Usos y costumbres presidenciales

Con la organización del Segundo Informe, las escenografías históricas del PRI están instaladas de vuelta. Lo curioso es la manera tan natural en la que se ha desarrollado la restauración visual del poder del presidente.
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Tal pareciera que los científicos priístas han conseguido realizar el sueño de todo fanático de la ciencia ficción: entre más avanza el sexenio más retrocede el país en el tiempo. Con la organización del Segundo Informe de Gobierno, las escenografías históricas del PRI están instaladas de vuelta en el calendario cívico nacional. Lo curioso es la manera tan natural en la que se ha desarrollado esta restauración visual del poder del presidente de México. Es como si la clase política hubiera decidido al unísono que ya era tiempo de cerrar el paréntesis de beligerancia hacia la figura presidencial y restituirle su derecho a la pretensión de majestad. Al mismo tiempo, la ciudadanía, también cansada del espectáculo de las griterías parlamentarias, se deja caer en el sillón frente a la tele complacida de ver la precisión con la que se desenvuelven los viejos guiones. Y la prensa escrita, el diario combativo de la izquierda inclusive, se apresura a consignar la restablecida unidad del cuerpo político nacional con citas insulsas de las autoalabanzas del informe presidencial.

Por supuesto, abundan las voces de denuncia de los excesos de la pulsión faraónica del PRI, sobre todo porque la novatez de los encargados de desempolvar las puestas en escenas arrumbadas en el desván les proporciona a los críticos una enorme cantidad de material, empezando por la grosera utilización del Zócalo como estacionamiento VIP. Sin embargo, cuando esta ola de voces indignadas se apresura a comparar los datos del informe con cifras e indicadores independientes acerca del desempeño del gobierno federal, pierde de vista un aspecto fundamental de los rituales del presidencialismo mexicano y su partido político por excelencia: estos usos y costumbres priístas no representan una forma de ejercer el poder -mucho menos un contenido sustancial de políticas públicas- tanto como un mecanismo para exhibir el poder. Los críticos que destacan la incongruencia entre el discurso presidencial y la “realidad” del país, le conceden al presidente el beneficio de la literalidad.  El informe presidencial no tiene nada que ver con el “estado general que guarda la administración pública del país” (Art. 69 constitucional), sino con la salud de la institución presidencial.

Hasta 1994, el informe presidencial fue una forma de anunciar al mundo la fortaleza y plena vigencia del régimen del PRI. Los informes de Zedillo mostraban a un presidente acosado por todos los frentes, pero aún aferrado a mantener las apariencias. Doce años de gobiernos del PAN terminaron de hundir la dignidad de la figura presidencial, que ya no pudo sostenerse por sí misma en el ambiente de extrema hostilidad del Congreso. El logro del presidente Peña Nieto no es menor. Ha conseguido reintroducir el ritual de celebración de la institución presidencial, por ahora en una escala modesta, sin la presencia de grandes masas, en medio de un ambiente de enorme pesimismo y fuertes críticas hacia los magros resultados de su gestión. Fue también una movida audaz ya que el descontento pudo haberse colado hasta los grandes salones del Palacio Nacional, a través de políticos de oposición, o por lo menos pudo haber empañado la escenografía exterior, como ocurrió el 1 de diciembre de 2012.

No suelo suscribir las teorías de la sicología de masas que postulan la fascinación automática de las multitudes con las grandes puestas en escena de los líderes, pero sí me parece muy remarcable la comunión, que pudo apreciarse el 2 de septiembre, entre la clase política mexicana y el presidente. Los larguísimos aplausos en las pausas que el discurso abría para concitarlos; el gesto presidencial de abrir los brazos y cruzarlos sobre el pecho y reconocer entusiasmos particularmente notorios; la mención a la dirección de la izquierda en las cámaras, la cual no tendría nada de extraordinario en un sistema político que se quiere abierto y democrático; el terso desarrollo del evento. Todo parece indicar que en México nada legitima el ejercicio del poder entre pares políticos como su sublimación a través de ritos de autoafirmación.

Para analistas y ciudadanos críticos de los rituales llenos de simbolismos pero vacíos de contenidos, el reto es establecer una clara división de funciones. La sociedad mexicana tuvo históricamente un arma contra la glorificación del presidente: la sátira. A falta de espacios de discusión pública entre el presidente y la oposición, los mexicanos recurrían a la sorna en corto y a los maestros de la sátira política, como Carlos Monsiváis, Tomás Mojarro y Palillo, para difundir la noticia de que el rey estaba desnudo, para solazarse de los pasos en falso del presidente y de los participantes en el posterior besamanos. Los días posteriores al informe eran terreno fértil para los caricaturistas y una delicia para los asiduos a columnas como “Por mi madres, bohemios”. La indignación, la crítica a voces fuertes se expresaba a través de la paciente organización social.

Pretender que el informe presidencial como está diseñado ahora sea en un ejercicio de análisis y debate sobre la situación concreta del país, e indignarse porque no lo es, es ignorar tanto su función real a ojos del gobierno como las posibilidades de la otra crítica que solíamos ejercer con maestría, la que lleva las pretensiones de infalibilidad presidencial hasta el absurdo. El gran desafío, sin embargo, es llevar al presidente y sus funcionarios –a través de la presión legislativa y la movilización social– a espacios no diseñados para celebrarse a sí mismos para que debatan los resultados de su gestión. Y hay que poner manos a la obra ahora mismo si no queremos terminar el próximo año con matracas tricolores y mantas de agradecimiento al presidente colgadas de los balcones frente al Zócalo. 

 

 

 

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