El perro de Kodelka

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     El perro lleva meses observándome,
     aunque no veo sus ojos
     en el follaje espeso que es él mismo:
     más honda es su mirada mientras menos
     pueden mis ojos igualarse
     con los suyos.

     Silueta negra y congelada como un látigo
     que en el momento de plegarse
     para dar
     al aire unos azotes,
     se detuviera para siempre en su resorte.

     Para siempre:
     si en ese borde caben cien inviernos,
     ¿por qué me da terror que este animal
     me esté observando?,
     ¿por qué soy traicionado
     por una ostentación de adrenalina?

     ¿El perro es algún dios o Dios mirando?
     Yo soy una criatura
     en su iris congelada
     y habito una instantánea que se llama
     para siempre.

     ¿Qué silueta dibujo
     ante ese insospechado obturador?
     ¿Es vértigo o quietud lo que acontece
     entre esos dos espejos?
     (Y mientras me interrogo,
     el perro, sin saberlo,
     se responde.)
     Se ha dispuesto el paisaje
     para irlo recortando
     con heladas tijeras.
     Los árboles, la nieve y el camino
     trabajan para el perro.
     Y el ojo que lo ve también se amolda
     a su oscuro deseo.

     Me observa, y al hacerlo
     ignora ese camino que allá atrás
     lo espera inútilmente,
     largamente
     (yo mismo he recorrido desde aquí
     esa ruta nevada,
     pero de estar allí me daría el gusto
     de ofrecerle mi espalda).

     Mirada imperturbable —e invisible:
     lo que no veo en sus ojos lo revelan
     los belfos y el desmayo de la lengua,
     el rizo de la cola
     tipográfica,
     el tranco de animal
     ensimismado,
     inscrito como runa en el presente.
     No va, tan sólo se desplaza.

     Pero hace frío,
     si acaso busca algo, lo ha encontrado:
     un soplo de calor bajo sus patas,
     caricia que no sabe que proviene
     del centro de la Tierra,
     no sabe que respiran por ahí
     los hornos del planeta.

     Y yo poso los ojos sobre él
     como él se posa sobre el soplo tibio.
     Algo que no busqué
     aquí lo encuentro,
     y ya respiro al ritmo de su ritmo,
     y ya descuelgo belfos y desmayo
     mi lengua fatigada. ~

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