Eryk (Wiki Ed), CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

Mujeres, la desconexión de un gobierno

Es importante visibilizar el trabajo de las mujeres en la ciencia para lograr que niñas y adolescentes sigan ese camino. Pero no basta: persisten barreras sistémicas y México no vive su mejor momento ni en temas de ciencia, ni en temas de mujeres y equidad.
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Como cada año, el pasado 11 de febrero, Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, las redes sociales se llenaron de historias que buscaban visibilizar el trabajo de mujeres que se desempeñan en disciplinas STEM (el acrónimo, por sus siglas en inglés, de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).

Visibilizar está bien y ha sido una de las constantes recomendaciones desde que la American Association of University Women (AAUW) publicara el reporte Why so few? Women in STEM. Tenemos que poner el reflector en otros modelos a seguir, ya que entre más referentes de mujeres en las ciencias haya, más niñas y adolescentes querrán seguir este camino. 

Pero nos equivocamos si pensamos que con solo “generar más interés por las STEM” en las chicas jóvenes el problema se resolverá con el tiempo. Hay otras barreras sistemáticas y estructurales que debemos resolver.

{{En el Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt, por ejemplo, la inequidad de género es notable. En promedio hay 61.8 % de hombres y solo 38.2 % de mujeres. El fenómeno se agrava hasta llegar a un 20% de mujeres en los niveles SNI 2, SNI 3 y emeritazgo.}}

Y me temo que México no vive su mejor momento ni en temas de ciencia, ni en temas de mujeres y equidad.

Este gobierno, se ha dicho, es una izquierda tradicional que identifica como principal problema de la agenda pública la desigualdad en el ingreso: hay ricos y pobres y los ricos son un problema. Todo lo demás queda en segundo plano, no hay matices relacionados con las identidades. De ahí que, por lo menos narrativamente hablando,

{{Digo “narrativamente hablando” porque en los hechos tampoco es que las mujeres pobres se hayan visto beneficiadas. Según datos del Coneval, 44.4% de las mujeres vivían en pobreza, extrema o moderada en 2020. En mujeres hablantes de lengua indígena en zonas rurales, el porcentaje es de 83.5%.}}

 las mujeres solo le importan a este gobierno en la medida en que sean pobres.  

Por otro lado, la comunidad científica es por definición una élite y es una audiencia a la que el gobierno no solo no se dirige, sino que ataca. Los discursos y editoriales de la directora del Conacyt hablando de la ciencia neoliberal, de la mercantilización del conocimiento y de la añorada “soberanía científica”, sumados a la persecución y amenazas que ha vivido la comunidad científica (las solicitudes de órdenes de aprehensión contra 31 académicos, científicos y exfuncionarios del Conacyt, o lo que sucede en el CIDE, por ejemplo), han dejado a una comunidad desarticulada y preocupada por lo básico: no ser perseguida y no perder el empleo. ¿Qué espacio hay ahí para impulsar ya no solo a las mujeres en STEM, sino a las mujeres en general en la vida académica? Muy poco. Por eso al Conacyt se le hizo fácil proponer, a finales de enero de este año, en el Reglamento de becas para el fortalecimiento de la comunidad de humanidades, ciencias, tecnologías e innovación, que una causal de suspensión de la beca o del apoyo fuera ¡estar embarazada!

((En el artículo 20, fracción IV, se proponía que era causal de suspensión “cuando alguna becaria que se encuentre embarazada, en parto o puerperio, así como a los becarios que sean padres presentando la documentación que lo acredite”. Ante las voces de protesta e indignación, que no se hicieron esperar, el Conacyt primero intentó desdecirse de la propuesta enviada a la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria y luego, por supuesto, le echó la culpa a los “gobiernos neoliberales” diciendo que esas violaciones a los derechos humanos fueron aprobadas por desde 2008 (aquí puede verse el reglamento de esa época).  Finalmente, el 25 de febrero Conacyt respondió al dictamen en el portal de Conamer, y la nueva versión ahora propone como causal de suspensión y cancelación de beca: “Cuando la persona becaria la solicite con motivo de alguna situación de caso fortuito, de fuerza mayor o cualquier otra situación que lo amerite, incluyendo enfermedad, embarazo, parto, puerperio o labores de crianza, entre otras, que le impida continuar con el desarrollo de los compromisos asumidos, presentando la documentación que lo acredite, con el único propósito de beneficiar a las personas becarias”.))

Quizá más preocupante que la falta de políticas enfocadas en las mujeres para reducir las múltiples barreras y discriminación basada en el género (desde la educación que reciben las niñas hasta el tipo de trabajo al que son canalizadas, pasando, por supuesto, por las barreras legales, estereotipos culturales y la violencia de género) es que las políticas que sí implementa este gobierno, porque se adecuan a su visión binaria, terminan afectando a las mujeres.

Así sucedió en 2019 con la desaparición de las estancias infantiles que, de acuerdo con la CNDH, habían permitido que más de 9 mil mujeres cada año, de todas las entidades federativas del país, pudieran trabajar, “accediendo al empoderamiento económico, a la independencia y autonomía”. Además, “se había beneficiado a aproximadamente 30,000 mujeres” que eran titulares o trabajadoras de estas.

Más recientemente, el anuncio de desfondar el programa de la SEP de escuelas de tiempo completo, que beneficiaba a 3.5 millones de niños y niñas en 25 mil escuelas del país –y que representaba para 65.8% de las alumnas y alumnos la posibilidad de consumir el primer alimento del día–, no solo pone en jaque a estos niños, sino que amenaza con impactar en 36% el ingreso de las madres trabajadoras.

En Por qué los autócratas temen a las mujeres, Erica Chenoweth y Zoe Marks dicen que, si la historia sirve de guía, las estrategias autoritarias fracasarán en el largo plazo, porque “las feministas siempre han encontrado formas de exigir y expandir los derechos y libertades de las mujeres, impulsando el avance democrático en el proceso”. Es cierto que no avanzamos mucho con el tan cacareado “Congreso más paritario en la historia de México”, y esto me hace pensar en lo que dice Mary Beard respecto a que la presencia de un gran número de mujeres en una legislatura nacional, a veces significa que ahí es donde no está el poder.

Pero el poder, siguiendo de nuevo a Beard, es un atributo, no una posesión. Y si lo pensamos de manera diferente, como algo menos vinculado al prestigio público y más enfocado en la colaboración, podemos desde nuestras trincheras comunes dotar de poder a tomadores de decisión que sí nos representen. Que no se nos olvide que en las elecciones de 2018 las mujeres votaron más que los hombres: 66.2% por ciento contra 58.1%, una diferencia de ocho puntos porcentuales.

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