Foto: NZatFrankfurt, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

Adriana Contreras (1954-2000)

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Pablo García, que fuera el compañero de Adriana , nos dio desde Montevideo la imprevisible noticia de su muerte, en su México, a principios de marzo. Nunca es grato hablar de la muerte de alguien que hemos querido y menos si era joven: pareciera que somos cómplices en la contravención de una ley natural, como si las aguas corrieran río arriba. Y Adriana lo era, con esa juventud que se mide en proyectos, en capacidad creativa y en la energía del espíritu para seguir esperanzada el camino difícil que se propuso desde el principio.
     La conocimos en Montevideo, adonde había viajado, tras un marido uruguayo del que luego se separaría. Era ya autora de algunas películas. Mostró dos en la sala de la Biblioteca Nacional, cuando Enrique Fierro era su director, breves, curiosas, diversas, cuyos nombres querría recordar con exactitud: Historias de vidas, creo, contrapunto entre un texto biográfico de Anaïs Nin y la improvisación, también autobiográfica, de una indígena, enormemente expresiva y fluida, y el Diálogo entre Marx y Hölderlin. Adriana le daba especial importancia a la palabra, buscaba que las imágenes la exaltaran sin distraer la atención del oyente. Al contrario de la mayoría de sus colegas de hoy, no la supeditaba a la imagen. Le repelía lo que tantas veces ocurre en el teatro, que la palabra, allí supuestamente central, quede agobiada por el movimiento escénico y hasta por la dicción musicalmente modulada, que arrastra al auditor, sin darle tiempo para detenerse en el sentido de lo dicho. La sala de la Biblioteca tenía una acústica impecable para los habituales conciertos de cámara. Pero los parlantes de su proyector de cine eran viejos e imprecisos. Había bastante público. Si los textos de Anaïs Nin lo desconcertaron, el discurso de aquel personaje que llegó con acento desconocido y muchas palabras incomprensibles en el Río de la Plata, sumado a las imágenes poco convencionales que constituían su marco cinematográfico, no lo tranquilizó. El Diálogo era una experiencia un poco diferente. Filmado en noble blanco y negro, era real y leve. Lo recuerdo como una hábil y elegante solución a los problemas que planteaba la falta de recursos: un escenario simple que no chocara con la época, un vestuario intemporal, un texto inteligente. Pero las obras de arte son un autor y un público a su altura, y la ecuación no estaba completa.
     Luego vendría La nube de Magallanes, un largometraje de…

Luego vendría La nube de Magallanes, un largometraje de ochenta minutos, color y en 16 mms., mucho más ambiciosa y también más lograda, con momentos muy hermosos. La estructura del guión es galáctica, en el sentido de Haroldo de Campos: constela signos poéticos y literarios del Río de la Plata. El título es el nombre de una galaxia que sólo puede ser vista en el hemisferio sur, interrelaciona fragmentos de obras de diversos poetas y escritores rioplatenses. En una playa, frente a nuestro aparente mar, vio Adriana la gran pantalla de un cine al aire libre. A esa imagen se sobrepuso un proyecto nunca realizado de Hans Richter, pintor y director de cine experimental: filmar "El minotauro". Para Adriana, esto es lo que se exhibiría en esa pantalla hipnótica y Teseo, Ariadna, Dédalo, Minotauro, es decir, los seres del mito, los personajes del proyecto de Richter, al terminar la proyección ingresan a las calles de Montevideo donde se mezclan con los escritores que ella fijó en su galaxia, de Lautréamont a Felisberto Hernández.
     Adriana amaba a Montevideo, sus zonas verdes, las playas al alcance del paseo. Sobre todo la luz, que favorecía sus fotos y proyectos. Escribía en una carta del año 92: "La nube es mi flor de Coleridge. Aún siento nostalgia del Montevideo de entonces… escribí otro guión allá, para ser filmado allá. Pero estoy aquí…" Ese guión la ocupó estos años, entre los altibajos de su salud. Siempre me llamó la atención cómo aplicaba sus dotes de pintora  —esa pintora siempre dispuesta a consolar a la directora en crisis de medios— para disponer sus encuadres fílmicos. Se le ocurrían ideas ingeniosas, sin dejar de ser reflexiva y organizada. Era singular ante cualquier circunstancia de la vida, de esa vida suya tan unida a la de Consuelo, su madre, y enriqueció nuestros últimos años de continuidad montevideana con una personalidad difícil de olvidar, que ya no podremos agradecerle.-

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