Carta de Londres

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El problema con el arte actual es que sus límites son imprecisos. Cualquier cosa —un bote de basura, lo que sea, y no sólo los videos, instalaciones, esculturas de plástico de niñas con un pene en vez de nariz y otras ocurrencias ya de costumbre— puede ser arte serio. Eso no es tan grave porque, aunque hay manga ancha estética, se guardan diferencias: no todo tiene el mismo mérito, y eso indica salud. Se puede distinguir entre el grano con inventiva y la paja mediocre y de cajón.
     No conviene rechazar en bloque el arte actual como viejito gagá que ya no entiende nada. Se pueden rechazar trabajos particulares, pero no, por ejemplo, épocas, estilos o géneros: es absurdo. En el arte actual hay error, simulación, mediocridad, tanto como en cualquier otra época; pero hay también talento, inventiva y aun genialidad, también como en cualquier otra época, y no tendría por qué ser de otro modo.
     Esta prédica viene a propósito de mi visita a la Tate Modern de Londres. Ese museo, junto al Támesis, que aprovecha, y de qué manera, un viejo edificio que albergaba una gigantesca planta de energía eléctrica, es un milagro. Porque siendo, como es, un museo de arte actual de sentido difícil de captar, tiene miles de visitantes: gente de todas las clases sociales, familias, parejas de todas las edades, amigos, se aglomeran ahí, sobre todo los fines de semana. Cierto que no se cobra la entrada, y que la vista del río curvándose y de Londres desde los pisos altos es un deleite; pero eso no es suficiente para explicar las multitudes habituales.
     Visité la Tate Modern y me llevé una sorpresa: se trata de una instalación gigantesca, que ocupa todo el hueco donde estuvo el patio de máquinas, enorme espacio de, digamos, cuadra y media de largo y unos veinte pisos de alto, que congrega a muchísima gente, digo, es difícil calcular, unos ciento cincuenta espectadores, unos de pie, otros acostados en el suelo. Parecía una especie de playa interna, y la gente tomando el sol, porque, bueno, la instalación era eso, un sol brillante, luminoso, muy rojo (como se ve el sol cuando va saliendo o se va ocultando), de unos quince metros de diámetro. Y, a todo lo largo del techo de la planta, un espejo de acrílico (la gente acostada mira su imagen pequeñita en el techo). Por no sé qué efecto de óptica, cerca de donde está el sol todos los colores son absorbidos: sólo los tonos de amarillo anaranjado prevalecen.
     El trabajo es emocionante, fresco, simple a su modo, inmensamente creativo. Su autor se llama Olafur Eliason y es danés, pero vive desde 1967 en Berlín. Es la instalación más impresionante que he visto en mi vida. Perfecta para refutar contundentemente a quienes rechazan en bloque el arte joven de hoy en día.
     En la Royal Academy, algo muy diferente, para todo hay gustos. Se expone a un clásico del siglo XX, el gran intimista Vuillard, el amigo de Bonnard. La primera mitad de su vida activa Rothko, Gorki o Kline fueron artistas mediocres, de muy dudoso talento, pero en la segunda parte les habló por fin la musa. Vuillard es al revés: de joven, pintando cuadros pequeños, controlados, con temas modestos, fue brillante. De viejo se hizo un pintor cursilón, mediocre y sin interés. ¿Qué le pasó? Es muy sencillo, puso su arte al servicio de las damas elegantes y de los caballeros ricos y poderosos, es decir, pintaba cuadros enormes, para decorar las mansiones de los plutócratas; pintaba retratos, también muy grandes. En la medida en que perdía escala, modestia y libertad, perdía calidad.
     Su amigo y compañero Bonnard se encerró a pintar en el sur de Francia, olvidado, y depuró su arte hasta alcanzar esa maestría en el colorido en la que nadie lo ha igualado (decían que “no hay violeta como el de Bonnard”, y no, no hay violeta, ni amarillo ni rojo, ni… elige tú el color).
     Vuillard, en cambio, que empezó tan bien o mejor que Bonnard, se corrompió, ganó mucho dinero, se codeó con el gran mundo, y en arte no alcanzó ya nada. Esta desdichada historia de Vuillard me parece, en muchos y diversos órdenes de la vida, la verdad frecuente. ~