Un viaje musical de Ry Cooder al paisaje de la destrucción

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Chávez Ravine era un sitio que nadie conocía, al final de un camino que nadie recorría, más allá de donde terminaban las aceras, a tan sólo unos kilómetros del centro de Los Ángeles.

El “Barranco de Chávez” era una población de inmigrantes mexicanos instalada en un pequeño valle a las afueras de la ciudad.

En 1940 lo habitaban unas trescientas familias, que habían construido sus casas de madera sobre las laderas, desperdigadas en tres pueblitos: Palo Verde, Bishop y La Loma. Era una comunidad pobre pero autosuficiente, dotada de fuerte identidad y sentido de pertenencia. Vivían plácidamente al costado de la trepidante y anfetamínica carrera hacia ninguna parte de la cercana metrópolis. Lo llamaban Poor Man’s Shangri-la, o sea, el paraíso de los pobres.

Ry Cooder se crió físicamente cerca de allí, pero en las antípodas sociales, por lo que nunca llegó a conocerlo personalmente, como recuerda en el prólogo de su disco Chávez Ravine. Su interés despertó mucho después. Y sintió que merecía la pena contar, a su manera, la historia.

A finales de los años cuarenta, las autoridades federales norteamericanas, todavía imbuidas del espíritu socializante del New Deal del presidente Roosevelt, buscaban espacios urbanos supuestamente degradados, para construir nuevos proyectos habitacionales y mejorar las condiciones de vida de la gente. Se llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento y, entre otras promociones, decidieron construir en Chávez Ravine un ambicioso complejo residencial con el cursi y elitista nombre de “Elysian Park Heights”, es decir “Los altos de los Parques Elíseos” o algo patéticamente parecido.

El director ejecutivo del proyecto era Frank Wilkinson, un hombre ilustrado y progresista, quien no supo ver que los tiempos estaban cambiando y que los proyectos sociales para capas desfavorecidas olían, inevitablemente, a peligrosa ideología izquierdista.

Los terrenos se expropiaron en 1950 con fondos federales que se destinaron (en parte) a indemnizar con sumas irrisorias a los habitantes de Chávez Ravine, a los que también se prometió prioridad y facilidades para la obtención de un nuevo hogar en lo más alto del moderno paraíso, que iba a contar con todo tipo de infraestructuras e incluso con templos –también llamados centros comerciales– de la más gratificante religión del siglo XX: el consumismo ecuménico.

Hay que decir que parte de las familias permanecieron en sus casas a pesar de la expropiación y sólo fueron desalojadas nueve años después. Sin embargo, durante toda esta década, Chávez Ravine ya se había convertido en un pueblo fantasma que servía, entre otras cosas, de campo de entrenamiento al cuerpo de bomberos de Los Ángeles, que se entretenían quemando y apagando casas abandonadas.

En 1952, cuando el proyecto iba a entrar en fase de ejecución, afloraron fuertes intereses políticos y económicos que apuntaban en otra dirección. Una parte de la opinión pública no entendía por qué había que desarrollar proyectos que pudieran favorecer la integración de los mexicanos. El racismo contra los inmigrantes latinos en Los Ángeles ya se había manifestado en toda su crudeza en el verano de 1943 durante los violentos disturbios de los “Zoot Suits” (llamados así por el nombre de la vestimenta típica de los pachuchos o jóvenes descendientes de mexicanos).

Los poderes fácticos (incluidos los dos principales periódicos de la ciudad) supieron combinar muy bien lo anterior con la fácil argumentación de que estos proyectos e iniciativas sociales eran propugnados por comunistas. Como era obvio, ningún patriota norteamericano podía apoyar iniciativas de ningún aliado de Moscú, con lo cual se consiguió la deprimente y muy frecuente inhibición en el asunto de la mayoría silenciosa. El infausto Comité de Actividades Antiamericanas acusó al pobre Frank Wilkinson de “rojo” y éste fue despedido y terminó condenado a un año de cárcel.

A pesar de que asociaciones de afectados y de derechos civiles continuaron la lucha por la construcción de las viviendas sociales, la llegada a la alcaldía en 1953 del incalificable Norris Poulson –que basó su campaña electoral en el rechazo del proyecto de Chávez Ravine– decidió definitivamente el asunto.

El Ayuntamiento recompró las tierras a las autoridades federales de la vivienda por el veinticinco por ciento del valor que éstos habían desembolsado, con la única promesa de destinarlas a uso público. Surgió entonces la idea de traer a la ciudad un equipo de la primera división de béisbol, necesidad de todo punto vital para Los Ángeles, ya que era totalmente vergonzante que una ciudad de su nivel no tuviera presencia en las grandes ligas. Se organizó incluso un referéndum ciudadano que confirmó una vez más que la opinión de las mayorías suele ser estúpida y fácilmente manipulable (aunque siga siendo, de todas formas, el menos malo de los sistemas que hemos ideado para gobernar nuestro delirio). Con el respaldo democrático, políticos, constructores, especuladores varios y los propietarios de los Dodgers de Brooklyn hicieron un gran negocio en beneficio propio pero en interés del pueblo, que desde entonces tiene un equipo galáctico con el que identificarse y medir cotidianamente su autoestima y realización personal. El estadio se estrenó en 1962 y todo habitante de la ciudad vive desde entonces la emoción indescriptible de ver a unos tipos pegarle con un bate a una pelota para salir a continuación corriendo detrás de ella, y así durante horas. A nadie parece haberle preocupado nunca saber por qué unos terrenos públicos acabaron gratis en manos privadas ni mucho menos averiguar adónde fueron a parar aquellas gentes estafadas que perdieron sus casas y todo lo que tenían y nunca fueron realojadas. Para la multitud de seguidores del béisbol y los progresistas líderes que los utilizan, la ciudad sólo comenzó a existir con la llegada del espectáculo de los Dodgers a Los Ángeles.

Sin embargo, de ese mundo perdido quedó milagrosamente el registro realizado por Don Normak en 1949, un espléndido y conmovedor reportaje de fotografía en blanco y negro de los últimos años de dicha comunidad, que ha sido publicado bajo el título Chávez Ravine, 1949: a Los Angeles Story. El autor también ha producido, bajo la dirección de Jordan Mechner en 2004, el documental del mismo título, que incluye abundante información, documentos gráficos y entrevistas a varios de los supervivientes y cuya banda sonora se nutre del disco de Ry Cooder.

Pero la apuesta de Ry Cooder –en su primer trabajo como solista desde 1987– es mucho más ambiciosa. Se trata de una aventura narrativa y conceptual, una suerte de musical escenográfico que cuenta lo sucedido e intenta recuperar, simultáneamente, la atmósfera sonora y visual (el diseño e ilustraciones del folleto son espléndidos) de ese universo destruido, para que todos podamos evaluar qué ganó y qué perdió la ciudad.

El disco es una arriesgada y poderosa combinación de canciones nuevas de Ry Cooder con una selección de viejos temas mexicanos y americanos de la época (“Corrido del boxeo”, “Los chucos suaves”, “Three Cool Cats”) y resulta una mixtura novedosa, de sonido vanguardista, vagamente espectral, con un regusto a nostalgia y sensación de pérdida combinado con ritmos bailables y acertadísimos toques de humor, como el hecho de que sea un extraterrestre que aterriza en un ovni el único narrador que puede interpretar de forma objetiva la marciana realidad de los terrícolas.

Para el disco se pudo contar con figuras legendarias de la música chicana como Lalo Guerrero y Don Tosti –que murieron casi inmediatamente después de grabar– y también con músicos más jóvenes como el guitarrista David Hidalgo de Los Lobos y el acordeonista Flaco Jiménez. El rock está presente de la mano de William García (de los Three Midniters) y las hermanas Arvizu. La presencia del excelente compositor y trompetista Jon Hassell y del poderoso pianista de jazz Jackie Terranson, añaden profundidad y nuevas texturas a la obra, que se completa con algunos momentos que recuerdan al sonido oscuro de Tom Waits o a la estética de cabaret de las composiciones de Kurt Weill. En suma, un fascinante viaje contemporáneo al corazón musical de la Costa Oeste en los años cincuenta y una violenta y militante vindicación poética de los mundos perdidos.

Termino de escribir lo anterior en una cafetería del Centro Comercial de la Vaguada. Abro el periódico para distraerme y me encuentro con el enésimo episodio de la voraz devastación urbanística de Marbella. Intento evadirme y aguzo el oído para intentar descubrir ecos de esos otros mundos perdidos que debieron habitar un día este mismo lugar, debajo de donde yo estoy sentado. Pero el bullicio es tal que me convenzo de que no pudo haber habido nunca nada antes y, sobre todo, de que la clave del triunfo del progreso reside en que no puedas, jamás, volver la vista atrás ni contemplar, en silencio, el paisaje de la destrucción. ~

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