Detenidos

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La madrugada del 12 de febrero, agentes de la Policía Preventiva de la ciudad de México detuvieron a Gerardo Sifuentes y Epigmenio León —de 30 y 29 años, respectivamente—, en la colonia Roma, a pocos metros de la casa del primero. En el expediente se afirma que tenían aliento alcohólico; no consta que estuviesen en estado de ebriedad, pero, en apariencia, la razón verdadera del arresto es que la Preventiva ofrece a sus oficiales una bonificación de 2,500 pesos por cada persona que presenten al Ministerio Público como detenido en flagrancia, o presunto responsable de un delito, para incrementar el número de detenciones.
     Sifuentes y León supusieron que, todo lo más, verían amanecer desde la oficina del Ministerio Público. Sin embargo, al llegar fueron acusados de robo de autopartes: dos espejos retrovisores. Como en el Distrito Federal ya no existe —desde noviembre de 2003— fianza para ese delito, los dos pasaron, en efecto, un tiempo breve en el mp, pero de allí fueron enviados, de manera “automática”, al Reclusorio Norte.
     En el área de ingreso del Reclusorio, León y Sifuentes aguardaron una semana mientras se realizaban peritajes y se tomaban declaraciones de testigos que avalaran la probidad de ambos. Para el viernes 20 se habían obtenido evidencias en cantidad suficiente (se pensaba) para que el dictamen fuese favorable…, pero de todas formas la jueza Julia Ortiz Leandro, del Juzgado 42 del Reclusorio Norte, les dictó auto de formal prisión. Hasta el día en que termino esta nota (12 de marzo) los dos siguen presos. Una nueva audiencia se celebró hoy, y habrá dos más antes de la sentencia, que se dará el día 26. Contra todo lo ocurrido hasta el momento, se espera que las inconsistencias en el proceso desde la averiguación previa —en la que los primeros abogados que tomaron el caso cometieron errores garrafales— puedan resolverse, y que los litigantes encargados actualmente de asesorar a Sifuentes y León logren su liberación y les restituyan su buen nombre con los recursos legales a su alcance.
     Sifuentes y León se distinguen de otros procesados porque son escritores —aquél, incluso, es becario del Fonca y ganador de premios internacionales— y varias cartas de protesta firmadas por sus colegas han aparecido en los medios. De inmediato, se ha aludido al elitismo que se achaca, siempre que intervienen en algún asunto público, a artistas e intelectuales, pero lo dicho en favor de los encarcelados (véase la carta de Carlos de la Sierra, Carlos Oliva Mendoza y Francisco Aguayo Ayala, La Jornada, 8 de marzo, o la firmada por cerca de trescientos escritores, La Jornada, 24 de febrero) apenas se ha referido a su oficio. En cambio, siempre se ha enfatizado que León —quien llevaba varios años trabajando como funcionario del Conaculta— y Sifuentes —quien tenía un empleo fijo en una agencia de publicidad además de su beca— no necesitaban robar… y que, en cualquier caso, no podrían haberlo hecho con la habilidad de especialista endurecido que se les atribuye. Los espejos fueron removidos con herramientas que León y Sifuentes, según todos los testimonios disponibles, no tenían, y cabe pensar que ninguno de los dos cometería la estupidez de robar justo frente a su propia casa. (En esto, los dos no se distinguen de millones de personas razonables.)
     Pero la declaración más importante sobre el caso puede ser la de Carlos Manuel Gurrea Magos, fiscal de la delegación Cuauhtémoc (La Jornada, sábado 28 de febrero), pues resume una actitud todavía peor que la mencionada arriba: una condescendencia paternal, segura de su infalibilidad, que se basa en generalizaciones hechas a la ligera y elevadas al rango de leyes inmutables: “a lo mejor en su juicio”, dice el funcionario, en medio de una argumentación más larga contra (parece) las simpatías mal encaminadas, “los escritores o cualquier otra persona no harían una cosa así, pero el alcohol transforma…”
     Gerardo Sifuentes y Epigmenio León son víctimas, por supuesto, de un celo descaminado en la aplicación de la justicia, con menos interés en la razón de los arrestos que en su cantidad y que ve los casos individuales como partes ínfimas de un reporte estadístico. Pero Gurrea Magos muestra que el problema sobrepasa incluso las injusticias que los dos escritores continúan padeciendo. La idea ridícula de que cualquiera puede “caer de la gracia” (y su corolario: que la autoridad nunca se equivoca al juzgar que así ha sucedido) se vuelve aterradora cuando se invoca como justificación de la arbitrariedad.
     Una amiga común, tras haber visitado a Sifuentes, volvió con historias que él ha sabido de otros presos inocentes, arrestados por estar cerca de la escena de un crimen, porque no pudo capturarse a otros, porque a veces, se diría, lo más fácil es ir contra quien menos puede defenderse. Ancianos que no pudieron quitarse de en medio durante un asalto, hombres sentenciados por malicia o ignorancia, jóvenes como León o Sifuentes —menos José Revueltas que José K, menos presos de conciencia que presas de un sistema inconsciente— permanecen, junto con los verdaderos delincuentes, en nuestras prisiones. ~

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