Bush ante la crítica

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Hace poco más de un año, el 2 de mayo del 2003, el presidente de Estados Unidos aterrizó espectacularmente sobre el portaaviones Abraham Lincoln para proclamar el fin de la guerra en Iraq. A pesar de que el inmenso barco estaba a pocas millas de la costa californiana, Bush eligió para la ocasión no un helicóptero, sino —en obsequio del dramatismo— un avión de combate S-3B Viking. Bush, vestido como piloto en plena guerra, descendió de la aeronave con una enorme sonrisa y, sin más, se dirigió hacia los micrófonos. Allí, el presidente anunció que la guerra en Iraq había terminado. Desde entonces, más de quinientos soldados estadounidenses han muerto en el Golfo Pérsico. Las armas de destrucción masiva que el gobierno republicano había promovido como motivo principal para la invasión (“Iraq puede comenzar una guerra en menos de 45 minutos”) siguen sin aparecer, y la famosa liberación del pueblo iraquí (segundo pretexto de Bush para la campaña militar) se ha visto ensuciada por un torpe proceso de transición encabezado por Estados Unidos. Más allá de la captura de Saddam Hussein, es difícil encontrar un solo asunto que haya obtenido el resultado que el gobierno de Bush esperaba. Desde las violentas guerrillas en Fallujah y Najaf hasta la obstinación por implementar, a gran velocidad, una democracia liberal en un país que no la acostumbra, los republicanos han tropezado una y otra vez. La última piedra fue el escándalo de la cárcel de Abu Ghraib. Allí, los soldados estadounidenses, en una demostración de crueldad digna de Uday Hussein, se encargaron de echar por los suelos la poca legitimidad que quedaba a Estados Unidos entre la encolerizada población árabe. El antiamericanismo es, ahora, la verdadera religión de la zona.
     Sin embargo, los ataques más severos que ha recibido la administración Bush no se han originado en el desierto iraquí. En un hecho prácticamente sin precedentes, el gobierno republicano se ha visto lastimado por una genuina avalancha de publicaciones en su contra. Los estantes de las principales librerías de Estados Unidos están plagados de títulos que denuncian a George W. Bush desde todos los flancos posibles. El asunto que sorprende, sin embargo, es que la mayoría de los libros no parten de la acelerada imaginación cómica de Michael Moore o Al Franken, figuras mediáticas favoritas de la izquierda light estadounidense. El grueso de los libros en contra de Bush ha sido escrito por reconocidos periodistas, académicos de renombre o, en el más notable de los casos, miembros del propio gobierno, verdaderos insiders que, por una u otra razón, se vieron relegados por la Casa Blanca en el transcurso de los últimos tres años. Sería sencillo descartar a estos autores como resentidos políticos: después de todo, una vez despedido, ¿quién habla bien del jefe? No es el caso: no hay, en los libros escritos por los miembros del círculo más cercano al presidente Bush, ninguna voluntad de venganza. Lo que sí está allí, más claro que el agua, es el deseo de desnudar a un gobierno que ha hecho las cosas de manera equivocada.
     El primero en abrir fuego fue Paul O’Neill. Primer secretario del Tesoro de la administración Bush, O’Neill ha sido por años un respetado líder republicano. Era un candidato ideal para pertenecer al gobierno de Bush, tras formar parte de otras administraciones republicanas y, después, haberse dado a la tarea de encabezar, con mucho éxito, la transnacional de aluminio Alcoa. Era ideal: un republicano de la vieja guardia, con experiencia profesional del más alto nivel en la iniciativa privada. Además, O’Neill podía presumir de tener una larga amistad con Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Es precisamente esta lista de atributos afines a la filosofía de la administración Bush por lo que el libro de O’Neill causó un verdadero sismo político en Washington. Y no era para menos: el Bush que el autor describe es un hombre superficial y simple, que vive bajo la tutela de Cheney y demás miembros de la cofradía neoconservadora. En cuanto a Iraq, para O’Neill la cosa está clara: Bush había decidido ir a la guerra contra Saddam mucho antes de encontrar un buen pretexto. La Casa Blanca respondió al libro de O’Neill tachándolo de resentido y desinformado, y se sentó a ver pasar la tormenta. Para desgracia de la administración Bush, lo dicho por O’Neill fue sólo la llovizna antes del chaparrón.
     Algunos meses después, Bob Woodward, el célebre periodista y editor del Washington Post, publicó su segundo libro sobre la administración Bush. En el primero, Bush at War, aparecido al poco tiempo del inicio de la guerra en Afganistán, Woodward hacía el retrato de un Bush que, si bien era impulsivo y dogmático, también parecía un hombre decidido e incluso audaz: un valiente cowboy dispuesto a utilizar los misiles que le cuelgan del cinturón, si de proteger a su pueblo se trata. Woodward, en efecto, parecía más un reportero novato, encantado por sus fuentes, que el inclemente periodista que derrumbó a Nixon. En el segundo libro, Plan of Attack, Woodward parece volver por sus fueros, al menos cuando se trata de analizar al equipo del presidente Bush. En este nuevo libro, Colin Powell, el secretario de Estado, no es más que una sombra cabizbaja. Powell se ha convertido en la gran víctima política de las decisiones de Bush. El galardonado general, alguna vez joya de la corona republicana, ha sido lentamente ridiculizado por el gobierno para el que trabaja. La doctrina Powell, que hasta antes del 11 de septiembre se había convertido en la teoría militar por excelencia, ha quedado por los suelos. Asimismo, el vicepresidente Cheney, según surge del libro de Woodward, bordea la locura. Woodward parece sugerir que Cheney mueve los hilos de la Casa Blanca con intenciones casi psicóticas. Apoyado por Paul Wolfowitz, otra figura incendiaria, Cheney es quien construye el escenario para llevar a Estados Unidos hasta Bagdad. Mientras todo esto ocurre, Bush está cerca de representar un personaje secundario. Tranquilo —casi indolente—, el presidente planea la guerra en Iraq desde algunas semanas después del 11 de septiembre. A pesar de que Woodward parece querer proteger al presidente, cualquier lectura detallada puede encontrar los hilos que mueven al joven Bush. El libro no logra otra cosa más que afirmar la imagen de un Bush mesiánico, fácilmente manipulable y, a fin de cuentas, francamente peligroso.
     Pero, más allá del escrito por Woodward, el libro que más daño ha hecho a la imagen que los republicanos han querido dar de la administración Bush es el de Richard Clarke. Este autor, el máximo experto de la última década en el gobierno estadounidense sobre terrorismo, ha escrito una devastadora reseña del modus operandi del círculo interno de Bush frente a la amenaza fanática. Para Clarke, que no tiene filiación partidista alguna, la ceguera estadounidense frente al peligro de Bin Laden y compañía comenzó en el gobierno de Bill Clinton, que hizo poco y obró mal para acabar con las redes que después darían como resultado el caos del sur de Manhattan. Pero la verdadera crítica de Clarke se centra en la disparatada estrategia de la administración Bush. El gobierno republicano puso en la mira al enemigo equivocado: Iraq poco tenía que ver con el verdadero reto de defensa que Estados Unidos enfrenta —y enfrentará— en el siglo XXI. Para Clarke, Saddam Hussein era un enemigo obsoleto, de otros tiempos. Peor aún: era un tigre sin garras; un perro al que sólo le quedaba ladrar. Para desmantelar el sistema de Bin Laden había que haber puesto más atención en factores que nada tenían que ver con el régimen descocado de Saddam. Pero el gobierno de Estados Unidos tenía otras intenciones. De acuerdo con el vertiginoso principio del libro, Wolfowitz y Cheney (los sospechosos comunes de esta particular tragedia) aprovecharon los ataques del 11 de septiembre para avanzar sus posiciones ideológicas dentro de la Casa Blanca. El objetivo, para los neoconservadores, nunca fue Al Qaeda: el plan fue, desde siempre, Iraq. En el libro de Clarke, Bush es retratado, de nuevo, más como un gobernado que como un gobernante. No es la suya la mano que mece la cuna.
     A los libros de O’Neill, Woodward y Clarke habrá que sumar los que seguramente aparecerán en los próximos meses, detallando los inhumanos abusos cometidos en la prisión de Abu Ghraib. La milicia, la pieza del rompecabezas que más enorgullecía a Bush, parece estar también al borde del colapso. Lo cierto es que, a todas luces, la campaña en Iraq ha resultado, en el mejor de los casos, una auténtica irresponsabilidad de consecuencias inciertas. En el peor de los casos, la aventura de Bush en el desierto puede convertirse en un caldo de cultivo para futuros y más furiosos terroristas. En suma, el sueño de Bin Laden: el mundo islámico colérico y con ganas de pelea.
     Lo más notable de todo el asunto es que los estadounidenses no parecen querer cobrarle la factura a su presidente. A seis meses de las votaciones, el electorado estadounidense permanece dividido por partes iguales entre Bush y el candidato demócrata John Kerry. Por increíble que parezca, la mitad de los votantes potenciales aún considera la posibilidad de darle una segunda oportunidad a un hombre que ha tirado por la borda un superávit histórico, ha llevado a su patria a la guerra equivocada por las razones equivocadas, y ha reducido la práctica del poder a un constante ejercicio de ciega fe. Es una lástima. ~

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