano reza: “Todo revolucionario se vuelve, en algún momento, conservador.” Quizás estas parcas palabras ofrezcan una clave de lo que el fascismo fue como régimen efectivo. Si bien mantuvo un vocabulario de revolución y se valió de técnicas revolucionarias como el golpe de Estado para hacerse con los mandos políticos, acabó siendo un gobierno pactista, que se avino a una especie de contratos en serie con los poderes de hecho establecidos en la sociedad italiana: la monarquía, la Iglesia, la gran industria, el ejército, la tradicional aristocracia fundiaria. Inauguró una categoría con amplia herencia en nuestro tiempo: la revolución conservadora. A pesar de sus gesticulaciones radicales, sus apelaciones a la juventud, al Hombre Nuevo, a los Nuevos Tiempos con su almanaque incluido, la política fascista se decantó por el “justo medio” y el pasticcio propio de esa eticidad malamente italiana que el Duce proclamaba detestar, porque los sistemas son ilusorios y las teorías, carcelarias. Se propuso el Estado como un absoluto y su realización positiva en el totalitarismo, es decir en un sistema donde todo fuera público y nada ocurriera fuera del Estado. Pero tras su derrota pudo advertirse que los pactos de la dictadura habían dejado en pie a todas las fuerzas de la sociedad civil y que el ejército estuvo realmente muy poco identificado con la aventura bélica de Mussolini.
     El Estado, mito anterior al individuo y a la familia, figuró en el punto de partida del proyecto fascista. Y si nos atenemos a la puesta en escena, así lo parece, porque la arquitectura estatal, incluidas las Casas del Fascio del partido único, tuvo mucho de catedralicio contemporáneo. Sobre este fondo, las celebraciones guerreras, desfiles y marchas triunfales, apuntaban a lo mismo. De algún modo, el fascismo es una de las respuestas a las crisis de las religiones que la modernidad provocó al secularizar la vida social y profanizar las relaciones entre los individuos. Lo sacro, desplazado, volvió por la ventana tras salir por la puerta, como todo lo desplazado. Dios fue sustituido por la patria y los burócratas dictatoriales se convirtieron en su milicia sacerdotal, bajo el papado imperial del Duce. Se forjó un modelo de nueva humanidad, perfilado en el varón joven, deportista y soldado, que las instituciones estatales tomaban a su cargo en la infancia y devolvían a la casa con la jubilación. En rigor, el Estado mussoliniano difería poco del anterior, salvo en su actividad propagandística y sus organizaciones infantiles y juveniles. Actuó más bien como mediador entre los sectores sociales en conflicto, para asegurar la paz común y el equilibrio del conjunto, sobre un fondo de política social asistencial. El Estado fue una suerte de Gran Padre, encarnado en el Conductor, una figura paterna protectora que conservaba al pueblo en una situación de entusiasmo lúdico infantil, siempre vigilante, proveedor y sancionador, según los casos.
     Italia era, en gran medida, un pueblo de víctimas. La guerra de 1914 se había cobrado sus muertos e inválidos, como les ocurrió tanto a los ganadores como a los perdedores. Pero Italia sumó a todo aquello el hecho de figurar entre los victoriosos pero ser tratada como perdedora: endeudada con los proveedores de armas y sin apenas compensaciones territoriales. Mussolini vio con lucidez que se imponía organizar un movimiento de víctimas que exigían justicia y, eventualmente, venganza. El estado de desorganización que siguió a la guerra hizo propicia esta maniobra y la paralela desconexión de las fuerzas que pudieron unirse para enervar al fascismo hizo el resto. Desde luego, nadie pensó que las víctimas de la primera guerra serían también las de la segunda, y que el Duce nada haría por evitarlo, sino todo lo contrario. Había en él, agazapado, un fanático, es decir, como quiere Hegel, alguien que se entusiasma por abstracciones. La mayor de ellas: la muerte. Si se quiere, además, un inteligente político de provincias —Italia y los Balcanes— que perdió la medida al creerse universal y desengancharse del gran tren de su tiempo, el Imperio Británico.
     El fascismo alardeó de revolucionario pero, subrepticiamente, demostró que las revoluciones no eran ya cosa del siglo XX, sino lo opuesto: las restauraciones, el reforzamiento de los poderes y las jerarquías. Se tradujo a tibio conservatismo aunque no se pueda calificarlo, como se ha hecho con premura, de reaccionario. No repuso un orden de cosas anacrónico y hasta sostuvo un discurso modernista, que cumplió escasamente, en algunas realizaciones de la arquitectura y el urbanismo, además de las obras públicas como el desecamiento de pantanos y el tendido de carreteras, propias de cualquier gobierno prolongado, en su caso, el famoso Ventennio.
     En lo social, la modernización fue nula, a contar desde la situación de la mujer en el Nuevo Orden. El control estatal se ejerció sobre los sindicatos obreros, tratando de que las relaciones laborales fueran las de un buen padre con un buen hijo, el empresario y el trabajador. De lo contrario, estaban las patrullas de la porra. Las grandes empresas siguieron su vida como antes y como después. Hubo una izquierda fascista —Rocco, Spirito— que aspiraba a una economía corporativa que nunca llegó a plasmarse, ya que a Mussolini no le interesaba. No faltaron algunos que, como Rigola y Nanni, antiguos dirigentes socialistas, creyeron ver en el fascismo una transición al Estado proletario, una fórmula que llegó a recoger José Antonio. Esta tercera opción se difundió en fórmulas variables como el nacionalsocialismo, el tercermundismo y hasta la Tercera Posición peronista o justicialista de 1946. La experiencia histórica las ha ido situando.
     En concreto, la política económica mussoliniana fue proteccionista y tendió a la autarquía, como en casi todos los países de la entreguerras. Compensaba la falta de productos coloniales y, si bien mantenía un ritmo de crecimiento bajo, aseguraba a las empresas una cuota de mercado. La estructura social italiana siguió siendo la misma, la Gran Depresión golpeó sobre todo a la industria y los niveles de pobreza no fueron superados.
     Lo original del fascismo es su composición política, tanto que uno de sus historiadores más aplicados, Renzo De Felice, concluye que no representa una necesidad histórica, dada la multiplicidad de causas que se le puede hallar. No tiene una caracterización de clase, valga la redundancia, clásica, por más que las lecturas marxistas del primer momento se la propusieran. Inaugura el posclasismo de la sociedad de masas, como tempranamente advirtieron algunos pensadores liberales: Ortega y Croce. Se lo puede vincular con las capas medias, siempre tan poco definibles, y con la pequeña burguesía (¿cuándo un burgués deja de ser grande y se torna pequeño?) pero no en actitud canónica, sino desubicadas y desplazadas, en crisis respecto a sus tradiciones y sin integración en una nueva identidad, asustadas tanto por las gigantescas empresas monopolísticas como por la confiscación que era la amenaza comunista o sindicalista.
     En general, el fascismo reclutó sus cuadros entre los antiguos combatientes que volvían a la sociedad civil y no hallaban trabajo, como en activistas de la extrema izquierda, discípulos de Sorel según lo fueron tanto Mussolini como Lenin. Secundariamente, movilizó a la gente media, por decirlo con sencillez. En apariencia, hubo una gran movida política, en respuesta a las oleadas de carácter revolucionario de inspiración anarquista o bolchevique. En realidad, el fascismo despolitizó la política, convirtiéndola en un ejercicio estético, en un espectáculo. Advirtió que la mayor parte de la masa estaba fuera de lugar y capitalizó esta falta de situación para convertirla en un inédito fenómeno de dominación.
     Emilio Gentile llega más lejos y dice que el fascismo es un movimiento de sobrevivientes de la guerra, al cual se le adjudica una ideología que heroiza la muerte y la mutilación, a la vez que promete una resurrección basada en la fuerza juvenil, una suerte de cíclica primavera de belleza (las palabras no me pertenecen, por fortuna, sino que son del himno fascista Giovinezza) que compensa de las miserias invernales y asegura una cosecha óptima.
     Convertido en un apresurado insulto (facha es cualquier malvado que no piense como yo, que soy progre) el fascismo, mal que nos pese, es uno de los emblemas del siglo XX. A su pesar, fue mucho menos costoso que el nazismo o el estalinismo, si recontamos sus víctimas y sus consecuencias culturales. Mussolini mismo, aunque pensador de segunda mano, es un sujeto reflexivo y un buen prosista si se lo compara con sus colegas. Italia, durante su dictadura, consiguió formar una generación de escritores, cineastas y directores de teatro como nunca había conocido. No se trata de una obra del fascismo, sino de la pervivencia de una sociedad civil que consiguió zafarse del peligro totalitario.
     Hoy, el sambenito que pesa sobre el Duce tiene más de pintoresco que de siniestro. Su retórica y su iconografía se han apolillado y orillan el mal espectáculo. Pero no nos apresuremos a inhumarlo. Con una doctrina falaz y equivocada, el fascismo supo ver algunos de los rasgos de lo que hoy consideramos como sociedad posmoderna. Además, los fijó y ahí están, desprovistos de terror dictatorial pero indemnes ante el paso de los años.
     Somos una sociedad de masas que ha dejado de ser sociedad de clases. La política ha decaído hasta casi desaparecer, sustituida por los medios de comunicación y la tecnocracia. Vivimos una cultura del espectáculo, versión degradada de la estetización del poder hecha por el fascismo. Se está construyendo un dialecto mundial del deporte y la electrónica que avasalla la creatividad de las lenguas particulares. No tenemos religiones, santos ni dioses, pero tenemos sectas, famoseo y estrellas deportivas y escénicas. Preferimos la paz a la guerra aunque nuestra distracción favorita es el fútbol, guerrilla simbólica y dura confrontación corporal y sádica entre varones. Benito es nuestro abuelo, un poco desatentado y demodé, pero abuelo al fin, padre de padres. ~