Hemingway y el imperio de la nada

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—¿La última pieza del cazador?
     —Él mismo.
     —Eugenio Montale definió al siglo que acaba como la época de "la caza del hombre, el deporte en que todos están de acuerdo". Hemingway al menos en esto fue sincero: "Cazo y pesco porque me gusta matar, porque si no matara animales me suicidaría".
     —Caza, pesca y corrida de toros como extensión de la guerra por otros medios o entreactos de la guerra perpetua. El milenio que empezó con las Cruzadas termina en Kosovo.
     —Pesca. Al igual que los salmones que atrapaba, Hemingway vuelve a la fuente materna, a los bosques de su personaje y alter ego Nick Adams y se ofrenda a la naturaleza que para él fue dos cosas sobre todo: motivo de descripción lírica y campo de tiro y de matanza.
     —El personaje que creó y la novela de su vida no podían tener otro desenlace.
      
     De la biografía a la patografía
     —Lo malo es que la sombra proyectada por ese personaje oscurece la obra entera. ¿Has visitado las librerías mexicanas en estos tiempos del centenario?
     —Sí, están llenas de las traducciones españolas de las mil y una biografías de Hemingway.
     —En cambio, es difícil conseguir sus propios libros.
     —La patografía, como la llama Joyce Carol Oates, es el gran género de este fin de siglo.
     —¿Patografía?
     —La biografía patológica, la monstruificación de cualquier vida. Las lees y en ellas lo que el autor escribió ocupa un lugar ínfimo. Lo que importa es su Mr. Hyde, no su doctor Jekyll. Pero a final de cuentas ese Mr. Hyde se parece mucho a todos nosotros. En su abyección es imposible no reconocernos.
     —Hemingway-Hemingstein, como le gustaba firmarse: mezcla de Frankenstein y siniestro chiste antisemita.
     —De Hemingway a Hemingbuey (o en mexicano, Hemingüey), The Stupid Ox, como lo llamó Wyndham Lewis en 1933: el escritor maravilloso que arruinó su talento por convertirse en un bufón de los medios y un fanfarrón exhibicionista.
      
     El nuevo pacto fáustico
     —Pasamos de explicar la perla por la ostra a olvidarnos de la joya y a quedar fascinados por el molusco.
     —Tom Wolfe dice que nuestro encarnizamiento con las vidas de los ricos y famosos sustituye hoy a la pornografía.
     —No te olvides de que la patografía es también un género anglosajón, un producto del puritanismo, un castigo por haber sido rico y famoso.
     —Un nuevo pacto fáustico. El demonio de los medios te da la gloria en vida y una vez muerto pasa la cuenta a tu cadáver.
     —Antes los escritores rogaban a Dios que los dejara sobrevivir en su obra. La "posteridad" los compensaría de todas las humillaciones y rechazos que sufrieron en vida.
     —Ahora el ruego debe de ser: Que me olviden y desaparezcan conmigo todos mis libros y hasta la última línea escrita por mí.
     —De acuerdo, pero se necesitan dos para que exista una patografía: el investigador que hurga en los archivos del infierno y el lector-voyeur. Es decir, tú, yo, todos.
     —En este momento le estamos haciendo el juego al patógrafo. Somos patógrafos de segunda mano y tercera división.
     —Por desgracia, en el caso de Hemingway, como en el de ningún otro, la vida es la obra y la obra es la vida.
     —Gran contraste con Faulkner. Él quería como epitafio: "Escribió los libros y murió". Cuando Hemingway era el escritor más famoso del mundo, el pobre Faulkner tenía que ir a Hollywood para ganarse la vida haciendo guiones como asalariado.
     —Le tocó adaptar To Have and to Have not. Aun después del Premio Nobel, trabajó en cosas como Tierra de faraones.
     —Gracias a eso preservó su independencia como novelista, pudo escribir con la libertad que le faltó a Hemingway.
      
     Hemingway, Kennedy y Life
     —Te veo muy hostil. No te reconozco. ¿Por qué no te limitas a hablar de lo bueno de Hemingway y dejas a otros su cara sombría?
     —Es un problema de edad. Por tanto, resulta incomunicable.
     —No te entiendo.
     —Imagínate que empiezas a leer en serio hace ya casi medio siglo. En tu casa, entre los libros de papá, encuentras algunos de Hemingway. Te fascinan. Al mismo tiempo tu familia está suscrita a las revistas gráficas. Hemingway sería inexplicable sin Life, Paris Match, Look. Su desgracia fue ser tan fotogénico.
     Entonces Hemingway te parece la otra cara que vende el American Way of Life, la vida a un tiempo señorial y plebeya, imperial y democrática, de trabajo y de ocio, pecaminosa y virtuosa, el conquistador en ambos sentidos del término: conquistador de mujeres y de países pobres, el que mata grandes bestias y noquea a sus rivales del presente, el pasado y el porvenir (cómo odió el surgimiento de nuevos novelistas: Mailer, Capote, James Jones), el sportsman a la intemperie, el día como la fiesta interminable, la noche como el espacio para el trabajo duro en obras maestras.
     La existencia de Hemingway se vuelve análoga a las películas en tecnicolor y en pantalla panorámica que exhibían en el desaparecido Cine México. Al mismo tiempo, de muy niño te acostumbraste a las imágenes que el alemanismo privilegió como ejemplos del triunfo mexicano a la anglosajona: retratarte en Acapulco al lado del inmenso pez-espada que atrapaste, o con el rinoceronte cazado en tu safari africano.
     Un día ese king of life, rey de la vida y de la revista Life en inglés y en español (entonces había un Life en español que mató la televisión), se suicida. El castillo de naipes se desmorona. Aparece la dolorosa verdad. Te sientes defraudado. Te tomaron el pelo. La vida no es así. Siempre se oculta algo. Nadie es lo que dice ser. La emprendes contra la víctima y el beneficiario de la gran impostura.
     —Él qué culpa tiene. No te pidió que lo leyeras ni lo admiraras.
     —Por supuesto que no. Pero la relación autor-lector es la más íntima que puede darse entre dos seres humanos. Quien dice "íntima" puede añadir: "terrible".
     —De modo que tu vínculo con Hemingway se parece al de mi madre con Kennedy, otro hijo de las revistas ilustradas, los extintos noticieros de cine y la naciente TV. De hecho, como la conocemos, la TV nace al trasmitir en vivo el asesinato. Adoración por el joven presidente católico, la familia modelo, Camelot y el nuevo rey Arturo y su reina hermosa y purísima.
     Y luego la tragedia de Dallas. El busto de Kennedy en los puestos de las afueras en las iglesias mexicanas. "Lléveselo. Está haciendo muchos milagros". Kennedy y Juan XXIII, los ángeles de bondad, los nuevos santos. Al cabo del tiempo resulta que Kennedy era hijo de un gángster y un poco gángster él mismo, un perro con las mujeres, un político tan corrupto como un cacique mexicano.
     —Creo que son cosas muy parecidas. De todos modos, me asombra que menciones a Kennedy cuando estamos hablando de Hemingway, otro católico y, por ello, tanto más fascinante para la gran familia mexicana.
     —¿Por qué?
     —Kennedy, sin quererlo, dispara el suicidio de Hemingway. Le piden que haga un párrafo de salutación al nuevo presidente. Se sienta al escritorio, trabaja dos semanas, logra sólo tres frases que no sirven. Entonces entiende que si no puede escribir todo está perdido.
     Eso por una parte. Por otra, cuantos estaban vivos entonces se acuerdan de qué hacían en el momento en que se enteraron del asesinato de Kennedy. Supongo que lo mismo sucede, en muchísimo menor medida, con el suicidio de Hemingway.
      
     Aquel domingo de julio
     —¿Tú lo recuerdas?
     —Me acuerdo muy bien pero tal vez por una razón adicional que en seguida te explico. En aquel tiempo nos reuníamos los domingos por la mañana en la casa que Carlos Fuentes había alquilado a Margarita Urueta en San Ángel. Fernando Benítez llegaba en su coche deportivo. Debe de haber sido el origen del odio contra la real o supuesta mafia. Se creó la idea de que "los escritores mexicanos viven en San Ángel y manejan autos deportivos". La realidad era todo lo contrario. Benítez no tenía sino ese automóvil. Su casa era un departamento de renta congelada en Ignacio Mariscal y escribía monacalmente en el Observatorio de Tonanzintla, donde le daba un cuarto Guillermo Haro.
     Pero ése no es el cuento. Un año atrás gracias a Francisco Cervantes conocí a Álvaro Mutis. Mutis me regaló La hojarasca y el número de Mito en que se publicó El coronel no tiene quien le escriba. Por ser los únicos ejemplares existentes en México, Álvaro me pidió que se los devolviera aquel domingo 2 de julio de 1961 para que sirviesen como carta de presentación a su autor.
     En un momento de la reunión dije: "Hoy llega Gabriel García Márquez". Preguntó Fernando: "¿Quién es García Márquez?" Fuentes y yo respondimos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo: "El mejor escritor colombiano".
     —Sí ¿pero y el suicidio de Hemingway?
     —Por la tarde fui con M. al Cine París. Al salir compramos Claridades. En primera plana estaba la noticia de la muerte accidental. El suicidio no fue revelado hasta cinco años más tarde en Papá Hemingway de A.T. Hotchner. Tiempos felices de las editoriales mexicanas. Luis Guillermo Piazza leyó el libro recién salido. Le encargó la traducción a Juan Tovar y en pocas semanas lo publicó Novaro. Algo así ahora sería imposible.
     —Fue una coincidencia.
     —Llámalo como quieras: coinciden-cia, azar, destino, casualidad. El hecho es que ese 2 de julio de 1961 la novela angloamericana dejó su sitio a la novela iberoamericana. El disparo de Hemingway fue el boom que inauguró el boom, para decirlo de mala manera. En Ketchum, Idaho, comenzó el auge de la nueva novela que tuvo su primer punto de reunión en la otra casa de San Ángel alquilada por Fuentes en la segunda cerrada de Galeana.

 
     El estallido del boom
     —El padre se eliminó a sí mismo. No hubo necesidad de matarlo.
     —Lo primero que escribió aquí García Márquez fue un artículo para nuestro suplemento México en la Cultura: "Un hombre ha muerto de muerte natural". No se recogió en ningún libro. El 11 de julio de este 1999 lo rescató El País, naturalmente sin crédito a México en la Cultura. El suplemento cumple ahora su medio siglo. Nadie se acuerda de él pero no ha vuelto a haber otro igual.
     —Jamás he visto un ejemplar.
     —Cómo podrías verlo si terminó mucho antes de que nacieras. Además no existen colecciones fuera de los volú-menes empastados de Novedades en la hemeroteca.
     Puede ser, si tú quieres, crítica Nescafé; no obstante, me parece que, así como el movimiento modernista salió de la unión, imposible en Europa, entre simbolismo y parnasianismo, la nueva novela iberoamericana tuvo su origen en la síntesis de Hemingway y Faulkner, impensable en los países de habla inglesa.
     —Y los novelistas de entonces encontraron la mesa puesta gracias a la labor de Borges y su círculo (Victoria Ocampo, Bioy, Bianco, Mallea y tantos otros) en las antologías y traducciones de Sur, Losada, Emecé, Sudamericana.
     —No te olvides de Santiago Rueda, la editorial que difundió a Hemingway en español.
     —Junto con otras de España.

Excepto Por quién doblan las campanas, desde luego, Hemingway no parece haber tenido problemas con la censura franquista.
      
     El machismo de Babel
     —Qué curioso: Hemingway y Borges nacieron con un mes de diferencia.
     —La "generación perdida" ganó literariamente el siglo XX: ellos dos, Nabokov, Jünger, Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald.
     —The Sun also Rises (Fiesta. El sol también se levanta) estableció el concepto de Lost Generation. Sabes el origen humilde y hasta cómico de la expresión…
     —Claro, Gertrude Stein escuchó decir al dueño de un taller que sus jóvenes mecánicos eran una generación perdida, es decir, unos buenos para nada.
     —Porque sufrieron el trauma de las trincheras y quedaron dañados para siempre. En efecto, los nacidos en el otro fin de siglo resultaron la auténtica generación perdida que los viejos enviaron a la muerte y sucumbió casi por completo en las trincheras de Europa. Aquellos grandes escritores fueron de verdad los sobrevivientes de su generación y escribieron en nombre propio y a nombre de los muertos.
     Hemingway, más sobreviviente que nadie. La herida que recibió en Italia el 8 de julio de 1918 fue terrible: cientos de esquirlas de metralla austriaca se le clavaron en el cuerpo. Aun así, trató de rescatar a un soldado herido. Hay que tomar esto en cuenta si deploramos su machismo.
     —Me imagino aquellas conversaciones de 1961: el escritor vital y aventurero frente al pobre literato ciego como castigo no a su lubricidad sino a su libricidad, el hijo de mamá ("Hemingway es la única persona que conozco que odia a su madre": Dos Passos), cubierto por el polvo de las bibliotecas, y con los dedos del escriba manchados de tinta como marca indeleble de que no sirve para la vida por no ser un guerrero.
     A ustedes deben haberles preguntado: "Niño, cuando seas grande ¿quién quieres ser: Borges o Hemingway?" "Hemingway, desde luego".
     Y ahora, gracias a las patografías, sabemos que Hemingway era en realidad el tímido y sensitivo artista de la prosa que anhelaba ser el Flaubert de Finca Vigía. En cambio el bibliotecario de Babel llevó una vida siempre llena de pasión por las mujeres y fue el auténtico valiente.
     ¿Quién es más macho si de machismo se trata? ¿El que mata con armas de alto poder a un elefante acorralado o el que sale de entre sus anaqueles, viejo, ciego, con bastón, solo por completo, y se abre paso a tientas entre una multitud peronista que con gritos y carros de sonido le lanza injurias y pide su cabeza?
     —Ni hablar. En la perpetua carrera entre Aquiles y la tortuga siempre gana la tortuga. El patito feo invariablemente acaba transformado en cisne. Pero no niegues el valor de Hemingway. Lo demostró en varias guerras.
     —Tampoco te olvides de su amor, tan raro entre sus compatriotas, por todo lo hispánico. ¿No dijo que tras veinte años de vivir en Cuba se sentía cubano?
     —Se le agradece, pero hay que situarlo en su contexto justo. Lo que le gustaba era nuestro primitivismo, aquello en que diferíamos de la respetabilidad de Oak Park, Illinois, y del éxito universal de la modernidad, esto es, de su patria.
     Su amor, si me perdonas la expresión, era el amor del que encuentra en el tercer mundo putas para su cama, licor para sus copas, animales para su rifle, peces para su anzuelo, y más que nada compradores para sus libros.
     Una excepción: su inmenso respeto por Baroja. Lo juzgó un gran novelista, lo visitó en su lecho de muerte y en su entierro dijo que don Pío y no él era digno del Premio Nobel. Entre las fuentes del famoso estilo de Hemingway ¿alguien cita a Baroja, que para los retóricos parecía un hombre sin estilo?
     Por lo demás, recuerdo un ensayo que en 1966 hizo Edmundo Desnoes —no olvidemos al amigo desaparecido en algún agujero negro de la historia: Hemingway vivió como el amo blanco en su plantación, no dejó de ser el turista en Cuba ("Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en la Floridita") y fue siempre el cazador blanco en África.
      
     La indivisibilidad de la crueldad
     —Te identificas con el delfín y no con el que clava el arpón. Eres muy defensor de las víctimas. Qué bueno, pero te diré que algunas de las peores personas que conozco son protectoras de los animales. Se horrorizan de los toros, la caza y los mataderos, y con la misma cara angelical dicen las peores cosas de sus semejantes, hacen lo más ruin y bajuno contra ellos, y no les tiembla el pulso para enredarlos en el camino del asesinato y el suicidio. Hitler era tan compasivo que promulgó una ley para exigir que las langostas sólo fueran echadas en agua previamente hirviendo, y al mismo tiempo estableció las cámaras de gas.

—No puedo responder por todos aquellos a quienes les importan los animales. Sólo te digo que la crueldad es indivisible: a quien tortura a una rata no le importará después quemar viva a una persona.
      
     El arte de la ingratitud
     —¿Qué tiene que ver todo esto con Hemingway?
     —Hay algo que no pasa a las biografías: la presencia viva del escritor. Quien lea hoy acerca de José Revueltas o Rosario Castellanos pensará que ambos llevaron una existencia de continuo tormento y eran la imagen misma del dolor. En realidad fueron dos de los seres humanos más gratos, ingeniosos y divertidos que recuerdo. Máscaras, me dirás. Pero el mundo todo es máscaras. ¿O no?
     Hemingway, dicen, era una personalidad muy atractiva. Sabía escuchar, cosa rarísima, y te hacía sentirte bien en su compañía. A cambio de todos sus actos de generosidad, queda un rasgo ominoso: no perdonaba a sus benefactores, pagaba la devoción con hostilidad.
     —"A menudo, si un hombre recibe bien de otro / se le despierta un ímpetu homicida", escribió Rosario Castellanos.
     —Su ingratitud con Sherwood Anderson y con Gertrude Stein me parece tan monstruosa como su conducta respecto a sus amigos Fitzgerald y Dos Passos. En cambio, se portó bien con Pound y dijo que le enviaría al manicomio de Saint Elizabeth's la medalla del Nobel. Incumplió su promesa: la prendió en el manto de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, otro golpe de genio para ganarse al público hispanocatólico.
      
     El doble adiós
     —Oye, minipatógrafo, no has dicho nada de sus libros. De él se afirma que fue "el escritor más influyente en la prosa inglesa de este siglo".
     —Influyó en todas partes. Si hoy no lo vemos es porque su estilo se halla en dondequiera, en todas las lenguas, en el periodismo y en la novela de consumo. Además, en su aparente sencillez, que como sabes es el colmo del artificio, resulta muy difícil de traducir.
     Del mismo modo, si crees que Joyce es la única vanguardia, no puedes entender hoy hasta qué punto Hemingway es un gran renovador y una figura clave del movimiento moderno. Actualizó la gran tradición realista del siglo xix, le quitó a la prosa narrativa lo que los mexicanos llamaríamos el "gamboísmo" (por el autor de Santa) y aprendió como nadie de quienes dominaban las letras de su país cuando él nació: Mark Twain, Stephen Crane, Ambrose Bierce, Frank Norris.
     —Fue un poeta malísimo pero su prosa sin ser poética es poesía, con perdón por el trabalenguas. Le aplicó todas las exigencias que Pound demandaba para la nueva poesía.
     —La gran obra de Hemingway está hecha antes de los treinta años: los admirables cuentos, The Sun also Rises, Farewell to Arms.
     —Allí están las dificultades de que te hablaba. ¿Cómo traduces al español el doble sentido del título?: "Adiós a las armas", sí, pero también "Adiós a los brazos". La paz por separado con que Frederic Henry se despide de la guerra mediante la deserción, y la muerte de Catherine Barkley que lo aparta de sus brazos, es decir del amor, como en el poema isabelino del que salió el título.
     —¿Y qué pasó después?
     —Los medios inventaron a Papá Hemingway. El hombre célebre devoró al escritor. Como decía Cocteau de Víctor Hugo: Hemingway era un loco que se creía Hemingway. Entre las cacerías, las expediciones de pesca, las corresponsalías de guerra, las entrevistas, los fotógrafos, los equipos de filmación, lasbandadas de zánganos que lo adulaban para comer y beber a su costa y, sobre todo, para robarle el tiempo, Hemingway hizo esfuerzos heroicos por volver a ser el joven que fue.
     —Es como si el precio del culto a la juventud fuera tener sólo la juventud y después la nada.
     —V. S. Pritchett lo vio desde Londres en 1955, en pleno auge del "escritor más famoso del mundo", tras el Premio Nobel. Para los escritores norteamericanos, dijo, no hay sino el maravilloso comienzo. Luego el fin, el fracaso, la amargura, la tristeza, la vejez y finalmente la muerte.
     —No creo que siga siendo válido.Mira a Saul Bellow, John Updike, Philip Roth. Y entre nosotros, Borges, Paz, el mismo García Márquez…
     Me parece otra vez el prejuicio de los ilustrados europeos contra el Nuevo Mundo, prejuicio que refutaron tanto Jefferson como Clavijero. Los ingenios de América, dijeron —de toda América: sajona, española, francesa, portuguesa—, son excepcionalmente precoces pero se apagan muy pronto.
     —En el caso de Hemingway y sus contemporáneos fue cierto, con excepciones como la de Edmund Wilson, que tanto contribuyó a la difusión del joven Hemingway.
     —Tiene toda la razón Vargas Llosa cuando afirma en 1985 que la prueba de que Hemingway es un gran escritor consiste en que siga tan vivo como novelista, a pesar de que su tabla de valores se halla muy desacreditada. Es misógino, ecocida, racista, belicista… todo.
     —Lo terrible y maravilloso del escritor vitalísimo que posaba como antiliterario fue su profunda fascinación por la nada. La nada unamuniana, la nada en español, la nada del Eclesiastés. Todo es nada. De la nada venimos y estamos en camino hacia la nada.
     —Sí, el fracaso y la muerte nos esperan a todos con las fauces abiertas. Al nacer caímos en su trampa. Hagamos lo que hagamos nos apuntan sus rifles y morderemos su anzuelo. Pero la lección de Hemingway es que debemos dar la batalla como si de verdad, tras todas nuestras ambiciones y esperanzas, hubiera éxito y dicha y triunfo, y no la omnipresente nada.
      Por eso resultó tan fascinante El viejo y el mar. La nada también devoró el gran pez de vida y literatura que había atrapado Hemingway, se lo comieron los tiburones de la nada a la que celebró en una antioración blasfema: "Nada nuestra que estás en los cielos…"
     Pero él fue un héroe no en el sentido militar que implica la muerte de los otros: en el sentido de que cuando ya ningún libro le salía y todo se le volvía una legión de páginas proliferantes, una forma gárrula del silencio final que acecha a todo escritor, insistió e insistió y quiso continuar hasta el fin. En el momento en que su alcoholismo, su psicosis de guerra y paz y, sobre todo, sus muchas heridas lograron que ni la mente ni el cuerpo le respondieran, regresó al bosque primordial y recargó la frente contra su escopeta.
     —La última pieza del cazador: él mismo. –