El ensueño (Manuel Álvarez Bravo, 1931).

Una muchacha mira desde un alto barandal

La misteriosa e inolvidable imagen se titula El ensueño y la tomó Manuel Álvarez Bravo, artista fotógrafo que recién había cumplido 29 años y ya era un incipiente maestro en el arte de hacer atinadamente clic.
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En una tarde del año 1931, una muchacha, acodada en el barandal de un piso alto de una casa-vecindad y de cualquier barriada de la ciudad de México, mira hacia abajo, posiblemente hacia un patio del que nunca sabremos de cuál acontecimiento es el gris escenario, pero es de suponer, por el tono cotidiano de la imagen, que esta fue tomada en una de esas vacías tardes de domingo propicias al ensimismamiento, a la melancolía, a la esperanza, a la anticipada nostalgia de lo que podría ocurrir y posiblemente no ocurrirá.

Esa imagen, mi favorita entre las de su autor, y digamos una mis diez fotos inolvidables, se titula El ensueño y la tomó Manuel Álvarez Bravo, un artista fotógrafo que no hacía dos meses había cumplido 29 años y ya era un incipiente maestro en el arte de hacer atinadamente clic.

La muchacha ya sin nombre era tan transitoria como cualquiera de nosotros, pero aquel clic de la cámara, un latido apenas audible en la tarde abrileña, la hacía inmortal, es decir inolvidable para quienes la vemos y para quienes la verán. Es una foto ya celebrada: en 1977 la museógrafa Susan Kismaric la eligió como una de las principales piezas de la exposición del arte de Álvarez Bravo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

¿Y quién era esa muchacha ensoñadora? ¿Cuáles eran su nombre y su apellido? ¿Cuál era su edad? ¿Cuál será su edad ahora, si ella quizá todavía vive? ¿Y qué estaba ocurriendo allá abajo, en el patio al que se asomaba con la vaga mirada de quien piensa en otra cosa de lo que ve, de lo que mira? No lo sabemos, pues el fotógrafo ya no está para darnos esa información, si acaso la tuvo, y solo ella podría decírnosla… si aún viviera, claro está.

Yo encuentro misteriosa esa imagen de la muchacha “vecindariana” que está mirando sin ver o viendo sin mirar hacia quizá un patio o corredor de allá abajo, los cuales nosotros no vemos ni veremos nunca, pues el gran fotógrafo poeta decidió dejarlos solamente sugeridos por esa mirada única e irrepetible de ella, la muchacha innombrada pero inolvidable. Es imagen misteriosa, sí, pero tal vez sea “legible” su posible historia de la muchacha que está viviendo la dominical tarde de lentitud y melancolía, la tarde en que tú, José de la Colina, aún no existías, aún te faltaban tres años para existir, pero que a la vez es una tarde que en cierto modo recuerdas, porque tú has sido, años después, un niño habitante de algún vecindario de la ciudad de México, y esa muchacha de la que te hubieras enamorado podría haberte sugerido el motivo de un cuento que titularías “La muchacha del barandal” o “Muchacha mirando al patio” o  meramente “El ensueño”, bonitos títulos sin cuento que ponerse (como diría Simón Otaola). Y no has escrito ese cuento, no sabes por qué, pero tal vez porque ya está escrito en esa imagen de ella, que con la mejilla en la mano, con el hombro acariciado por la fatigada luz dominguera, se relata a sí misma su secreto, o acaso está a punto de llorar porque en esa tarde interminable no llega el muchacho que le había prometido rescatarla del triste ensueño de ser princesa prisionera en un pobre vecindario. (Esta última anotación acaso incide en cursilería, pero al fin de cuentas a esa edad de la muchacha de la foto se es digna y valederamente cursi).

Miras una y otra vez la foto y recuerdas los airosos versos de Manuel Altolaguirre muy admirados por Octavio Paz:

Mírate en un espejo y luego mira
estos retratos tuyos olvidados:
pétalos son de tu belleza antigua,
y deja que de nuevo te retrate
deshojándote así de tu presente,
que cuando ya invisible solo seas
alto perfume libre,alma y recuerdo,
junto al tallo sin flor pondré caídos
estos retratos tuyos para verte
como un aroma subir y como forma
quedar abandonada en este suelo.

 

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