Ahora le llaman Jack

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De Bumby, el primogénito de Hemingway, había visto muchas fotografías, la mayoría de ellas de cuando era un bebé rollizo y simpático, pero también fotografías de la época en que comenzaba a hablar y el pobre se había aprendido de memoria la dirección (acabó transformándose en una canción) que tenía que recitar si alguna vez se perdía:

     Dix bis Avenue des Gobelins
     Dix bis Avenue des Gobelins
     Dix bis Avenue des Gobelins
     Allí es donde vive mi Bumby

La dirección que el niño recitaba no era la de sus padres, sino la de la femme de menage que éstos habían contratado para él y que vivía en ese número de la Avenida de Gobelins. Esa dirección, ya cantarina de por sí, iba a ser veinte años más tarde la canción de marcha de los irregulares de Hemingway cuando ayudaron o se anticiparon a la liberación de París.
     Le había visto a Bumby en muchas fotografías —hay una muy curiosa en la que Gertrude Stein y Alice B. Toklas le están lavando con aire muy maternal en una bañera al aire libre—, pero durante mucho tiempo me estuve preguntando qué habría sido de ese simpático Bumby de las fotografías, de ese Bumby que había hecho feliz a su padre cuando nació. El primer hijo, varón además. La gran ilusión de papá Hemingway.
     ¿Seguía viviendo? Y si vivía, ¿seguía llamándose Bumby a los ochenta años? ¿Y dónde podía vivir mi Bumby?
     Un día, le vi en la revista Hola, ya no se llamaba Bumby —ese nombre no aparecía para nada en el reportaje— sino Jack Hemingway. Iba vestido de patrón de yate, con traje azul cruzado y un pañuelo rosa al cuello. Le habían hecho unas fotografías con su segunda mujer en su casa de Sun Valley, en los Estados Unidos. Decía no tener problemas por ser hijo de quien era. Un hermanastro suyo, en cambio, sí que los había tenido. Pero no era su caso, consideraba que había tenido suerte, ya que sus padres se habían separado siendo él muy pequeño. Su madre, Hadley Richardson, se había casado más tarde con Paul Mowrer, un periodista de prestigio y el mejor padrastro que pueda tener nadie, y de pronto se encontró pensando que era mucho más afortunado que los demás chicos, porque tenía dos padres y ellos sólo uno.
     Al verle en aquellas fotografías me acordé de que su verdadero nombre era John Hadley Nicanor Hemingway. Lo de Nicanor había sido un homenaje de su padre al torero Nicanor Villalta, al que acababa de descubrir en su primer viaje a Pamplona y al que idolatró de inmediato. Bumby estaba en gestación en esos días pamplónicos y su padre estaba convencido de la influencia vigorizante de los toros en los niños aún no nacidos. De hecho, Bumby estuvo a punto de llamarse Nicanor Villalta Hemingway, pero a última se salvó de tamaña incomodidad para ir por la vida y por suerte para él la cosa quedó sólo en Nicanor. Ahora, por lo visto, le llaman simplemente Jack.
     Le había visto en fotografías pero hace unos años le vi de verdad en Roma, cerca de la plaza del Panteón. Me pareció un hombre muy pulcro, elegante, bastante alejado de las zafias turbulencias de su padre, todos sus gestos emitían un sentido exquisito de la cortesía. Estaba sentado con su mujer al atardecer de un día de abril en la terraza del Café Bertini. Le reconocí de inmediato y me quedé observándole casi fijamente. Le miraba con tanta ternura que me pareció que le estaba viendo como si fuera mi hijo.
     Extraña forma de verle, lo reconozco. Para no ir por esa vía disparatada, evoqué las figuras de su verdadero padre y de su abuelo, ambos suicidas. Me pregunté por qué Bumby no se había matado como ellos. Tal vez sus buenos modales y educación se lo impedían. O tal vez simplemente era un hombre feliz, y lo había sido siempre. Deseé con fuerza que fuera así y me descubrí a mí mismo queriendo lo mejor para Bumby y de nuevo volviéndole a ver —tal vez porque no tengo descendencia— como si fuera mi hijo.
     No pude evitar sentirme el tercer padre de Bumby. Me situé lo más próximo que pude a mi hijo y traté de escuchar de qué hablaba con su mujer, pero ellos no tardaron en ponerse en pie y marcharse, se perdieron por las callejuelas del barrio, seguramente camino de la plaza del Panteón. Pero antes de marcharse creí oírle decir algo, una sola frase, pero suficiente, la frase me pareció ingeniosa, la recuerdo muy a menudo, aunque me pregunto siempre si realmente la dijo. Creí oírle decir, aunque mi inglés no es muy bueno:
     —Un hombre cortés evita pisar la sombra de su vecino.
     Siempre que pienso en esa frase me digo que él tal vez es mejor escritor que su padre, pero no lo sabe.
     Mi pobre Bumby. Espero no haberle pisado su sombra. ~

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