Del otro lado de lo real

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Esther Seligson falleció de un infarto al miocardio el lunes 8 de febrero pasado, al mediodía, en la ciudad de México. Nacida en 1941 de judíos ashkenazíes –padre polaco y madre rusa–, al momento de partir la escritora mexicana había publicado dos novelas, cuatro volúmenes de ensayos y crítica teatral, cuatro de poesía, diez de ficción breve (cuentos y microrrelatos engarzados con aforismos), y esa obra híbrida e indómita que es Simiente (2004): poesía, memoria, prosa en torno de la muerte del hijo menor. Todo esto, en el lapso clásico de una generación: cuarenta años, de Tras la ventana un árbol (1969) a Cicatrices (2009). Además, la autora ha dejado inéditos tres títulos: las memorias Todo aquí es polvo, el libro de varia invención Escritos a mano –poemas, relatos, aforismos y su diario de viaje al Tíbet– y el tomo de ensayos sobre literatura, teatro, pintura y política, Escritos a máquina.

Acaso salte pronto también su correspondencia con Francisco Tario y E.M. Cioran. Pero, en resumen, ahí está el inventario. Salvo la dramaturgia, Seligson tocó todas las orillas y se adentró en todos los territorios de la expresión literaria –y aun diciendo así tendríamos que ir con tiento: textos de la parte final de su antología narrativa Toda la luz (2006) podrían ser llevados a escena en su condición de monólogos dramáticos.

¿Cuál es el lugar de Seligson en la literatura de nuestra lengua? Hasta ahora, uno secreto. Autora de culto, raudamente reducida a sólo “la traductora de Cioran”, Esther Seligson vivió largas temporadas en el extranjero; publicó buena parte de sus títulos en sellos marginales; no se vinculó a grupo literario alguno y tampoco ejerció ningún poder en el circuito de la burocracia cultural o universitaria. Estudiosa, y en serio, de saberes atípicos –la astrología, el tarot, la acupuntura, la gemoterapia, la cábala y cualquier forma de mitología y religión–, fue también atípica en su ejercicio de la escritura: fuera de sus textos ensayísticos y de crítica teatral, y circunscribiéndonos a la ficción, Seligson es una voz heterodoxa y experimental en la deriva reciente de las letras hispanoamericanas.

Para empezar, hablemos de su estilo. En cualquier página de, por ejemplo, La morada en el tiempo (1981), Sed de mar (1987) e Indicios y quimeras (1988), destaca una escritura absoluta: es el suyo un decir sintácticamente denso (oraciones proustianamente largas, adjetivos y aposiciones que saltan aquí y allá para complicar el matiz) y dotado de un lirismo que, gracias a un fecundo léxico de particular relieve sinestésico, va de lo elusivamente intimista a lo elegantemente revelacional. Si buscamos una estilista en el sentido clásico, no hay sino que empezar por estos escritos de Esther Seligson: aquí el lenguaje revela –único protagonista– su ejemplar sabiduría. Que consiste en lo siguiente: no hay conocimiento introspectivo, no hay expedición a la memoria y los sentidos sin una extremada conciencia de nuestra plural naturaleza lingüística.

En paralelo, está un disruptivo acercamiento a la ficción: sin aspavientos, sin publicitarse como una voluntariosa demoledora proexperimental-antinarrativa, Seligson una y otra vez se niega a la expectativa de la trama y los personajes. En la mayor parte de su ficción –la excepción principal es Cicatrices, que en varios de sus relatos hablaría de una retadora evolución, ya en su vejez, hacia la narrativa más realista–, la autora se dedica al develamiento de estados emocionales y aprehensiones sensoriales, ya sea reescribiendo el mito griego o la antigua historia judía, ya delineando escenarios de ciudades modernas. Lo que estreñidamente llamaríamos “paja narrativa” no existe en sus páginas: predomina una voz que muestra prístinamente colores, formas y olores, que difunde el ir y venir en la psique de la melancolía y la nostalgia, el amor y su ausencia, el dolor, la soledad. No importa aquí lo que pasa, sino lo que permanece en forma de conmoción furtiva, de espesa resonancia en el lenguaje. Lo anarrativo se deriva de la manifestación de otro tipo de sensibilidad, de un modo no racional de apropiarse de lo que se halla del otro lado de lo “real”, uno en que importa menos el sonido que su eco, menos el movimiento de un cuerpo que la sombra que deja al deslizarse. La historia de una pareja de amantes es, no narrada, sino reconstruida desde los sentidos en las diez prosas de Isomorfismos (1991); el encuentro erótico es, no narrado, sino verbalizado a través de todo lo que no sea El Incidente en Diálogos con el cuerpo (1981); la galería de personajes de un pueblo asturiano se va disolviendo en una marea olfativa, visual, táctil en “Por el monte hacia la mar”, de Luz de dos (1978). Ese cariz indócil ante las convenciones explicaría, sin justificar, la lejanía que el lector y la crítica han marcado ante una prosa de ficción que entronca con la de Virginia Woolf o Clarice Lispector o Manuel Torga, en un tiempo en que ni la densidad ni la profundidad –mucho menos cuando vienen de la periferia– son recibidas por el mercado, y sólo con ciertos retrasos por la crítica.

También, a la par de los volúmenes de poesía –antologados por la misma autora en Negro es su rostro, de próxima publicación en el FCE–, habría que citar Simiente, de una contundencia emocional como pocos libros de nuestra lengua. Desentendido de las distancias entre prosa y poesía, el discurso de esta obra fractura la sintaxis, construye y destruye el ritmo de la frase, convive con dibujos y textos ajenos, al tiempo que narra-y-no-narra una historia de dolor y pérdida: libro para “lectores de alma ya formada”, Simiente ejemplifica la propensión tácita de todo texto nacido de una sacudida interior tan radical como la tragedia (el suicidio del hijo) que le dio origen: desbordarse fuera de todo lindero, socavar la corrección y la limpieza, amenazar la misma actitud complaciente o distante de quien se acerca a la escritura ajena. Así, Seligson logra la máxima aspiración de cualquier autor que no sabe qué es eso de salir intacto de la colisión entre escritura y memoria: condensar, como en un halo de luz, la emoción en la palabra hasta tocar muy hondo en la sensibilidad de su lector, merced a un artefacto textual que deja de ser solamente literatura y se convierte, punto de no retorno, en vivencia.

Por libros como Simiente, La morada en el tiempo y Toda la luz, cuando el panorama literario hispanoamericano de entresiglos se independice de falsos prestigios y astutas confusiones urdidas por el arribismo, el nombre de Esther Seligson habrá de hallar su sitio, ya no marginal aunque siempre, eso sí, de una demandante lectura, como la artista genial de una obra en que se conjugan, gemelamente, la expresión de un mundo interior y un estilo de exigente experimentación. ~

 

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