Tres poemas

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El camino entre huertas
     hasta la casa, sus columnas
     de madera esculpida
     por las lluvias ardientes del verano,
     laureles poderosos que clavan
     en la tierra mugrienta sus ásperos brazos,
     acaso el débil canto
     de una fuente de mármol
     presentida en silencio,
     las aguas estancadas que en su fondo
     de apelmazados limos
     amordazan los cuerpos, los lívidos rostros
     de las muchachas enfermas
     que aquí vivieron.
      
     *
     Como un regalo en la mañana
     abriéndose en sus rayos de fuego,
     un regalo pequeño
     para la vista hoy cansada
     de páramos iguales y de viento.
     Como un regalo, sí,
     que anima nuestras horas
     de hastío entre los libros,
     este gorrión de los desiertos
     posado sobre el muro
     de la casa en Tetir
     —raza alada, sublimazione
     del rettile, lo llamó Saba—,
     joven padre que alegre
     de su misión humilde sobre el mundo
     no duda y alimenta a su linaje.
      
     *
     (reflexión con urraca)
      
      
     Llega y agita su plumaje
     de metal frío. Con su pico
     avaro humilla el cuerpo mudo
     de un gusano robado a la intemperie,
     entre los surcos negros del jardín.
     Qué insolencia la suya ante la muerte.
     Hay algo de dolor y paz en esta tarde,
     de claridad azarosa, o de ácidos
     que cubren la piedad del mundo.
     Sobre los muros del fondo, la luz
     dice los signos ciertos de la muerte,
     la mudanza del tiempo que no alcanzo.
     La urraca me contempla, astuta,
     ir y venir entre los libros.
     ¿Quién eres? interroga con soberbia
     al rostro sorprendido que la mira,
     esta urraca extranjera, simple
     existencia hoy más alta que la mía. ~

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