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Sol. Más que un tema particularmente frecuentado, el sol en Alfonso Reyes es un tono que recorre gran parte de su obra literaria. Inclinación por la claridad, de la luz tanto como de la razón, que alumbra los objetos del mundo y los detalla, los describe y los celebra.

El sol como metáfora, diríase, de la realidad y sus pormenores, del esplendor bajo el cual cada ser y cada objeto –o, mejor dicho, el ser de los objetos– es revelado por el instante de plenitud que lo destaca. La plenitud de ese instante, para Reyes, es gozosa pero también un poco melancólica. La sensualidad del poeta la celebra pero la sabiduría del pensador la reconviene. Aun así, el arte del que deja magisterio en su Constancia poética no es el arte de juzgar sino el de dar testimonio. Allí el sol siempre aparece, en la variada escala de sus manifestaciones, como un mensajero celeste. Es Hiperión, el que mira desde lo alto, o su hijo Helios, el que conduce el carro del día. En todo caso es Apolo, el acompañado por la luz.

Y es que para abordar a Alfonso Reyes hay que citar a los dioses. No son en su obra un capricho de erudición, son sus interlocutores. Hay que tener en cuenta que entre los dioses de la mitología griega, el sol, en cada una de sus manifestaciones o identidades, era el más alto y elegante, el más generoso y fecundo, y no pocas veces el más infiel y el de crueldad insuperable.

Un detalle que no es insignificante, también proveniente de la mitología: Hermes, el dios de las puertas, las fronteras, los viajeros y los intercambios, es quien le da su instrumento a Apolo, el dios solar de la música y la poesía. Es él, Hermes, el guardián de lo aparente y lo verdadero, de lo visible y lo invisible, el que regala la lira al dios del canto. Así pues, la lira de don Alfonso es a un tiempo luminosa y secreta. Posee un esplendor que no pocas veces se reserva, pleno de ingenio, su enigma.

En todo caso el sol, como tal, aparece en un pasaje de su breve recuento de los dones: “Si sólo fuera un animal de amor,/ agradecidamente dejaría/ rodar la noche, despeñarse el día;/ si sólo fuera un animal de amor.// Concertar un violín fuera mejor/ que, entre una y otra pulsación, diría/ el regocijo, la melancolía,/ el sol, la paz, la vid, la miel, la flor.” No cabe duda entonces que lo contaba entre los mayores bienes y lo identificaba con el bienestar.

Mucho de celebración tiene también para el regiomontano el astro mayor y lo que viene con él: la luz. La luz en su obra es honda y nítida, transparente y traviesa. Es una luz que viene de su infancia para alumbrarlo en las encrucijadas y es un calor cómplice de su fraternidad original con la vida. La clave de esta certeza o confianza está muy probablemente en uno de sus más gustados y celebrados poemas. Un poema donde señala el oriente de su Arcadia, el tan conocido “Sol de Monterrey” (se citan aquí sólo la primera estrofa y la última):

 

No cabe duda: de niño,

a mí me seguía el sol.

Andaba detrás de mí

como perrito faldero;

despeinado y dulce,

claro y amarillo:

ese sol con sueño

que sigue a los niños.

 

[…]

 

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

–¡Ya llevas sol para rato!–

Es tesoro –y no se acaba–

no se me acaba –y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.–

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

 

Aquel sol, en su diccionario personal, es a un tiempo una mascota, un escudero, una reserva de luz y una herencia inagotable. Aquel sol que inundó sus ojos desde sus primeros recuerdos en su tierra natal se convertiría en un estado interior que lo acompañaba persistentemente y bajo el cual los errantes episodios de su travesía vital parecían estar siempre regidos por una claridad cenital. Aquel sol fue, en pocas palabras, el motor más profundo de su espíritu. La lección de la transparencia solar, por tanto, es algo casi sencillo: aprender a observar con entereza y saber celebrar la verdad. ~

 

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