Criadas

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Querida C:
     Tu invitación a rendir testimonio en el documental que tramas sobre “las criadas” me conduce a algunas reflexiones y a un recuerdo. La reflexiones son baladíes, como todas las que se refieren a ese tema bochornoso, hecho de la peor conciencia, o de algo aún peor: de buena conciencia. Es fácil caer en un rollo engorroso que instantáneamente gesticule sociología, exija reparaciones o declame justicierismo; o caer en ese lugar común de revolucionarios y burgueses que lamentan el horror con que se trata a las criadas, en público, a la vez que se esmeran en ampliarlo, en privado. El hecho es que pertenecemos a una cultura que, desde tiempos inmemoriales, venera la esclavitud tanto como la hipocresía. Habrá además abundantes tesis y libros sobre el tema, que sin duda incluirán capítulos sobre el diminutivo “chacha”, el afectuoso “nana” o el clasista “gata”, y sobre cómo antes se llamaban Eulogia y ahora son Leididís.
     Las criadas son seres misteriosos: pululan por las honestas casas, conocen sus secretos, se “crían” en sus contradicciones, emulan sus horrores, imitan a la señorita, padecen al señorito, interpretan las patologías hogareñas, lo saben todo mientras padecen su múltiple condición de actrices, público, víctimas y verdugos. Huríes de pacotilla, sibilas de zaguán o maestras milagrosas (como la Ifigenia que introduce al niño Octavio Paz al misterio del temascal), dulces consejeras o amargas harpías, espeluznantes o cachondas, son las madres vicarias del niño solitario, las asesinas de Jean Genet o las putas del patrón (como en la Amalia de Rosario Ferré, novela que deberás leer). Pero también sus maletas de cartón, al abrirse en el infame sótano o en la azotea, contagian la casa de su paralelo mundo pueblerino. Porque, claro, las criadas traen su propio misterio partiquín, e ingresan en la casa historias, dramas, sabidurías o una sexualidad fácilmente abusable por miedo o interés, como la pobre Epifania correteada por su novio y por su Novo, o la muy antigua Fotis que menea deliciosamente las nalgas y el puchero en El asno de oro. Dice Monterroso, en texto exacto y definitivo (“Las criadas”) que las patronas quieren a sus criadas “porque son los últimos representantes del Mal y porque nuestras señoras no saben qué hacer sin el Mal y se aferran a él, le ruegan que por favor no abandone esta tierra”. Duquesas de la quesadilla, emperatrices de la lejía, viven en la casa, pero no; participan de sus dramas, pero no; siempre están en la primera fila del teatro donde la familia oficia, cada día, el capítulo de su melodrama mezquino, mientras ellas hacen anuncios de Maestro limpio, pero en vivo.
     Ahora el recuerdo. Yo andaba por los trece y llegó a trabajar a casa una muchacha llamada Sarita, alteña agraciada, regordeta, de mejillas amplias, ojos verdes, pompadour de laca y unos fastuosos pechos que me deslumbraban. Los viernes en la noche, cuando mis padres salían, se me permitía mirar la tele una hora que invertía en un programa policiaco. Sarita, modestilla, comenzó por sentarse allá atrás. Sabedora de la forma en que sus pechos me turbaban, no tardó en negociar el permiso de palparlas a cambio de ver lo que le gustaba a ella, que era la lucha libre. Acepté el trueque, desde luego, y fui muy feliz. En la pantalla Blue Demon aplicaba a sus rivales la nefasta “doble nelson” mientras yo hacía lo propio con los trofeos de Sarita. Años más tarde, escribí este soneto ripioso:

Las chiches de Sarita

De Sarita palpé la vasta chiche
     una noche de viernes exaltada
     cuando aceptó que la febril mirada
     a la mano cediera su fetiche.

Infierno y cielo juntos, el boliche
     —ojo alelado y mano fascinada—
     observé, y la pulpa sonrosada
     movilizó mi alma cual derviche.

Los bellos pechos de la audaz mucama
     posaron en mi mano su calibre
     y en mis ojos su grave panorama:

yo cantaba el deseo como un felibre,
     pero como ella nunca fue una dama,
     prefería a mi pasión la lucha libre.

Pero Sarita sí se hizo dama. Un gringo amigo de mis padres, viudo reciente y adinerado, de nombre Mr. Sommers, comenzó a pretenderla, previo permiso de mis padres, en quienes veía a sus guardianes. El breve cortejo se llevaba a cabo en la sala de mi casa en ciertas noches pactadas, luego de que Sarita había terminado sus deberes. Mr. Sommers llegaba con flores y peluches y, monolingües ambos, mal charlaban con un repertorio de ruidosos gestos. Mi madre le impartía unas apresuradas lecciones de modales y yo sufría horrorosas de amor dulces querellas. Un buen día, la pidió en matrimonio y ella accedió sin remilgos. Lloré en secreto tras una pila bautismal, claro. La pareja se mudó un año después a Texas y poco tiempo más tarde Mr. Sommers sucumbió —osé pensarlo— ahogado en el doble océano de Sarita. Ella regresó a Monterrey, bien abastecida por herencias y seguros de vida. Visitó de inmediato a mi madre, que la recibía en la sala, le servía café con galletitas y la obligaba a practicar su inglés. Un día nos invitó a su casa, elegantona, con espejos y sobredorados y sillones forrados de hule. Dos criadas sirvieron canapés de jamón endiablado. Fin. –