Telebasura: trash and cash

AÑADIR A FAVORITOS

En más que azarosa coincidencia cuando se cumplen cien años del nacimiento de Theodor W. Adorno, excelso representante del pensamiento crítico —Escuela de Frankfurt—, temeroso de las masas y de la homologación cultural que ejercían, horrorizado por lo que él siempre consideró un oxímoron, industria cultural (kulturindustrie): “La industria cultural está modelada por la regresión mimética, por la manipulación de impulsos reprimidos”, ahora digo, en pleno centenario, se comenta sin parar y airadamente se denuncia, aquí en España, la telebasura; denuncia que comparte y a la que se ha sumado el presidente del gobierno, el mismo que justifica con ardor una “guerra infinita” que televisivamente comenzó con un título gore: Shock and Awe, que aparece fotografiado para el archivo de la posteridad en las Azores y que no siente ninguna nostalgia, pero ninguna, como declaró hace poco en Texas, por la vieja Europa, justamente la Europa de Adorno.
     La telebasura se presenta como un fenómeno pandémico, que ocupa horas y horas de programas que ven con altísimo nivel de audiencia millones de teléfagos compulsivos, que parecen confirmar el diseño del telespectador al que va dirigido y que los americanos han denominado despectivamente coach potato, y que hace referencia a un telespectador acrítico, vulnerable, atomizado, hombre de vidrio al que la luz catódica lo atraviesa. (En afortunada metáfora, Gustavo Bueno se refiere a la clarividencia como una de las propiedades de la TV.)
     Adorno hubiera ratificado su pesimista y doliente diagnóstico: “¿Lo ven? —diría—: masificación, homologación, heterodirección del individuo, estrategias autoritarias u ocultas de consenso, atrofia de la experiencia, fatal ambivalencia de la identidad…”
     Y si hubiéramos preguntado a D. José Ortega y Gasset nos hubiera dicho: “¿Lo ven? Esto no es sino la prevista consecuencia de la oclocracia —democracia de las masas—, que yo he dado en llamar hiperdemocracia“. Hubiera recordado que “la serie innúmera de ceros que forma la masa sigue a la unidad que le da valor”, y tras hablar del hombremasa, de la turba, de la foule que arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto, citaría sus propias —y muy actuales— palabras: “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone donde quiera”.
     Aquellos conspicuos herederos y defensores a ultranza de la Ilustración, a los que hay que añadir obligatoriamente a Elias Canetti con su insuperable Masa y poder y a tantos otros espíritus aristocráticos, temieron siempre la confirmación de la Masa como sujeto histórico, dejando atrás aquella ecuación tan cara a Baudelaire y, por tanto, a Walter Benjamin: modernidad = masas. Como ejemplo sirva el magnífico cuadro de Manet, que actualmente se puede admirar en el Prado, Música de las Tullerías, donde se pintan “miles de efímeras existencias que flotan en los laberintos de la gran ciudad” (Baudelaire).
     Aquella “sociedad de masas” que poco a poco va perdiendo la diferencia en aras de la indiferencia de las masas va a asistir a la transmutación de todos los valores como transformación de toda diferencia vertical en diferencia horizontal, como ha sostenido P. Sloterdijk: “una vez que la masa se arroga la completa potestad de hacer diferencias, las hace siempre y sin ambages a su favor. De ahí que excluya todo vocabulario o criterio cuyo uso deje traslucir sus posibles limitaciones; deslegitima así todos los juegos lingüísticos en los que no obtiene ninguna ventaja. Rompe en pedazos todos los espejos que no aseguren que ella es la más bella del reino”.
     La masa que hace masa, como colectividad visible, cuerpo mercancía, “espectáculo del mercado y mercado del espectáculo”, deviene doxa, opinión pública que es, en la tradición del teatro, un personaje proteico de la tragedia griega: ora protagonista, ora destinatario; cuando no coro que aplaude lo plausible (y ahora en TV lo que dicte el regidor). Una de sus funciones consistía en venerar al héroe; hoy, en apogeo de lo efímero, puede venerar a cualquiera, por excrecencia que fuere, manifestando así su implacable poder, el mismo que ejerce cuando caprichosamente eleva lo exento de interés al rango de relevante.
     Hoy la sociedad de masas es con todos los derechos “sociedad de la información”, con sus epítetos de sociedad “vigilada”, “controlada” o “transparente” por mor de los medios de comunicación que juegan un doble papel: están en la escena social, forman parte integrante de ella y al mismo tiempo la definen, reproduciendo y estableciendo los criterios de visibilidad y de pertinencia social.
     Hablar hoy de TV exige, al menos, distinguir entre un sistema técnico de transmisión de imágenes en movimiento, el aparato que lo produce, el complejo de contenidos transmitidos, su organización en instituciones llamadas géneros, la organización en el tiempo o programación, los efectos perseguidos, la estructura económica y social…
     Aun a riesgo de defectuosas imprecisiones, la analogía de la neotelevisión —entre otras características da prioridad a la transmisión en directo con telecámaras y público incluido— con el panóptico de Bentham (Z. Bauman lo llama “synopticon mediático”) sirve para confirmar la marcada tendencia de la TV hoy, para invadir lo extratelevisivo con indiscutible afán de conquista. Si una derivada del panóptico de Bentham fue el Big Brother que se inventara George Orwell en 1984, mediante el cual unos pocos podían vigilar a muchos, hoy Gran Hermano ha conseguido que muchos, muchísimos vean a unos pocos, no exentos de la misma mirada con que otrora se iba a ver los barracones de feria donde había mujeres barbudas, gigantes, etcétera. (No puedo evitar en esa línea encontrar paralelismos entre la película Freaks y Hotel Glam.)
     Poco antes de morir, Karl Popper escribió un texto refiriéndose al poder de la televisión, a la invasión en lo extratelevisivo y en concreto a la violencia en TV. Comentó el terrible suceso, en febrero de 1993, de dos muchachos de diez años y medio que raptaron y asesinaron sin ningún motivo a un niño de dos años en Liverpool y el error de visionarlo en televisión. Defensor sin fisuras de la democracia, el creador del concepto de Sociedad Abierta propuso cerrar lo extratelevisivo con esta propuesta: del mismo modo que los médicos, que tienen un gran poder sobre la vida y la muerte de sus pacientes, son controlados por sus propias organizaciones, debería hacerse algo análogo con la comunicación. En el caso de la televisión, Popper propone que el Estado (sic) cree una organización similar para todos los que estén implicados en la producción televisiva, que deben previamente conseguir una licencia que les podrá ser retirada de por vida —él propone que por una Corte— en el caso de que no siga ciertos principios. Drástica propuesta ésta del gran liberal que no aceptó nunca, al menos en este texto, el autoritarismo de las audiencias o la presencia de la violencia en TV, desdeñables en cuanto atacaban los fundamentos de la democracia y por tanto de la razón.
     Sabemos la respuesta que el sistema televisivo daría a sir Popper: las audiencias mandan y tienen derecho a ver todo, basura incluida, sobre todo porque es lo que la gente quiere, execrable enunciado que se ha convertido en axioma.
     Y junto al derecho a ver todo, el derecho a ser visto. Cuando Andy Warhol anunciaba la posibilidad de alcanzar la fama durante unos minutos apareciendo en la TV —remedando el viejo principio esse est percipi del obispo Berkeley, título de un excelente cuento de Borges—, no podía ni por asomo imaginarse lo siguiente: en una encuesta, para una rigurosa investigación massmediológica, le preguntaron a un adolescente en una favela qué quería ver en TV (trabajo etnográfico en análisis de recepción para ulteriores programaciones); el muchacho no dudó y con firmeza respondió: “¡Eu!” (“Yo”).
     Alguien subrayaría la conocida tesis de que si la sociedad primitiva tenía sus máscaras y la sociedad burguesa sus espejos, hoy nosotros tenemos nuestras imágenes. También se podría sostener que estamos ante un caso extremo de narcisismo que confirmaría el principio según el cual quien no tiene visibilidad no tiene acceso a la dimensión pública. Pero es también, sin duda, consecuencia del mercadeo de la privacy.
     Nadie duda que uno de los más evidentes efectos de la TV, medio frío según la clasificación térmica de M. McLuhan, es el cortocircuito que ha procurado entre lo público y lo privado, demoliendo aquella frontera público/privado que estableció la modernidad. Es ahí precisamente donde surgen las airadas protestas contra la degradación, la abyección en este caso de la telebasura. Pero puestos a buscar calificativos prefiero decir de la telebasura que es obscena, que en su étimo hace referencia a lo que está fuera de la escena, como el retrete que está retirado, o como el secreto que aunque tienda siempre a ser revelado, no deja de ser, como quería Simmel, “una de las grandes conquistas de la humanidad”. Un estudioso de estas cosas, R. Andersen, llegó a afirmar en los años noventa que “para ser invitado a un talk show ya no basta con ser una prostituta ninfómana. Tiene que tener un hijo infectado por VIH que haya sido violado por su padrastro, poseído por Satanás”.
     Hay quien ha proclamado la necesidad imperiosa de una dietética para controlar el exceso, incluso a riesgo de anorexia mediática, pero curiosamente no se habla mucho de otro sentido, también de asco: el olor. Cuenta Suetonio que el emperador Vespasiano, preocupado por un impuesto por las letrinas, reprochándoselo a su hijo Tito, le acercó a las narices el dinero de la primera recaudación preguntándole si le molestaba el olor. Al contestarle Tito: Non olet, le replicó: “Y sin embargo es producto de la orina”. (Non Olet es el título de un estupendo libro de Rafael Sánchez Ferlosio)
     Acaso, como en la anécdota de Vespasiano, habrá que decir de la telebasura, y de la guerra, y de los telediarios —masa obliga—: Non olet. ~


    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: