Cohen, toma este vals

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Pasada la noticia del premio Príncipe de Asturias de las Letras 2011, vendrá la ceremonia de entrega en otoño. Quizás Leonard Cohen pensará en un viejo poema de Flores para Hitler, ¿Qué estoy haciendo aquí?: No sé si el mundo es una mentira, yo he mentido, no sé si el mundo ha conspirado en contra del amor, yo he conspirado en contra del amor. En otoño el viejo bardo regresará a la tierra de la que fue expulsado en 1492 por el Edicto de Granada. En la ceremonia de otoño Leonard Cohen recordará, lo sé con toda certeza, a Lorca, a Machado, a Morente y su bella y sufrida versión de “Take this waltz”. Cohen agradecerá, también lo sé, a las guitarras de toda España, las mismas que, desde el inicio, le confirieron la música a su poesía.

El otoño es la mejor época del año en Montreal. Con suerte volveré a la ciudad donde nací, la ciudad que, como en el poema de Kavafis, me inició en el prodigioso viaje; Montreal: sin la isla jamás habrías partido. Es en pleno otoño cuando ocurre el quimérico cambio de color en los follajes. Con una suerte inusitada, casi un milagro, en otoño me volvería a encontrar, como hace años, a Leonard Cohen sentado en la barra de Bagel, quizás el más acogedor local sobre el bulevar Saint-Laurent, sur le Plateau Mont-Royal, el mítico barrio donde no solo Cohen, sino también el novelista Mordecai Richler y cientos de miles de desconocidos hemos jugado y crecido bajo el imperio del frío más atroz y del verano más despiadado. Por eso el otoño es la mejor estación del año en Montreal. Por eso prefiero volver: porque en las canciones de Leonard Cohen suena el otoño y suena el vals vienés con el que, como ocurrió en el sueño que tuve la otra noche, yo también bailaba con la mujer de profundos ojos negros.

El próximo otoño, Leonard Cohen traerá noticias del pasado: su prolífica obra, su poesía, las letras de sus canciones, el hotel Chelsea, las largas temporadas pasadas en la isla de Hydra, los retiros zen, la juventud y la vejez, la imagen de un manoseado ejemplar de Beautiful losers en la casa de mis padres, la ordalía que vive Lawrence Breavman como la más personal odisea, el recuerdo de esa primerísima y autobiográfica novela, The favourite game, quizás el primer libro que compré y en el que todavía encuentro el dolor y la gracia de mi propia adolescencia, ese libro de bolsillo que resguarda la misma emoción que, en su momento, me provocó cierto pasaje: Déjalo ir como ahora. Deja que la velocidad no disminuya. Deja que la nieve permanezca. Permíteme que la camaradería con mi amigo jamás sea abolida. Permitámonos nunca hallar cosas distintas que hacer. Jamás nos evaluemos uno al otro. Deja que la luna se quede en el mismo lado del camino. Deja que las chicas sean neblina dorada en mi mente, como la luz de la luna oculta tras las nubes, o como el resplandor de neón que cubre la ciudad. Deja que la guitarra eléctrica siga vibrando a la voz de esta declaración: Cuando perdí a mi chica, casi perdí la razón.

En la misma novela, la injustamente relegada al olvido The favourite game, el talentoso joven escritor de veintinueve años logró capturar la esencia de una ciudad y un país que nadie hallará en otra parte: Algunos dicen que nunca dejas Montreal, porque la ciudad, como Canadá mismo, está diseñada para preservar el pasado, un pasado que ocurrió en otra parte.

En múltiples ocasiones, yo he abandonado mi ciudad de origen sin escrúpulos ni remordimientos, si bien siempre termino por volver a ella y a la música y los viejos libros de Leonard Cohen. No es problema ni destino: mi vida, mi pasado, al igual que el de Montreal, ha ocurrido en otras partes.

Llegará el otoño en Montreal y en Oviedo. En 2007 Bob Dylan estuvo injustificablemente ausente. Ojalá no sea el caso con Leonard Cohen. No lo creo. Será emocionante volver a escuchar a Leonard Cohen en la ceremonia de entrega de su muy merecido e incuestionable premio Príncipe de Asturias 2011. Intuyo sencillas palabras de agradecimiento como una manifestación más de su humildad ante la forma en que aborda el fenómeno creativo, llámese poesía, novela o música. Una vez más, será prescriptivo no perderse sus palabras.

Tengo dos amigos que han tenido la dicha de ver a Leonard Cohen en vivo. Yo no, y los envidio. Uno de ellos asistió y por sus propias pistolas cubrió para Rolling Stone un concierto en el Teatro Beacon de Nueva York que, con los 75 años que entonces cargaba a cuestas el cantante, duró más de tres horas. El otro amigo me escribió al día siguiente de la noticia acerca del premio Príncipe de Asturias: “Me acuerdo de Cohen leyendo en un silencio absoluto, en un Madison Square Garden repleto: There’s a crack in everything, / that’s how the light gets in”.

Así será: una grieta partirá en dos el próximo otoño. La luz entrará a través de ella, el mundo volverá a mentir, y todos conspiraremos una vez más en contra del amor. ~

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