En torno al número de Marzo,

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Sr. director:

El último número de Letras Libres me atrapó y cautivó desde la portada y el título, que inmediatamente me recordó la polémica de los autobuses en Gran Bretaña (que, a su vez, me hizo pensar que “Dios no existe y Dawkins es su profeta”) y en España (con su guerra abierta entre la Iglesia y el Estado). Disfruté mucho su lectura, en especial el diálogo entre Héctor Zagal y Guillermo Fadanelli y los artículos de John Gray y Pedro Chavarría Xicoténcatl.

Sin embargo, y aquí está el pero que acota los elogios, me parece que la postura secular (laicista por momentos) estuvo demasiado bien representada, mientras que la creyente fue apagada y descolorida. Esto me sorprende, puesto que Letras Libres no es una revista políticamente correcta. Así como es de las pocas voces que, en el México infectado por decenios de estatismo, populismo y rancio nacionalismo, ha abogado por la libertad en todas sus formas (de expresión, económica, política) y por la responsabilidad del individuo sobre la de el Estado, me extraña (y me duele hasta cierto punto) no encontrar de la misma forma una voz inteligente que abogue sin tapujos por la fe y la religión como sanas propuestas de sentido y motores loables de transformación social. Contra todo pronóstico, creo que esas voces existen en México, y que abogan por una fe humanizadora en el marco de la democracia liberal, sin nada que ver con el clero ignorante o su brazo político yunquista. Pienso en Javier Sicilia, en el mismo Zagal (en una postura firme, y no tímida, como lo he leído otras veces), en Bárbara Andrade, en Mauricio Beuchot o quizás en Jean Meyer o Gabriel Zaid, que están bien empapados de las razones de la fe. Creo que esta vez se quedaron cortos. ~

– Gabriel García Jolly

 

Sr. director:

Sostener que un diálogo entre creyentes y no creyentes no lleva a nada, sólo porque uno no convencerá al otro, es irresponsable. Bajo ese criterio dejaríamos de discutir no sólo de la existencia de Dios sino casi de cualquier tema. Eso no quiere decir que un diálogo aporético (al estilo de los Diálogos de juventud de Platón) no sea pertinente y fructífero. Lo que pasa es que la verdad florece en el otro no como uno quiere sino como el receptor quiere y puede. Por eso, a pesar de ser apenas una fugaz muestra de sus argumentos y su talento, les agradezco a Guillermo Fadanelli y Héctor Zagal que hayan compartido sus pensamientos. Que en el fondo sea irreconciliable la creencia en Dios con la creencia en que Dios no existe no debe impedir que se discuta el asunto. Sobre todo –y Zagal se percata de ello– porque puede llevar a concluir que tenemos preocupaciones y sentimientos comunes (yo comparto un poco el pesimismo de Fadanelli) con los que podemos acordar soluciones comunes.

Para aportar una idea a la discusión esbozo una tercera vía (y no me refiero a la de Tomás de Aquino). Los autores discuten entre un mundo con Dios –gracias a ello, con sentido– y un mundo sin Dios, sin sentido y con un amargo “ya ni modo”. Sin embargo, hay otra posibilidad: un mundo sin Dios, pero con sentido, con anhelo de felicidad y un claro sentimiento del deber hacia el otro. Se puso de ejemplo el sufrimiento humano, y Zagal dijo que sin Dios la injusticia tiene la última palabra. Fadanelli respondió que ese sufrimiento no tiene propósito, sucede y carece de sentido. Yo les digo a ambos: ¡qué cómodo! Claro, ante el niño leucémico que sea lo que Dios quiera, o un simple “caray, qué cosas tan absurdas hay en este mundo”. En un mundo sin Dios pero con sentido, la respuesta ante el dolor humano es: “yo debo hacer algo porque nadie más lo hará”. El hombre es el creador del sentido. Si hay sufrimiento debo ayudar a disminuirlo. Si es algo que no puedo resolver de inmediato, al menos debo apoyar a los científicos para que en un futuro encuentren la cura de la leucemia.

La conclusión compartida con los autores: trabajemos una ética pública procedimental, sin presupuestos metafísicos, con criterios mínimos de entendimiento. ~

– Daniel Vázquez

 

[Cartas resumidas por la redacción.]

 

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