Una visita a Leopoldo María Panero

El recuento de un viaje a visitar al poeta español fallecido hace unos meses. 
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Durante el atardecer hay sombras que se enfilan rumbo al psiquiátrico de la isla. Van rumbo a la cúspide de una de las montañas que visten a Las Palmas de La Gran Canaria. El manicomio Carlos I se encuentra en la cima. Los pacientes que salieron de la clínica por la mañana, regresan casi siempre caminando en peregrinación. Es la hora de la cena.

Un día antes me había instalado en un hostal cercano a la Plaza de Santa María Catalina. Llegaba proveniente de Madrid. Por la mañana marqué al psiquiátrico. Leopoldo ya había salido. Enfilé rumbo al psiquiátrico.

Nunca había entrado en un manicomio. El guardia de la entrada apenas me mira. No me pide identificación. Lo saludo y me responde de manera automática. En el ala central del edificio se anidan las tinieblas. Pregunto por Leopoldo. La respuesta del encargado es amable. “No tarda en llegar. Debe de estar aquí en 15 minutos”, me dice.

Salgo. Veo el arribo de los pacientes. Una mujer se me acerca y se sienta a mi lado. Estoy en una escalera situada en un pequeño valle del estacionamiento del Hospital desde donde puedo observar el manicomio casi por completo. Me pide que le abra una lata de leche condensada. Cuando le regreso el recipiente, no emite palabras. Pasamos así un rato. Luego se va. A la escena se une un hombre que cruza el patio. Orina en un árbol, dialoga con la mujer que antes estuvo conmigo y voltea los ojos hacia el lugar donde estoy sentado. Voy a su encuentro. Me observa, pero de inmediato desvía el rostro. Hola, Leopoldo. Soy Xalbador García.

 

***

Leopoldo María Panero: ¿Y tú quién eres?

Xalbador García: Hablé contigo hace unos días. Vengo desde México a verte.

XG: Te traigo un regalo. Es una revista mexicana donde escribí un artículo sobre tu vida y obra. Viene tu poesía.

LMP: ¿Viene mi foto?…

XG: Sí.

LMP: ¿me acompañas a comprar tabaco?

—¡Oye… oye… Panero!… —la mujer que estuvo antes conmigo le grita, pero el poeta ya me ha tomado del brazo y me conduce a las afueras del psiquiátrico.

XG: ¿Cómo vives aquí?

LMP: Vivo mal. Muy madreado por los locos y la mierda.

XG: ¿Así como lo hablas en tus libros?

LMP: Libros de poesía. Así es la poesía.

XG: ¿Te gusta Las Palmas?

LMP: No me gusta, porque es gélido. Hace mucho frío. Es jueves ¿Es día laborable?

XG: Sí.

XG: Este camino es pesado.

LMP: Muy pesado…

Y nuevamente la carcajada le abre el rostro.

XG: En México se lee tu poesía.

LMP: A ver si me invitáis un viaje a México. Voy a recitales. En España me invitan. Voy. Hablo. Ya sabes, la poesía.

XG: Hoy te estuve buscando por toda la ciudad. ¿Adónde te gusta ir comúnmente?

LMP: A las plazas. A los bares. A tomar algo. Cocacola solo, porque el alcohol me lo tienen prohibido. Me gustaría ir a México y presentar poesía. Ya sabes.

 

***

No llevo la cuenta de las horas, pero empieza a oscurecer. Sentados me cuenta y calla. Yo le cuestionó. Apenas balbucea. Comparte conmigo esa tarde y mucha poesía. Baudelaire le gusta, me explica. En algún momento habla de Jung y Freud. Hojea la revista y el artículo que le he traído. Saco la cámara fotográfica.

LMP: Cobro por las fotografías —me advierte. 

XG: Pero tienes mucho dinero.

Eso es verdad. El algún momento ha sacado billetes de 10, 20 y 50 euros. No sé la cantidad, pero por lo menos estos días no creo que haya padecido penurias.

XG: ¿Cuánto me vas a cobrar?

LMP: Cinco euros por foto.

XG: Es mucho. Me quedaré con las ganas. No te tomaré fotos.

Estudia mis palabras y recapacita:

LMP: Cinco euros por todas.

Cerramos el trato. Cuando tiene el dinero en las manos me explica:

LMP: Es que necesito unas tijeras. Vamos a comprarlas a la farmacia.

XG: ¿Para qué las necesitas?

LMP: Tengo algo en el dedo.

Llegando a la farmacia grita: “Aquí les presento a un mexicano que es más español que todos ustedes”. Pide las tijeras. Después no dice nada. Espera a que yo pague y se guarda el paquete en la bolsa de la camisa. La dependiente de la farmacia le ha vendido unas tijeras muy pequeñas. “Son las únicas que tenemos”, le dice para calmarlo.

 

***

XG: No esperabas que un mexicano te visitara.

LMP: García Márquez en su casa de Barcelona dijo: “aquí les presento a un mexicano que es más español que todos ustedes”.

Sorteando los automóviles que pasaban entre las calles angostas de la zona, descendíamos en aquel momento. Dos paquetes de tabaco fue la solicitud que hizo el poeta a la mujer que nos atendió y de inmediato me presentó:

LMP: Un admirador mío de México.

La Mujer: Leopoldo, él viene desde muy lejos para hablar contigo.

LMP: Dos paquetes de puros. ¡Ah!… y una Cocacola.

Y luego declama a Rimbaud: “El miedo es lo más sagrado que existe”. Tanto había leído esa característica de Leopoldo, sus cualidades para soltar versos sin más, que me parecía un sueño estar escuchándolo. Regalaba fragmento tras fragmento. Kafka, Becket, Foucault, García Lorca y su propia obra iban apareciendo mientras bebía su refresco. Y de repente un hachazo de luz:

LMP: La gente piensa que la locura es contagiosa. Si fuera eso, al pasar junto a un mendigo, la gente se arruinaría.

XG: Tú has escrito mucho sobre la locura.

LMP: Sí.

SG: ¿Y qué piensas?

LMP: Pues que la locura se puede descifrar y la poesía es una vía para descifrarla. ¿Has leído Poemas del manicomio?

XG: Sí.

LMP: Ahí hay algo de eso.

Luego de media hora, regresamos a la banca a las afueras del Carlos I. Se acerca un anciano. Conoce a Leopoldo. Vuelve a presentarme.

LMP: Un admirador mío que viene de México.

Anciano: ¿De México?

XG: De México.

Anciano: ¡Joder! Sí que has venido de muy lejos. Yo veo mucha televisión mexicana. Éste es un bandido, es un meón.

LMP: Él no me deja tirarme pedos.

Anciano: Es que yo me siento todos los días aquí. Yo tengo 76 años. Y éste se acuesta todos los días aquí y fuma mucho. Después se pone a echarse pedos. Yo le digo que no. Luego orina. Ahí donde está el coche orina. Yo le digo que no orine ahí. Que se vaya junto a esos matorrales donde no lo puede mirar nadie. Como lo hace Leopoldo no es correcto.

Panero va siguiendo las acusaciones y todas las va asintiendo con un ligero movimiento de cabeza. Se carcajea.

Anciano: Bueno, hasta luego. Mucho dio gusto conocerlo.

Se va el hombre pero parece dejar los ladridos de los perros en el aire. Ladran cada vez más fuerte a medida que va cayendo la noche. Leopoldo me habla de otra entrevista que le harán al siguiente día en el café Macartius a las 4 de la tarde y agrega:

LMP: Estoy de este país hasta el huevo. Es un país de pordioseros, un país de mierda. Me da perfectamente igual dónde vivir, porque aquí es una mierda, pero mierda.

XG: ¿En dónde te gustaría vivir?

LMP: En México o en Italia.

Un ruido extraño invade la conversación.

LMP: ¿Qué es eso?

XG: Una cortadora.

LMP: Como una navaja de palabras.

 

***

 

XG: Aquí tienes el mar a primera vista. ¿Te gusta el mar?

LMP: Sí, me gusta, pero no voy porque no tengo bañador… en el aire hay cosas que me hacen reír… pero sólo soy un fracasado y un hombre muerto al que llaman Pertur.

XG: Pues es bonito este lugar, ¿no te parece?

LMP: Bonito lo es todo. Lo malo es el hombre.

Caminamos rumbo al psiquiátrico y cuando nos ven entrar, a Leopoldo le empiezan a gritar los otros pacientes. Las voces se hacen una especie de lamento. “Un admirador de México”, le dice por igual a enfermos que a médicos y me suelta:

LMP: Hasta Artaud lo trataron mejor que a mí. A mí me han tratado pésimo. Me quieren matar. La literatura es la única salvación frente a la miseria del hombre y a mí me gusta la poesía esteticista. Tengo dos películas, ¿sabes?, pero me gusta más Después de tantos años. Hay música y hay colorines. Luego de esta película me decían: “cabrón”, “hijo de puta”. ¿No sé por qué? A ver si me mandas uno de tus libros.

XG: ¿Aquí te llegan las cosas?

LMP: Aquí mi correspondencia no me la dan… si están más locos que yo.

XG: En cuanto salga el libro que estoy preparando sobre ti te lo mando.

LMP: De acuerdo… caos estupendo y milagrosoLast river together es el mejor libro mío… dolor sin dolor como una sombra van… ¿Qué hora tienes?

XG: Son las ocho.

LMP: Me voy para adentro porque hasta las ocho y media dan de comer… pues muchas gracias por venir.

XG: Muchas gracias a ti por recibirme.

LMP: Llámame, por lo menos.

Sé que lo dice sinceramente por la manera en que me mira. Recuerdo lo que ha mencionado hasta el cansancio: “Finalmente estar loco se trata de tener o no tener amigos”. 

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