Un gran personaje escurridizo

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     Decir que el llamado periodo de Santa Anna ha sido olvidado por los historiadores de México se ha vuelto casi una obviedad. Anna, Potash, Rodríguez, Van Young, Fowler y Vázquez son sólo unos cuantos de los que han llamado la atención sobre lo que constituye una laguna evidente en la historiografía. De ellos, sin embargo, son muy pocos los que se han aventurado a decir por qué un momento tan importante de la historia de México puede haber atraído relativamente tan poco interés. Parece haber varias explicaciones posibles. En cuanto a los mexicanos, con algunas excepciones notables (Reyes Heroles, González Navarro, Vázquez, por mencionar sólo a unos cuantos), se han mostrado renuentes a dedicarle tiempo y recursos a un periodo de su historia que aún se ve con desagrado, cuando no con vergüenza. Para ellos pervive todavía lo que podríamos llamar la interpretación negativa de Santa Anna y sus contemporáneos, interpretación según la cual los tres decenios comprendidos entre la Independencia (1821) y la Reforma (a mediados de los años de 1850) son una época de continuo caos político, generado por golpes militares encabezados por oficiales del Ejército carentes de principios, o por caudillos que encarnan en el malvado y absolutamente infame Santa Anna. Resultado de esto fueron el estancamiento económico, los conflictos sociales y la pérdida de territorio ante la expansión de Estados Unidos.
     La imagen típica de este periodo, para usar la frase de Herring, es la de “caótico y sin ley”.1 En buena parte, esta imagen tiene su origen en las memorias publicadas de actores contemporáneos tales como Alamán, Arrangoiz, Bocanegra, Bustamante, Gonzaga Cuevas, Mora, Otero, Tornel y Zavala. Más tarde se ve reforzada por las historias, a veces en varios volúmenes, escritas o editadas durante la segunda mitad del siglo XIX por Bancroft, Castillo Negrete, Riva Palacio, Sierra, Zamacois y otros. Ellos, a su vez, sentaron las bases para los estudios de historiadores de principios del siglo XX, como Tannenbaum, quien habla de “los años trágicos y amargos de la historia de México”.2 La imagen persiste, por ejemplo, en History of Mexico (1970) de Cheetham, donde se nos dice que “no hubo continuidad ni voluntad de rumbo en la política” y que los generales conformaban “una clase ostentosa y parasitaria que actuaba con irresponsabilidad absoluta y una cínica falta de consideración respecto de los verdaderos intereses de su país”.3
     Con este tipo de descripción dada por los libros de texto, es comprensible que, según observa atinadamente Cheetham, “los primeros tres decenios de la República no sean una época de la que los mexicanos estén orgullosos” y, como lo señaló Cline, “las políticas del periodo [son] un laberinto en el que a veces incluso los especialistas pierden el rumbo”.4 Así que llamarla “la edad del caos” no es del todo inadecuado. Hubo en efecto frecuentes cambios a la Constitución, docenas de gobiernos efímeros, numerosas guerras o conflictos en contra de potencias extranjeras, e innumerables rebeliones internas. Cientos si no es que miles de oficiales del Ejército y políticos civiles contendieron en campañas por sus creencias ideológicas o por su engrandecimiento personal, todos en un ambiente de conflictos internos en que tanto la izquierda como el centro y la derecha del espectro político defendían sus puntos de vista en el gobierno, el Congreso, la Legislatura y el Cabildo.
     El problema para los historiadores, especialmente para quienes han de explicar el periodo a sus estudiantes, es cómo enfocar esta edad del caos y cómo entender u ofrecer cierta explicación sobre las revueltas al parecer interminables y carentes de sentido de esa coyuntura. Una solución que recientemente han defendido algunos especialistas es abandonar la tradicional división en tres periodos: colonial, independiente y moderno. En su lugar, argumentan, nos convendría reconocer la continuidad de la historia y ver el periodo de Santa Anna como una etapa dentro de una larga época de cambios comprendida aproximadamente entre 1750 y 1850. Otros prefieren un enfoque temático, y los posmodernistas pasarán por alto la esfera política a favor de algún tipo de estudios sociales, económicos o culturales. Debido ciertamente a la importancia que los historiadores del pasado han conferido a los acontecimientos y personalidades de la política, padecemos lagunas inmensas en nuestro conocimiento de otras esferas. En la historia económica, por ejemplo, si bien existen algunos estudios de calidad sobre ciertas industrias, casi no hay información estadística confiable sobre las pautas de tenencia y propiedad de la tierra, sobre las tendencias inflacionarias ni los índices de precios, sobre la producción y comercio de la industria, la agricultura y la minería, ni respecto del comercio interno y externo. Existen pocos estudios académicos serios sobre historia de la sociedad, los cambios en las costumbres, los valores o la moralidad, e incluso en la esfera de la historia política e institucional, que ha atraído tanto interés, apenas si hemos arañado la superficie de lo que queda por hacer. Pocos de los principales políticos o jefes militares de la nación han llamado la atención de los biógrafos; no existe una historia confiable ni del Congreso ni de las Legislaturas, ni siquiera del Ejército; poco o nada sabemos de los orígenes, la educación, los prejuicios o creencias de la gran mayoría de los mexicanos que tomaron las riendas de su país luego de la derrota de los españoles en 1821.
     A la luz de estos antecedentes es como tenemos que ver la más importante obra reciente de Enrique González Pedrero. Durante más de veinte años, entre uno y otro cargo político de primera importancia —gobernador, senador federal y muchos otros puestos en la política y la educación—, González Pedrero ha consagrado su atención al periodo de Santa Anna. Su objetivo, según lo declaró, era y es escribir un estudio en tres volúmenes de la historia política y las principales personalidades de los años comprendidos entre la Independencia de 1821 y la Reforma del decenio de 1850. Con el apoyo de lo que parece haber sido un equipo de ayudantes de investigación y el generoso acceso a acervos no siempre abiertos a los estudiosos, como el Archivo Histórico Militar, ha publicado ahora los dos primeros volúmenes de su proyecto. El primero, intitulado País de un solo hombre: El México de Santa Anna. La ronda de los contrarios, apareció en 1993. Comprende los primeros años de Santa Anna y su carrera, los principales acontecimientos del primer decenio de la Independencia hasta 1829 y el fallido intento español de reconquista conocido como la Expedición de Barradas. Abarca 748 páginas con numerosas ilustraciones. Acaba de aparecer el segundo volumen con el subtítulo de La sociedad del fuego cruzado, 1829-1836. Lo integran 852 páginas y también muchas ilustraciones. Suponiendo que el tercer volumen resulte de aproximadamente la misma longitud, el proyecto entero habrá constado aproximadamente de 2,500 páginas dedicadas a Santa Anna y la política de la edad del caos. Una obra así constituye un proyecto imponente tanto para el autor como para sus lectores.
     El segundo volumen, el cual comentamos en esta ocasión, se ocupa de los acontecimientos principales de los años de 1829-1836: el gobierno de Guerrero, su caída y la subsecuente Guerra del Sur; la administración de Anastasio Bustamante (1830-1832); la reforma liberal y su derrota (1833-1835); la guerra de Texas (1835-1836) y acaba con la vuelta de Santa Anna a Veracruz en febrero de 1837.
     Así pues, la primera sección trata de Vicente Guerrero, a quien recientemente se describe, en un estudio polémico y provocador (que, por lo visto, González Pedrero no tuvo a su disposición), como el “primer presidente indio negro de México”.5 Guerrero llegó a la presidencia en 1829 tras las rebeliones de Veracruz, la ciudad de México y otros sitios, rebeliones encaminadas a revertir los resultados de la elección presidencial de 1828 en que había salido ganador Manuel Gómez Pedraza. Guerrero sólo duró en la presidencia unos cuantos meses, más o menos de abril a diciembre de 1829. Héroe popular de la Guerra de Independencia, bienintencionado aunque mal educado y visto con resentimiento por la clase media, por motivos raciales, el alto cargo al que llegó le vino grande. Su eminencia gris fue el “peligroso e imprescindible” (p. 11) radical yucateco Lorenzo de Zavala, quien aprovechó el breve periodo en que fungió como ministro de Hacienda para introducir importantes reformas a la ley de impuestos, las cuales afectarongravemente a la clase media, sumándose a las amenazas —cuando no comprobadas intenciones— de redistribución de la riqueza y la propiedad, así como contra los privilegios del clero. Guerrero sancionó también nuevas leyes de expulsión contra los españoles y la abolición de la esclavitud, medidas que, por más que en principio fueran encomiables, no fueron bien vistas por los propietarios de esclavos de Texas y Estados Unidos. Esta combinación de radicalismo y prejuicio racial no tardó en producir la reacción de los más afectados y de militares ambiciosos como el vicepresidente Anastasio Bustamante. En varias partes del país estallaron revueltas o se declararon pronunciamientos, y Guerrero fue forzado a huir de la ciudad de México para regresar a sus nativas tierras del sur.
     Desde luego que los acontecimientos, leyes, planes y conspiraciones de la época son bien conocidos y, aunque no los deje de lado, González Pedrero tiene el acierto de concentrarse más en las personalidades. Es evidente su simpatía por Guerrero. Cuando se pregunta “¿era, entonces, Vicente Guerrero un ingenuo? ¿Era buen salvaje o ciudadano?” (p. 32), concluye que “no era un impolítico ni un imbécil” (p. 62). En opinión de González Pedrero, era un patriota y un político astuto, con un puesto bien ganado en el panteón de los héroes nacionales. Republicano y federalista convencido, aunque a toda costa evitara el derramamiento de sangre y le disgustaran las intrigas, la corrupción y las rivalidades intestinas en la ciudad de México, renunció a la presidencia cuando, de haber estado dispuesto a luchar, posiblemente habría podido conservarla.
     A partir de entonces, el destino de Guerrero desembocaría en uno de los incidentes más trágicos de la historia de México. Arrancado de la presidencia por la fuerza de las armas y más tarde mediante maniobras legales —el régimen de Bustamante lo declararía “imposibilitado para gobernar”—, pasaría sus últimos años en el sur. González Pedrero presenta un relato muy largo de la Guerra del Sur que finalizó con la ejecución de Guerrero en 1831. Con gran pormenor se describen las campañas militares, la correspondencia entre los participantes, el papel de Juan Álvarez y otros jefes, los actos del gobierno de Bustamante, el caso de Picaluga, la traición, el juicio y el final de Vicente Guerrero.
     Huelga decir que a lo largo de la narración aparece una y otra vez el nombre de Santa Anna y, tras describir de modo más bien breve la instauración del régimen de Bustamante, con su desplazamiento hacia el centralismo por virtud de la supresión de las instituciones federales, así como el papel desempeñado por Lucas Alamán en los cambios, González Pedrero pasa a hablar de 1832 y las rebeliones inspiradas por Santa Anna en ese año. De la página 254 a la 317 se da una lista cronológica, con fechas en los márgenes, que comprende un recuento casi día a día de los sucesos, campañas y batallas militares, intrigas políticas y actividades del siempre “versátil Santa Anna” (p. 250). Con todo y lo bien informado que está este apartado, resulta prolijo, para la mayoría de los lectores, por lo que se dificulta su lectura. Al parecer, por ejemplo, no había necesidad de una entrada como “31 de agosto. La Secretaría de Guerra responde de enterada al comandante general de Michoacán, Mariano Vargas, sobre la llegada del coronel Mariano Arista a Morelia.” (p. 282) Existen entradas similares que mejor podrían haberse omitido o, en atención a su pertinencia, incorporado a la narración.
     Luego de hacer el relato de la caída del gobierno de Bustamante, las pláticas de Zavaleta y la efímera presidencia de Gómez Pedraza, etc., la siguiente sección principal se ocupa de la reforma liberal de 1833, encabezada por Valentín Gómez Farías. Se explica cada una de las medidas reformistas y, en su análisis del programa liberal, González Pedrero aporta juicios cuidadosos y sensatos. Según su examen, Gómez Farías y sus colaboradores trataron de suscitar cambios fundamentales para su sociedad. Buscaban destruir las estructuras coloniales y los grupos de poder, señaladamente el clero que seguía dominando al país. En resumen, aspiraban a formar una nación moderna basada en principios republicanos genuinos, con un gobierno representativo, igualdad civil, libertad de prensa y valores no religiosos sino laicos. Pero los reformistas, careciendo de voluntad o de poder militar para imponer su programa de cambios, más bien “tenían que creer y creían en la absoluta, total, avasalladora supremacía de la razón que investía a su programa.” (p. 420) Con todo, las razones y los argumentos nunca fueron suficientes en una sociedad donde “no hubo sentido o conciencia nacional” (p. 423). Más que otra cosa, las metas nobles significaban muy poco para Santa Anna. Con tal de satisfacer sus ambiciones dictatoriales y napoleónicas, traicionó a sus ministros y a su propio gobierno. Tampoco los radicales corrieron con suerte. Justo cuando se anunciaban las reformas anticlericales, el cólera y los terremotos hicieron su aparición. También se cometieron errores. La infame “Ley del Caso”, con fundamento en la cual se condenaba al exilio a 51 miembros de la elite, produjo entre la clase media tanta animadversión como el programa político de los radicales. Inevitablemente, el clero y los militares reaccionaron con vigor en defensa de sus intereses, y Santa Anna decidió aceptar la invitación a abrazar su causa.
     De nueva cuenta, los factores y circunstancias que llevaron al fracaso del experimento liberal se explican claramente, al igual que el contragolpe de las clases centralistas y conservadoras que suscitaron el final del federalismo y la imposición de la nueva Constitución centralista de 1836. El papel que Santa Anna desempeñó en estos sucesos, así como su decisión de dejar la presidencia a favor de una campaña militar contra Zacatecas, hacen virar la historia hacia la Guerra de Texas. La última parte del libro, la cual comprende 214 páginas, se dedica a la rebelión de Texas; en ella el autor está en pleno dominio de sus recursos, por lo que esta parte constituye sin duda lo mejor del libro. Luego de un excelente análisis de los antecedentes del conflicto de Texas y los primeros intentos de México por resolverlo, siguen descripciones muy pormenorizadas del curso de los acontecimientos, las personas que participaron, las campañas y batallas, el heroísmo de los conscriptos mexicanos en contraste con la cobardía de Santa Anna, la diplomacia y las negociaciones con Sam Houston y más tarde, en Washington, con Manuel Eduardo de Gorostiza. Para González Pedrero, la pérdida de Texas se volvió probablemente inevitable en virtud de una combinación de factores demográficos, geográficos e históricos, entre otros.
     Finalmente, la de Santa Anna es la presencia que impera en casi todas las páginas del libro. González Pedrero no opone ningún reparo a las imputaciones de hipocresía, venalidad, oportunismo y otras del mismo jaez que a lo largo de un siglo hicieron a Santa Anna tanto sus contemporáneos como sus sucesores. Para nuestro autor, Santa Anna, “más maquiavélico que Maquiavelo” (p. 346), se merece todo el oprobio con que la historia lo ha cargado. Sin embargo, como lo demuestran estas páginas, Santa Anna fue siempre un político astuto y gozó de la simpatía de muchos mexicanos durante buena parte de su carrera. Tras derrotar en Tampico, en 1829, la invasión de Barradas, “se volvió para los mexicanos un héroe, casi un semidiós: el que había logrado humillar a España.” (p. 528). Como lo demuestra González Pedrero, probablemente el mayor error de cálculo de Santa Anna, en una carrera empedrada de errores, fue abandonar a Gómez Farías y a los liberales en 1834. De otra suerte —y a González Pedrero le gusta conjeturar sobre lo que podría haber sido si se hubieran tomado otras decisiones—, y de haber apoyado la reforma liberal, “se habría convertido en un auténtico jefe de Estado, venerado por generaciones de mexicanos por una obra histórica absolutamente trascendente” (p. 425).
     Éstos son, pues, los temas generales del segundo volumen del proyecto de González Pedrero. La obra tiene aspectos tanto positivos como negativos que resumiré de la siguiente manera:

1. Está impresa en papel de buena calidad, con tipo grande y fácilmente legible. Cuenta con 41 ilustraciones, la mayor parte de ellas a color y de la mejor calidad, lo que habla muy bien del diseñador y del impresor. Contra la costumbre que siguen los libros de historia mexicana, ofrece al lector un índice muy completo y de gran calidad.

2. El libro es demasiado extenso. Aunque las más de ochocientas páginas pueden atribuirse en buena medida al tamaño de la impresión, la principal razón de su longitud es la inclusión constante de citas que abarcan más de una página. Si bien algunas de ellas pueden resultar interesantes, aunque sólo sea para transmitir el sabor de la fuente, resultan excesivas e interrumpen de continuo la narración y el argumento. Habría sido mejor —lo que ojalá pudiera hacerse en el tercer volumen— reducirlas considerablemente, sustituyéndolas con síntesis del autor o, en ciertos casos, mediante paráfrasis breves.

3. Las fuentes bibliográficas pueden clasificarse en dos tipos: primero, la correspondencia entre los numerosos personajes, en especial Santa Anna, encontrada en los archivos por el autor y sus ayudantes. Buena parte de ella, pese a que tal vez no añada mayor cosa a nuestro conocimiento, resulta interesante, por lo que, en vez de las citas constantes dentro del texto, sumadas a unos cuantos apéndices en cada sección, bien podrían publicarse por separado uno o dos volúmenes de correspondencia. Durante mucho tiempo se ha visto la necesidad de publicar el voluminoso epistolario de Santa Anna. El otro tipo de fuente consiste sobre todo en las obras de contemporáneos como Alamán, Mora, Bustamante, Otero, Suárez Navarro, Zavala y otros cuyas ideas en cierto modo han condicionado por muchos años (durante demasiado tiempo habría que decir ahora) nuestra comprensión del periodo. Si bien estas obras tienen su mérito, va siendo hora de que los historiadores busquen otras fuentes disponibles en las colecciones hemerográficas y, sobre todo, en los editoriales de la época que, a mi juicio, ofrecen una perspectiva mucho mejor de las ideologías y debates políticos que caracterizaron el periodo de Santa Anna. Salvo por el capítulo sobre Texas, donde se citan muchas fuentes en inglés, se echa de ver que González Pedrero no está familiarizado —pues ninguna aparece en su bibliografía— con las obras recientes que sobre la época se han publicado en inglés. De manera que no hay referencia a los libros y artículos de Anna, Arrom, Fowler, Green, Hale, de Palo, Stevens y muchos otros que podrían citarse. Es lamentable que no se haya aprovechado todo este esfuerzo reciente de erudición. Supongo que tampoco se pudo tener acceso al estimulante aunque controvertido libro de Vincent sobre la vida y la carrera de Guerrero, publicado en 2001.

4. Es ésta una historia política que se refiere casi por completo a los sucesos y personalidades del país, concentrándose en los de la ciudad de México. Poco o nada existe sobre los asuntos regionales o locales (con la salvedad de Texas, naturalmente) y rara vez se mencionan las posibles influencias de los cambios sociales y económicos en el desarrollo de México. En suma, más que una historia de México en la época de Santa Anna, se trata de una visión más bien limitada de las personalidades y los acontecimientos destacados de la política.

Por último, dos preguntas: ¿dónde encajaría el libro dentro de la historiografía del periodo según se bosqueja en los párrafos introductorios de esta recensión? Y ¿hará que modifiquemos nuestros puntos de vista sobre la era del caos? La respuesta, en síntesis, es que encaja en la larga tradición de historias políticas del periodo iniciada por contemporáneos como Alamán y Mora. Si bien hay hechos nuevos que se describen en detalle, y alguna de la correspondencia citada nunca se había usado, la imagen que nos queda no se aparta mucho de la que siempre se ha tenido. Tanto el periodo de Santa Anna como el propio personaje siguen siendo escurridizos. –
     

>Traducción de Jorge Brash

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