Tertulia, academia, universidad

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Reunirse para conversar en lugares públicos tiene una larga tradición mediterránea, remozada por el invento islámico del café. Se dice que el café empezó a tomarse en Etiopía, y a servirse en lugares públicos de La Meca, para atender a los peregrinos. De ahí pasó al Mediterráneo islámico en el siglo XVI y a toda Europa en el XVII, con tanto éxito que, en el XVIII, Bach organizó conciertos en los cafés de Leipzig y hasta compuso una Cantata del café. Curiosamente, hoy que Europa teme por su identidad ante el islam, George Steiner declara que Europa será Europa mientras haya cafés (“Una idea de Europa”, El Universal, 28 v 05).
     El café y la prensa en el siglo xviii crearon el espacio público donde empezó a manifestarse una sociedad civil que soñaba en la democracia griega. Muchas revoluciones literarias, artísticas, intelectuales, sociales y políticas surgieron de la animación de las tertulias, organizadas desde el siglo XV por lectores que se comunicaban sus lecturas, reflexiones y trabajos (las academias) y, desde el XVII, por una gran dama en su casa (los salones) o los parroquianos de un café. De ahí las frases burlonas: componer el mundo en un café, revolucionarios de café.
     La tertulia es milenaria, pero la palabra tertulia es muy tardía: una singularidad de la lengua española, que pasó literalmente al francés, inglés, alemán. Le Grand Robert documenta tertulia en una traducción de 1776 que deja la palabra en español, aclarando que es una “reunión culta (savante) donde se comenta a Tertuliano”. En su Diccionario crítico etimológico, Corominas considera razonable la tesis del historiador del teatro español Adolf Friedrich von Schack:

El nombre tertulia aparece hacia la mitad del siglo XVII y sale desde entonces frecuentemente en las obras teatrales. Así se llamaban los palcos del piso alto, que antes habían llevado el nombre de desvanes, y en los cuales se sentaban, sobre todo, el público educado y la gente de Iglesia. Entonces estaba de moda estudiar a Tertuliano, y los sacerdotes en particular tenían la costumbre de adornar sus sermones con citas de sus obras, por lo cual se les dio humorísticamente el nombre de tertuliantes, y a su lugar el de tertulia. De estos palcos, a los cuales ya anteriormente se había dado el nombre honorífico de desvanes eruditos, salían los dictámenes a los que el autor reconocía más fuerza, como procedentes de hombres entendidos” (1846).

Lo que empezó como una broma sirvió finalmente para referirse a una institución de la amistad y la opinión pública. La tertulia es una pausa de la vida que reflexiona sobre la vida, una reunión ociosa de amigos que comparten un palco sobre el mundo y opinan libremente. Puede ser filosófica, chismosa, educativa. Puede ser quejosa y rastrera o elevarse a una creatividad deslumbrante. La filosofía nace en las tertulias. Según Popper (El mundo de Parménides), la tradición crítica de las ideas empieza el siglo VI a.C. en Mileto, una próspera ciudad portuaria en lo que hoy es Turquía, donde Tales fue el primer sabio que animó a sus discípulos a criticarlo. Pero, en Atenas, Sócrates fue más allá: expuso sus ideas en toda clase de reuniones, no tuvo inconveniente en ser escuchado por cualquier hijo de vecino, ni en criticar y ser criticado públicamente. Platón volvió a la tradición de limitarse a los amigos y discípulos. Su tertulia recibió el nombre del lugar donde se reunían.
     Una floresta en las afueras de Atenas se convirtió en un parque público. Unos dicen que fue donado a la ciudad por el rico Academo. Otros, que estaba consagrado al héroe Academo. Según The Oxford Classical Dictionary, Platón vivía cerca. Según el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, “por haber nacido en este lugar Platón, y enseñado en él”, “sus discípulos se llamaron académicos”. Hoy (1611), se llama academia “la escuela o casa donde se juntan algunos buenos ingenios a conferir”, y académicos “los concurrentes. Pero cerca de los latinos [academia] significa la escuela universal, que llamamos universidad”.
     Samuel Gili Gaya (Tesoro lexicográfico) recoge esta equivalencia en otras dos fuentes de la misma época. César Oudin (Tesoro de las dos lenguas francesa y española, 1616), academia: “académie, université”. Richard Percival (A dictionary in Spanish and English, 1623), academia: “university. Plato school in Athens was first called by that name. Now every notable place of learning is so called.”
     Cien años antes, Antonio de Nebrija (Vocabulario de romance en latín, 1516), dijo que universidad correspondía en latín a universitas, cuando se trataba de conjuntos de cosas, pero gymnasium o academia, cuando se trataba de lugares de estudio. Según Alfred Ernout y Alfred Meillet (Dictionaire étymologique de la langue latine), universitas aparece con Cicerón, que probablemente inventa la palabra latina para traducir del griego olotes (conjunto), de donde viene holístico. Siguiendo este uso, en español, el conjunto de todas las plantas se llamó la universidad de las plantas.
     Según Olga Weijers (Terminologie des universités au XIIIe siècle), en el latín medieval de fines del siglo XII, las comunidades de estudiantes extranjeros en Bolonia (ultramontani, que venían del otro lado de los Alpes) eran llamadas nationes o societas, pero empezaron a llamarse también universitates. Es decir, las mismas comunidades recibieron tres nombres que implicaban perspectivas distintas: origen (nationes), mutualidad (societas), conjunto (universitates).
     Según el Dictionaire historique de la langue française de Robert, université entró al francés en el siglo XIII con el significado de comunidad. La comunidad de maestros se llamó en latín medieval universitas magistrorum y luego simplemente universitas (1261), o sea comunidad. Más tarde, en provenzal, la comunidad judía de una población se llamó universitat (1385), o sea comunidad.
     Según el Oxford English Dictionary, university entró al inglés en el siglo XIII. En el XVI, tuvo el significado de personas asociadas con algún propósito, y todavía en el xviii Adam Smith recuerda que “All such incorporations [of trades] were anciently called universities. […] The university of smiths, the university of tailors” (1776).
     El Diccionario de autoridades de la Real Academia Española (1726-1737) da varias acepciones de universidad: “la colección y junta de todas las cosas criadas”, es decir: el universo; “la colección que comprende todas las cosas de una línea: como la universidad de las plantas, de los hombres”; “el cuerpo o compuesto de los maestros y discípulos, que enseñan y estudian en algún lugar determinado y forman en él comunidad”, así como el “lugar en que está establecido”; “la comunidad, junta o asamblea en que están adscriptos muchos para algún fin u oficio”; “los pueblos entre sí unidos, que tienen amistad y confederación”. La penúltima acepción concuerda con Smith: se llamaba universidad a la cofradía o gremio, fuese de herreros, sastres, estudiantes o profesores. Jacques Le Goff (Los intelectuales en la Edad Media) subraya este punto: los gremios eran cofradías de comerciantes y artesanos que organizaban y reglamentaban el mercado de sus servicios, y la novedad estuvo en hacer lo mismo para los servicios educativos.
     El mismo diccionario da para academia: lugar “donde Platón enseñaba”; el “estudio general, dicho comúnmente universidad, donde se enseñan las ciencias y facultades”; la “junta o congreso de personas eruditas, que se dedican al estudio de las buenas letras […] principalmente para la formación de los diccionarios de las lenguas”; “las juntas literarias o certámenes […] para celebrar alguna acción grande”; las de pintura, escultura, música y otras artes liberales “donde concurren los profesores de estas facultades para conferir y adelantar lo que conduce a su mayor perfección y aumento”. Llama la atención que la segunda acepción coincide con la primera de tertulia: “La junta voluntaria o congreso de hombres discretos, para discutir en alguna materia”; “también la junta de amigos y familiares para conversación, juego y otras diversiones honestas”.
     Al paso de los siglos, también se ha llamado academia a un dibujo del natural, realizado como ejercicio; a un concierto de música; a una escuela de corte y confección; a un experimento escolar para la enseñanza de la biología; a una tertulia en casa de Hernán Cortés; a un certamen para celebrar con arcos triunfales la llegada de un virrey. En francés, académie también ha tenido algunos de estos significados, y otros igualmente inesperados: ejercicio de equitación, manual que expone las reglas de un juego, casa de juego. Sin hablar de los peyorativos que aparecen el siglo XIX: academic (poco práctico) en inglés, académisme (falta de originalidad) en francés.
     ¿Cómo explicar tanta dispersión semántica? ¿Cómo explicar que academia, universidad y tertulia hayan sido intercambiables para ciertos significados? La explicación está en las muchas formas del fenómeno original: la conversación, especialmente la conversación culta, puramente oral. (También hay conversación culta, pero no oral, en la lectura; y conversación oral, pero no culta, en la vida cotidiana.) Con distintos aspectos. Una cosa es la reunión de los que conversan, otra el conjunto de personas que se reúnen, otra el lugar donde se reúnen, otra la actividad o propósito de la reunión y otra el organismo (si existe) que organiza las reuniones y representa la comunidad ante terceros; aunque el nombre de unas cosas se extienda a otras. También hay extensiones que derivan de las afinidades entre conversación, discusión, creación, investigación, experimento, ejercicio, educación, difusión, y la tendencia a que unas actividades lleven a las otras. A lo cual hay que sumar la evolución de las realidades nombradas, que no siempre genera nuevos nombres para las nuevas realidades. Así el nombre que se venía usando se extiende para algo nuevo, o para algo afín, o para algún aspecto concurrente de la misma realidad.
     En el griego del siglo IV a.C., se llama Akademeia a la tertulia de Platón. En el latín romano del siglo i a.C., aparece universitas para referirse a conjuntos. En el latín medieval del siglo XII, se extiende el uso de universitas a los conjuntos de estudiantes que se organizan como cofradías, y en el XIII también a las cofradías de maestros, o estudiantes y maestros. En el español del siglo XVII, aparece tertulia para referirse a la zona del teatro donde se sentaba el público conocedor.
     Pero las realidades fueron apareciendo en otro orden. Primero fue la conversación reflexiva (la tertulia). Después, la cofradía que reglamenta y certifica estudios (la universidad). Finalmente, la recuperación burguesa de la conversación entre iguales (las academias, los salones, los cafés). –

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