Un busca del nexo perdido o la invasión de los mexicas

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El corazón de este verano incendiario contó con una presencia inusitada de artistas mexicanos en el Festival de Músicas del Mundo “Pirineos Sur”. En un mismo fin de semana y escenario se podían escuchar los relámpagos de acordeón de Los Tigres del Norte, la deliciosa reinvención de la música tradicional en labios de Lila Downs, el sonido original y sofisticado de Café Tacuba (que marca el paso a la madurez creativa en el rock de aquel país) y las últimas tendencias de la corriente electrónica de Guadalajara, Nopal Beat. Un mes antes, en Festimad, los potentes Molotov habían hecho saltar por los aires a los jóvenes hip-hoperos al ritmo del “Frijolero”.
     Hasta hace bien poco todo ello era impensable. La música mexicana era, para el público español, la gran desconocida de las músicas latinas. En el fondo esto tiene que ver, claramente, con el cortocircuito general de las relaciones entre los dos países durante el páramo franquista, ya que México fue el único Estado que no reconoció semejante engendro, permaneciendo poéticamente fiel, como Leonard Cohen, a los hermosos vencidos. Pero muerto el perro se acabó la rabia y ahora, veinte años después, parece que la corriente eléctrica entre las dos culturas se encuentra ya casi totalmente restablecida.
     Por el largo desierto del movimiento nacional apenas flotaba en España el chotis “Madrid” de Agustín Lara, que repetían invariablemente los organillos de todas las verbenas populares, o sonaba, para arrullo de parejas castas en salones de baile torpemente iluminados, el “Bésame mucho” de Consuelo Velásquez. También se escuchaba en las ondas a Pedro Vargas y a Los Panchos, entre inefables concursos radiofónicos o radionovelas ejemplares. Ya en los años de la democracia, gracias en parte a la popularidad que alcanzó con las peliculas de Almodóvar, la inconmensurable voz de Chavela Vargas lo inundó todo. Sin embargo, siempre se trató del mismo género o tradición: la del bolero y la ranchera. Como excepción, hay que decir que también triunfó por aquí el pop melódico de Maná, quien pasaba por ser —para alarma y desesperación de no pocos— el genuino representante del rock mexicano. Finalmente, del otro lado de la frontera, Santana se identificaba como una mega estrella del rock americano, ignorando todo el mundo que es originario de Jalisco.
     Hoy, sin embargo, se empieza a descubrir que México es, además, muchas otras tradiciones musicales. Se desvanecen los lugares comunes y se perfila un territorio propio.
     Otros se habían adelantado: la exuberante topografía de la música brasileña ya se conocía por aquí desde unos quince años antes, y la esbelta silueta de la isla de la música se dibujó nitidamente algo después, al compás segundo de Buena Vista Social Club.
     Vaya por delante que México no puede competir, a nivel de número de artistas de talento, con culturas como Cuba o Brasil: los cubanos y los brasileños hacen música como los suizos componen relojes o los tártaros cortan cabezas. Frente a esta sensibilidad desbordante, México, con el oído recostado sobre el magma sonoro de la más sobrecogedora y delirante epopeya histórica de América Latina, opone la diversidad de su riqueza musical, compuesta a la vez de géneros propios y de la adopción y recreación de otros ajenos, nacida de la confluencia de las tres raíces: la europea (de la española a la anglosajona), la indígena y la negra.
     Dejando de lado la música seria, vamos a hablar de la que más nos divierte. A grandes rasgos telegráficos, en la música popular existen tres géneros propios: el son, el mariachi y la música norteña. Pero además, gozan de extraordinaria vitalidad la música tropical (salsa, mambo, cumbia, danzón) y el rock, con dos epicentros (perdonen, pero me sale sin querer la nomenclatura volcánica): el mundo chicano, con su pasmosa fusión del rhythm and blues y los estilos latinos (Los Lobos, Los Mocosos, Ozomatli) y la escena nacional, con su profusión de ramificaciones: desde el hip-hop de Control Machete hasta los djs electrónicos de Tijuana (Nortec). En el centro, reinventando la tradición y fusionándola de manera imaginativa con el rock contemporáneo, Los de Abajo, grupo también muy apreciado del público español y europeo, tras dos años de giras por el continente y la publicación de su Cybertropic Chilango Power en el prestigioso sello discográfico de David Byrne, “Luaka Bop”.
     El signo más claro de esta nueva conexión de alta velocidad entre los dos países (de la que veníamos hablando algunos párrafos más arriba) ha sido la entusiasta acogida en España a Los Tigres del Norte y sus corridos, género que no es otra cosa que una forma musical de narrar historias.Toda una sorpresa, ya que las gestas y tragedias del desierto y la frontera forman parte de un universo rural y popular, muy alejado, a primera vista, de los intereses y preocupaciones de los urbanitas del primer mundo. Sin duda el último libro de Pérez Reverte, La Reina del Sur, despertó la curiosidad por el género, pero, a juzgar por el éxito de los conciertos y la continua venta de discos, el corrido galopa ahora a lomos de su propia magia.Ya anunciaba el propio escritor su capacidad de fascinación cuando explicó que había redactado una novela de quinientas páginas por verse incapaz de componer un corrido. Los bandoleros y los revolucionarios, el narcotráfico y los mojados, la corrupción y los políticos (perdón por la redundancia), la pasión y el desamor, la traición y el contrabando, forman parte ya del imaginario de los españoles.
     Por otra parte, también el público se mostró muy receptivo a la destilación de estilos y la sorpresa permanente que presenta Café Tacuba, una propuesta que traduce la sensibilidad de un México urbano y cosmopolita, identificado con las últimas tendencias, plenamente integrado en la modernidad. Al masivo concierto de la Sala Suristán (desaparecida en combate gracias, entre otras cosas, a la gallarda política cultural de nuestras autoridades) siguió la actuación de “Pirineos Sur”, en la que los asistentes pasaron de la sorpresa inicial al comezón irresistible del baile, a medida que los iba seduciendo un lenguaje musical enigmático y complejo, en el que el más amplio espectro de ritmos latinos, mariachi, polka, ska se mezclan con el tecno y el rock experimental, para lograr un sonido inconfundible, radical, diferente. Venían a presentar su último trabajo, Cuatro Caminos, que es, incomprensiblemente, el primero editado en nuestro país, teniendo el grupo catorce años de trayectoria y varios premios Grammy y MTV a sus espaldas.
     Esta nueva temporada nos deparará, con casi total seguridad, la oportunidad de escuchar en directo en España a grupos como Chuchumbé, Son de Madera o Mono Blanco, que traen aires renovados de un México profundo y muy antiguo, el de la tradición del son, música campesina surgida del tiempo de la Conquista y vivo reflejo del proceso de mestizaje cultural y el entrecruzamiento de sus diversas raíces. Es al tiempo verso, música y baile. Las coplas del cante son, en gran parte, herencia española, se acompañan del rasgueo de las jaranas y se bailan en los fandangos o fiestas populares. No sólo este rumor de palabras sino la tierna aspereza de los instrumentos, el timbre hiriente y vigoroso de las voces, el zapateado seco y percusivo, nos devuelven a Andalucía.
     Definitivamente, el tiempo de la historia es circular, como señala la Piedra del Sol de los mexicas.
     Ya están de vuelta. ~

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