Imagen: Time

Se busca verdugo

La justicia india ha decretado una muerte por ahorcamiento pero le hace falta conseguir al ejecutor. 
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Hace un par de meses una noticia ejerció sobre mí un extraño embrujo: "With 1.2 Billion People, India Seeks a Good Hangman".  La pena capital en India es la muerte por ahorcamiento y  gracias al fallo de la Suprema Corte de este país desde 1983 solo se aplica en  “los casos más raros de los casos raros”.  Pues bien, aparentemente, uno de estos extrañísimos casos ha  tenido lugar y la presidenta  de India, Pratibha Patil, confirmó en mayo de este año la pena de muerte para dos condenados.

La decisión de Patil ha traído no solo problemas de percepción internacional (el director de Amnistía Internacional para Asia-Pacífico, Sam Zarifi, hizo fuertes declaraciones al respecto), sino de logística interna, pues tras 7 años de moratoria en los ahorcamientos, la demanda  laboral de verdugos se ha ido a la ruina. Además, el linaje de Mullick, el verdugo que más convictos ejecutó en su vida, está por extinguirse; el segundo elegible para el puesto, el señor Singh, se ha roto un brazo y, un tercer candidato está por comenzar el largo proceso de certificación y  elegibilidad. De lo que resulta que no haya verdugo que pueda  ejecutar el castigo que la justicia hindú ha decretado.

La cuidadosa búsqueda de un verdugo en India recuerda el dilema-homenaje que  Joseph de Maistre hizo del verdugo en Las veladas de San Petersburgo.

Cito unos párrafos:

“El castigo gobierna la humanidad entera, el castigo la preserva, y el castigo vela cuando los humanos guardias duermen. El sabio considera el castigo como la perfección de la justicia. Si un  Monarca indolente cesa de castigar, el más fuerte concluirá por devorar al más débil. La raza entera de los hombres está contenida en el orden por el castigo. […] Se corromperían todas las clases, se rompería toda valla, y no habría más que confusión entre los hombres, si la pena dejase de ser aplicada ó lo fuese injustamente.

[…]  la corrupción y los vicios de que ya le he instruido, exige que el hombre en algunos casas muera por la mano del hombre, y que este derecho de matar, sin cometer delito, no le tienen sino el verdugo y el soldado… [El verdugo] es un ser sublime, es la piedra angular de la sociedad, pues que el crimen ha venido a habitar vuestra tierra, y solo puede ser contenido por el castigo, quitar al ejecutor, y todo el orden desaparece con él ¡Qué grandeza de alma! Qué interés tan noble debe precisamente suponerse en tal hombre que se dedica a funciones respetables sin duda, pero sumamente penosas y contrarias a vuestra naturaleza.    

¿Es este un hombre? Si: Dios le recibe en sus templos, y le permite orar. El no es delincuente, pero a ninguno le ocurre decir que es virtuoso, ni que es honrado, ni estimable.

Y sin embargo toda grandeza, todo poder, toda subordinación descansa en el ejecutor; él es el horror, y él es el lazo de la humana asociación. Quitad del mundo este agente incomprensible, y en el instante mismo el orden hace lugar al caos”

¿Encontrará India a este hombre? 

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