Un no en Valencia

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Al llegar a París, Paz se entera de que, mientras navegaba rumbo a Europa, el 22 de junio de 1937, Andreu Nin, antiguo secretario de Trotski y líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de Cataluña, ha sido asesinado en Barcelona. Alineado con el trostkismo durante su estancia en Moscú como delegado del Congreso Nacional del Trabajo (CNT), había roto con Trotski a su regreso a Cataluña y se había sumado al POUM, que favorecía la política de las confiscaciones y sostenía el principio bolchevique sobre la mayor efectividad de un ejército de obreros que de soldados. Desde su llegada a Port Bou, Paz registra, a pesar de la policía que los retira o los cubre, los carteles del POUM que preguntan obsesivamente en cada muro: “¿Dónde está Nin?1 La respuesta tenía que ver con otro tema que se encuentra en boca de todos en España en vísperas del Congreso: la reciente caída de Largo Caballero y de su presurosa substitución por Juan Negrín, simpatizante de la presencia soviética y enemigo de los anarquistas.
     Paz había conocido a algunos jóvenes poumistas en México en 1934 y los había respetado más allá de las diferencias ideológicas. Se sintió desconcertado al conocer los detalles del asesinato de Nin y de decenas de anarquistas. Difícilmente iba a creer que Nin, Julián Gorkin o el general José Rovira fuesen agentes al servicio de Franco, como se insistía en los círculos negrinistas y lo proclamaba José Bergamín. Se decía en voz baja, pero cuando Paz llega a Valencia esos susurros ya tienen la fuerza de un coro: el asesinato había sido perpetrado por el NKVD y la GPU,2 las manos políticas de Stalin, urgido de acotar el poder de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). El asesinato ponía en evidencia el creciente poderío de los soviéticos en la administración de la guerra, y la escasa importancia que le daban a la opinión republicana. Las graves fricciones que el asunto había provocado entre Negrín y los soviéticos no tardaron en ser desplazadas por la prioridad del gobierno por hacerse de un armamento que sólo la URSS estaba en capacidad de vender.
     Con las armas soviéticas, llegaron los comisarios y se agravó el “termidor” catalán: asesinatos de poumistas y prisiones retacadas de “prisioneros antifascistas”, como la Prisión Modelo de Valencia, vecina de la sede del Congreso. Investigaciones recientes, documentadas en los archivos soviéticos,3 han probado lo que varios historiadores ya habían conjeturado antes: desde el primer día del levantamiento contra la República, el Kremlin había ordenado al PCE apoyar el republicanismo democrático y afirmarse en la política de “frente popular”, deteniendo a los anarquistas y comunistas empeñados en apresurar una revolución proletaria con la dictadura popular como objetivo. (Para los anarquistas la condición para ganar la guerra era hacer primero la revolución —apoderarse de la tierra y de los medios de producción—; lo contrario, ganar la guerra para hacer luego la revolución, era la postura comunista.) El interés soviético consistía en no atemorizar a los frentes populares europeos y administrar adecuadamente la guerra contra Franco para, eventualmente, crear una república popular aliada a Stalin.4
     El Congreso de escritores se desarrolla sobre los restos aún humeantes del anarquismo catalán. Hay una consigna tácita de no referirse al tema, que funciona. Ninguno de los ponentes pregunta ¿dónde está Nin? Al contrario, algunos de los congresistas, Ehrenburg sobre todo —lleva tiempo en España reuniendo inteligencia para la NKVD5— justifica revolucionariamente los “ajusticiamientos”. Mijaíl Koltzov y Gustav Regler hacen otro tanto. Algunos poumistas ingleses, camaradas en la brigada de George Orwell, los condenan, pero no tienen representante en el Congreso…
     Paz no sabía entonces, como lo sabemos ahora, que Nin había sido asesinado por sicarios españoles y soviéticos a las órdenes de los agentes de Stalin en España: el tristemente célebre André Marty (“loco como una liendre”, escribiría Hemingway), Alexander Orlov, Palmiro Togliatti y el comandante “Carlos Vidali”. Uno de los operarios de Orlov, el coronel soviético Leonid Eitington —amante de doña Caridad Mercader— recibiría cuatro años más tarde la orden de trasladarse a México para encargarse de otra misión importante: rescatar de la prisión al asesino de Trotski y devolverlo a la URSS.6
     Paz había discutido en México el papel de la URSS en el conflicto español con Enrique Ramírez y Ramírez, y con Jorge Cuesta. Retomaban algunos de los tópicos que, por cierto, se habían vertido durante el primer Congreso, el de París, cuando Gide y Waldo Frank, entre otros, llevan a la tribuna el asunto del involucramiento soviético y llaman a establecer una distinción adecuada entre la libertad de España y el apoyo a Stalin. Era un tópico que, en ese entonces, se discutía abiertamente, y quien quería enterarse podía hacerlo. Alguien a quien reencontraremos después también en México, Victor Serge, recién salido del gulag, ya explicaba en Francia en enero de 1937 que “la burocracia estalinista interviene en España para fortalecer su propia hegemonía política, lo que explica la represión que ejerce contra las tendencias revolucionarias” (léase poumistas).7 En fin, no es éste el sitio para recordar, una vez más, las trapacerías soviéticas en España —incluyendo los fraudes en la venta de armamento8— que los historiadores han documentado.
     En la misma medida en que la información sobre sus proyectos logra trascender, o que las denuncias de Gide, Orwell o Panaït Istrati y otros más se hacen inquietantes, la URSS aumenta sus tareas en materia de relaciones públicas y sus campañas para reclutar “tontos útiles” —como les dice Stalin— entre escritores e intelectuales. Gracias a una perfecta combinación de buena voluntad política, solidaridad moral y esperanza en el futuro de la historia, asombrosamente bien coordinadas en favor de la URSS, los escritores e intelectuales estaban convencidos de tener en sus manos la clave de la historia. Convertir a la URSS —como escribe Michel Winock— en el instrumento demiúrgico de esa convicción fue una maniobra cuya eficiencia sumó la pericia de la Agitprop y la necesidad de mantener viva la esperanza del hegelianismo de izquierda:

…los caminos de la historia estaban sembrados de cadáveres, pero la negación de la negación vería el triunfo de la sociedad sin clases. Mientras llegaba, había que aceptar la dictadura, la ausencia de toda libertad en la URSS, el restablecimiento de la desigualdad y el culto del Jefe supremo… De ese mal ya surgiría el bien…9

Los congresos de escritores antifascistas (más allá de su obvio valor ideológico) son no sólo expresión de esa convicción, sino también instrumento pragmático para afirmar el valor de las causas prosoviéticas entre los ya convencidos, y hasta campos de reclutamiento de nuevos operarios. Durante el Congreso de Valencia, por ejemplo, Ehrenburg envía a Ronsenberg un comunicado en que se vanagloria de que “el gran escritor católico José Bergamín” ha aceptado “compartir información” con la NKVD.10 Koltzov está dedicado a lo mismo: avisa, por ejemplo a Moscú: “He logrado un encuentro de escritores catalanes y españoles, gracias a Bergamín. Mañana dará un discurso por la unidad en el secretariado de la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura.”11 El de Valencia continúa así la política del parisino, en el sentido de que la URSS “es la depositaria del fuego revolucionario”, y de que cualquier crítica a su comportamiento sería “una especie de impedimento interior convertida en regla moral”, como explica Furet.12 Una excesiva confianza en ese entendido es la que lleva a la oficina de la Agitprop soviética, en junio de 1936, a invitar a Gide a pasear por la URSS.
     Las inquietudes de Paz, y de otros participantes, sobre el comportamiento soviético en España se agravan ante el intenso debate sobre Gide y la URSS. En los mentideros del Congreso no se habla de otra cosa: de hecho, hay quienes opinan que descalificar a Gide era el objetivo del congreso.13 La aparición de la secuela, Retoques, apenas una semana antes de que el Congreso se inicie, no es azarosa. En el nuevo libro, Gide profundizaba sus reflexiones sobre la naturaleza dictatorial de Stalin y, de pasada, hacía denuncias graves contra algunos de los escritores a su servicio, sobre todo Koltzov y Alexis Tolstoi. La aparición de Retoques apresura la presión de los partidos comunistas francés y español contra Gide y le agrega urgencia a la misión de sus principales coordinadores: Koltzov, Louis Aragon, Ehrenburg y Bergamín. Se impone actuar con energía. El golpe se prepara en la sesión del jueves 8 de julio, última sesión madrileña, en la Residencia de Estudiantes. En un ambiente cada vez más cansado, y cansino, los oradores hacen todo lo posible para sostener el tono exaltado del principio. Egon Erwin Kisch —otro alemán que también habrá de refugiarse en México (y que, según Stephen Koch, está al servicio de la GPU)— propone que la misión de la literatura es oponer a todo discurso “la limpia palabra de la verdad”. ¿Parodiaba a Gide? Hubiera sido formidable: la verdad, convertida en una meretriz, ya no dependería de ser verdad, sino de la elocuencia utilizada al mencionar su nombre: un precio retórico. Pero el discurso importante de la sesión es el de Bergamín. A nombre de la delegación española, rompe lanzas contra Retoques: “Un libro que yo me atrevería a llamar insignificante y a la vez lleno de significación”: que el libro aparezca mientras Madrid se halla bajo las bombas. De inmediato señala que el libro provoca una pregunta:

…si verdaderamente en este libro, por la autoridad y la responsabilidad de su autor, no se plantea una cuestión de libertad de crítica del pensamiento, de dignidad del pensamiento (una de las cuestiones de nuestra reunión aquí); o si realmente esa dignidad del pensamiento, esa libertad de la crítica que todos defendemos hoy, y defenderemos hasta el fin, no se encuentra en cierto modo envuelta, y yo diría que ahogada, desaparecida por la injuria.

Bergamín señala que, por lo que a las delegaciones española “y americana” se refiere, esta pregunta ya tuvo respuesta. Para él, es propósito del Congreso la defensa de una cultura cuya forma más elevada es “la solidaridad”. Y, en tanto que el pueblo ruso y el español son “dos pueblos solos”, ante un libro que “ataca al pueblo ruso, y ataca detalladamente a los escritores soviéticos”, no le queda sino rechazar “todo lo que sea crear una enemistad con el pueblo ruso o los escritores soviéticos”. Bergamín conmina entonces a los congresistas a unir su voz para

…llevar a la conciencia del autor de ese libro esta repulsa y este reproche nuestro, una voz ampliada por el terrible silencio acusador de nuestra sangre aquí en Madrid; para que lleve al autor de ese libro nuestra repulsa con nuestra mayor fuerza, nuestro reproche con mayor justicia; y precisamente ahora, en este mismo silencio en que yo leía estas páginas, pulsado, como digo, por el ritmo del cañoneo de nuestros enemigos, yo quiero deciros solamente que presentía, detrás de esos cañones, el regocijo con que, del otro lado, este libro será leído. Y ése sí que es para nosotros el más terrible de los reproches.14

Bergamín termina así su iniciativa para declarar a Gide “enemigo del pueblo español” y a sus libros sobre la URSS “propaganda fascista”. Su actitud sorprende a Paz: dos años antes, durante el primer congreso, en su revista Cruz y Raya, Bergamín había defendido el primer libro de Gide declarándose su “devoto para siempre”; ahora era la viva representación de la pasión religiosa: se había convertido en “procurador del tribunal del infierno”.15 Y ese tribunal tenía que dictar sentencia ante el mundo. Los ataques al primer libro, provenientes de escritores y periodistas comunistas, antifascistas y compañeros de ruta abundaron; pero para la URSS resultaba crucial que una nueva condena colegiada en el seno de la asociación a la que Gide pertenecía fuese lanzada en España. Ello explica que los primeros ejemplares de Retoques lleguen a Valencia en manos de los soviéticos y que sea Koltzov quien lo ponga en manos de su colaborador Bergamín. Koltzov vigila de cerca y escribe en su diario: “Bergamín ha tenido entre manos, sin darle descanso, el nuevo libro de Gide. Ha cambiado impresiones con los españoles y los sudamericanos.”16 La elección era natural: Bergamín era español, católico, presidente de la Alianza Española para la defensa de la Cultura y líder moral de la delegación española e hispanoamericana al Congreso. En su boca, la acusación no despertaría suspicacias.
     Bergamín se pone a trabajar. Conseguir el apoyo español no iba a ser tan sencillo como el de los “americanos”. Los españoles, sobre todo el grupo de Hora de España, como recuerda Gil-Albert, preferían sostener mayoritariamente la postura de no convertir en “cuestión española” el affaire Gide y la de considerarlo un problema “soviético-francés”.17 Expresaban así su respeto hacia Malraux y sus distancias con Aragon y el pcf. Y si la delegación soviética insistía en que era gracias a su fuerza aérea que los congresistas podían estar reunidos en Valencia, la francesa, coordinada aún por Malraux, ya había dado a entender que, de prosperar la moción para expulsar a Gide de la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura —organizadora del Congreso—, la delegación francesa no comunista se retiraría de inmediato.
     La noche previa a su discurso, la del miércoles 7, Bergamín reúne a los iberoamericanos para “consultar” la posición a tomar. Les hace la pregunta a la vez que les dicta la respuesta y se retira, dejando como encargado de reunir los votos al cubano Juan Marinello. La mayor parte del grupo aprueba la moción de censura. Pellicer y Paz guardan silencio. Pellicer lo rompe declarando

…que él no podía aceptar que Gide fuera un reaccionario ni mucho menos, y entonces yo me uní a su idea. Los demás pensaron que, en mi caso, era una debilidad de jovenzuelo y, en el caso de Pellicer, una debilidad de esteta.18

     Al día siguiente, Paz se enteraría de que los jóvenes de quienes comenzaba a hacerse amigo —Juan Gil-Albert, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, María Zambrano, Arturo Serrano Plaja— habían vivido la misma escena y, también, habían rechazado el pronunciamiento. Esto no impide que al día siguiente Bergamín suba al estrado, y comience su alocución:

Hablo en nombre de toda la delegación española. Hablo también en nombre de la delegación de Sudamérica, de todos los escritores que escriben en español…19

Acto seguido, declara que por lo que a españoles y “americanos” concierne, la sentencia contra Gide ya estaba dictada. Ninguno de los escritores que se habían abstenido, o que habían insistido en que el asunto Gide era sólo de la competencia francesa, o que se habían manifestado en contra, osa intervenir.
     Paz nunca dejó de reprocharse ese silencio que Bergamín capitalizó como un acuerdo consensado. Durante los muchos años que le duraría el remordimiento, Paz se habrá de referir al episodio siempre en estos o parecidos términos: “Contribuimos a la petrificación de la revolución, por callar.”20 Paz pensaba que su abstención calificaba como una inconformidad; más tarde aún, señalará que “No fui el único en reprobar estos ataques, aunque muy pocos se atrevieron a expresar en público su inconformidad.”21 En otra ocasión ya no habla de silencio, sino de abierta votación en contra.22 ¿Silencio o reprobación?, o ¿silencio como reprobación? En todo caso, Paz sintió que no estuvo a la altura de la divisa de Gide que, orgullosamente, se había apropiado un par de años antes: “El escritor debe saber nadar contra la corriente.” En todo caso, esas contradicciones dejan de manifiesto que pudo haber dicho no y guardó silencio. Más allá de la temperatura de la renuencia, que Paz y Pellicer se negaron a apoyar la moción está probado por un testimonio irrefutable, el de Bergamín mismo, que escribe que la moción fue aceptada “a regañadientes por la delegación española y con una ligera oposición de la mejicana”.23 Luego, agrega que esa ligera oposición “fue convencida por Neruda”. No está registrada en las evocaciones sobre el episodio, ni por parte de Paz, ni de Pellicer, ni de nadie más, la participación de Neruda en el asunto.
     Paz era un jovenzuelo, es cierto, y su comprensible timidez ante las grandes figuras —que además lo habían invitado— le pudo imponer una cautela propia de las contradicciones en ese ambiente cargado y tenso. La discusión sobre Gide con Cuesta y los Contemporáneos era una culta charla de sobremesa literaria; en Valencia, abstenerse de la censura a Gide equivalía a un pronunciamiento profascista. En la España de la discordia civil, reivindicar la libertad crítica y la honorabilidad de Gide ya no era solamente un postura sobre la responsabilidad del escritor ante la historia, sino un voto entre revolución y reacción. Y más aún en el ámbito del Congreso, en días en que el gobierno republicano comienza a percatarse de que las cosas no van como quisiera. Eran demasiadas tensiones: las que había entre los leales a las teorías del realismo socialista y los defensores de la libertad creativa; los que defendían la libertad creativa y los que apostaban por el estado de emergencia; las sinuosas actividades soviéticas en el campo republicano; el desastre cada día más inocultable del colapso y las deserciones entre las brigadas internacionales; la vigilancia contra toda desviación ideológica…
     Paz se subordinó al peso de las circunstancias y, por no oponerse al discurso de Bergamín, el malestar se le convirtió en vergüenza: “No hicimos bien las cosas.” Si la fraternidad y la conciencia de que el enemigo también es humano fueron sus grandes lecciones poéticas en España, el silencio ante Bergamín cifra su gran lección en lo que respecta a su conciencia de escritor político: es necesario saber oponerse. No está mal: es bastante más de lo que se suele aprender a esa edad; más aún, es quizá lo mejor que puede aprenderse a esa edad. El episodio lo puso por vez primera ante un dilema que habría de revivir una y otra vez a lo largo de su vida: saber sostener lo que se cree más allá de recompensas o castigos. Aprender a afirmarse en la verdad, o aprender a negociarla. Comenzaba a aprender el valor de la palabra no. Y más importante: decir que no sólo puede suceder en la libertad, en la afirmación de la propia independencia. Ése era, precisamente, el principal reparo de Gide al sistema soviético, del mismo modo que su denuncia era el ejemplo moral a seguir. Paz había entendido que la lealtad a una convicción no puede postergar la denuncia de sus errores.
     El silencio sobre la censura a Gide fue la única manera a la mano que Paz tuvo de reaccionar ante las contradicciones de esos días convulsos. Quizás en su propio ejemplar de los Retouches, Paz habría subrayado un párrafo de Gide que se habrá de convertir, después, en la norma de su posterior actitud como escritor político y, quizá, como escritor que siempre resistió el atractivo de militar en un partido:

No hay un partido en el mundo que pueda tenerme —agregaría: que pueda retenerme— si me exige preferir el partido a la Verdad. Cuando la mentira interviene me siento a disgusto; mi papel es denunciarla. Es a la verdad a la que me debo; si el partido abandona la verdad, abandono al partido.24

“Fui cobarde / no vi de frente al mal…”, escribe Paz en 1985 en un poema de Árbol adentro.25 ¿Estaría pensando en ese episodio y en su secuela: los años en que seguiría abrigando esperanzas en la revolución soviética? Quizá en sus posteriores reflexiones sobre la importancia de decir No, la escena de esa noche fue el horizonte. Si una y otra vez, Paz recuerda, refiriéndose a los comisarios, “ninguno de nosotros se atrevió a contradecirlos en público,26 Valencia le dejó en claro que nunca le volvería a suceder. ~

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