Crónica de un desayuno

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¿Hay vida para el cine mexicano después de Amores perros? En relación con el público, sólo con enormes esfuerzos, como se advierte en los estrenos de los meses consecuentes: han pasado por la cartelera todo tipo de empeños, desde el registro poético de las voces perdidas (Del olvido al no me acuerdo de Juan Carlos Rulfo) al frenético proceso adolescente de ajustar cuentas con el porvenir adulto (Por la libre de Juan Carlos de Llaca), la comedia de crítica política de corte tradicional (En el país de no pasa nada de Mari Carmen de Lara) o el melodrama de reflexión sobre cuarenta años de destierro físico e ideológico (En el claroscuro de la luna de Sergio Olhovich), sin que quede mucha huella de sus méritos o defectos. Pareciera que el cine mexicano, o su público local, sólo esperan la otra obra límite, la que apueste todo a la repulsión, al salto al vacío, a la rebelión circular, la que cale en llagas más purulentas que las de la cinta de González Iñárritu; una obra como Crónica de un desayuno, de Benjamín Cann, que provocó desfiles de espectadores asqueados en su presentación en la Muestra Internacional de Cine de primavera, que fue después una papa caliente en manos de su promotor y distribuidor original, el ineficaz Imcine, y que llamó la atención de la transnacional Columbia Pictures para llegar a la cartelera comercial, quizá con la esperanza de atraer al público azotado y desgarrado de Amores perros desde la frase publicitaria "Para romperte la madre nadie como tu familia".
     La jugada funcionó en principio, pero no al final: el público asistió con desconfianza y salió aterrado. Es claro que esa era la intención básica del director teatral y televisivo Cann en su tercer largometraje (y primero que alcanza al público masivo) y lo declara
     desde la primera secuencia, donde un ínfimo empleado de estanquillo (Odiseo Bichir) castra al travesti (Eduardo Palomo) con quien ha querido tener un torpe acostón. A partir de allí, todo es desventura acumulada: en un departamento de la Narvarte, una familia absolutamente disfuncional se empeña en no hacer nada; Marcos (Bruno Bichir) lamenta desde su sofá la patiza que le acomodó un frágil rival de amores (Roberto Sosa); como Linus con su frazada, Marcos va con su sofá a todas
     partes, sea al baño o a la cancha de basquet; su hermanito Teo (Miguel Santana, refrendando la maldición de los niños actores en el cine mexicano) se retuerce en palabrerías necias ("¡Marcooos, el radioooo! ¡El radio amarilloooo!" es su línea típica), sobreactúa cada reacción, parodia a su madre (María Rojo), burócrata imprecisa que gira en torno al eventual regreso del esposo fofo e indiferente (José Alonso), que vuelve tras años de abandono; la hija Blanca (Fabiana Perzabal) se va del departamento, pero quizá no, pues el taxi que pidió no tiene para cuándo llegar ni, cuando lo hace, para cuándo irse.
     Estamos ante una familia en suspenso, al filo de cualquier decisión: la idea, que funcionaba como teatro en su versión original de Jesús González Dávila, tiene mil posibilidades aún en su paso al cine y Cann recurre a todas, buenas, excelentes y suicidas, sin medir consecuencias. Mala buena idea 1: Que tu productor sea un excelente actor, Bruno Bichir, que se asigna el papel más lucidor. Bichir simplemente no se deja dirigir, se engolosina en sus hallazgos (un niñote quejumbroso de lamentos infinitos. Frase prototipo: "¡Nomequiten laguaaaa! ¡Chingá, nomequiten laguaaaa!"; cualquier semejanza con las de Teo sólo indica que algo apesta en el guión) y termina permitiendo que la película sea, en términos de actuación, "Cada loco con su tema". Mala buena idea 2: Que además te produzcan Epigmenio Ibarra y Mattias Ehrenberg, las potencias detrás del taquillazo que fue Sexo, pudor y lágrimas. Pero son otra cosa: como evidencia la película de Antonio Serrano y las telenovelas amparadas por Ibarra, se vende psicopatología particular como cuadro social ("Así son las mujeres, así son los hombres") y psicodrama como argumento ("Bienvenidos a la película de parejas inadaptadas de hoy: tenemos en la mesa al megalómano con tendencias suicidas, a la madurona repudiada por sus hijos por babosa, a la hija drogadicta por nunca haberse bajado de su BMW, al travesti enamorado del junior executive que…"). Su huella en Crónica de un desayuno es la de un virus que contamina la fluidez de los personajes y de una situación que, para colmo, tiene su apuesta mayor en la inmovilidad. Mala buena idea 3: Basar el juego dramático en una idea tentadora, provocadora, pero que requiere más de lo que Cann puede manejar. La familia está paralizada en una no-dinámica en que nada se cumple, en que todo se pospone. En Los indolentes (1977, José Estrada), una familia porfiriana vivía en el sopor de esperar, en pleno avilacamachismo, a que volviera el antiguo régimen. Aquí se espera, simplemente, que acabe el día o alguien pueda salir de ese departamento sala-de-El ángel exterminador. Pero Cann vende demasiado pronto su astucia narrativa: a la media hora de película ya se agotó la sorpresa del recurso sin que se renueve. La película misma termina dominada por su tema y deja de avanzar.
     ¿Qué sostiene a una película que se vuelve previsible tan pronto, que vende su acumulación de desdichas con tanta facilidad que uno adivina que la vecina (Angélica Aragón) que cuida palomas y cuya pareja se las descuartiza se lanzará al vacío porque desde el principio está en lo alto de una torre y, además, es Angélica Aragón, la nueva mártir del santoral feminista? Precisamente el frenesí de Cann, que no deja de poner en escena ocurrencias, muchas de las cuales le llevan a metas notables: reunir a María Rojo y a José Alonso como la pareja opuesta a la de La tarea; y la bendición de dejar a Alonso dormido la mayor parte de la película y a Rojo haciéndose cargo de los mejores momentos, ya son gestos de sabiduría. La secuencia del trompetista asomando por la ventana como un ángel, tocando "Un poco más" mientras Rojo estalla en distintos grados de histeria, queda para una futura antología de lo mejor del cine mexicano de la última década. La vida que le queda a éste después de Amores perros empieza a mostrar brotes de plantas carnívoras y, quizá, caníbales, pero, por fortuna, nada está escrito aún. –

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