Dos barbas

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La primera foto es un gozne: el tiempo gira ahí, podríamos decir: una época se acaba, otra empieza. Porque el retratado en su lecho de muerte es el señor Marcel Proust, y el fotógrafo no es cualquiera, sino Man Ray, avecindado en Montparnasse (Monte Parnaso) en "una edad de oro de la juventud del mundo".
     Alguien difícil de contentar (fastidious, se dice en inglés) podría alegar que toda instantánea marca el fin de una época y el principio de otra. Y es cierto, la palabra época es vaga en extremo, pero esta instantánea fúnebre es más emblemática que otras, id est, representa con más fuerza y claridad la coyuntura, la articulación de tiempos diferentes.
     La otra barba, oscura también, semítica, pide para su consideración un tiempo más amplio, más laxo: siglos, no meses y días. El relieve es asirio y fue hallado en la ciudad de Nimrud. Es una imagen que guarda detrás de ella estruendo de batallas; no es apacible, hasta donde cabe, como la del señor Proust. "La ciudad fue abatida, hubo gran matanza, y las mujeres y niños sobrevivientes fueron vendidos como esclavos".
     Ashurnasirpal ii levantó la ciudad de Nimrud y se sintió tan satisfecho de su esplendor que dio una fiesta, oilo bien, para 69,574 invitados (¿te imaginas que tú fueras el único que no recibió invitación?: eso sí sería desgracia de sociabilidad proustiana), y dice la inscripción correspondiente —escúchalo, es inesperado en un imperio militar como el asirio: "A la feliz gente de todas las tierras, junto a la gente de Kalhu, por diez días se la festejó, se le dio bebida, baño, honores, y se la envió de regreso a sus regiones en paz y alegría".
     Prometedor comienzo. Trescientos años floreció la ciudad, hasta que en 614 a.C. fue sometida por una coalición de medos y babilonios. Nunca volvió a su gloria. Entró en deterioro y olvido. Cuando Jenofonte pasó por ahí en 401 a.C., en su retirada de Persia, Nimrud estaba virtualmente abandonada.
     Ahí están los dos perfiles, los dos medallones. Uno es individuo clavado, el señor Proust, nada menos, cuya precisa individualidad destiló él mismo, con maestría, en sus libros.
     El otro es más genérico o universal, porque ante todo es un rey. No sé si los reyes asirios eran, como los egipcios, endiosados en apoteosis, pero bien podría suceder, porque esa era la singular y desaforada costumbre común en aquel tiempo.
     Aquí se genera una paradoja: en un sentido, sabemos más de este rey, del que no sabemos nada, que del individuo Proust, del que tanto sabemos. Justamente porque en un rey no hay individualidad y todo se puede suponer: su persona entera está troquelada por su condición de rey, responde a exigencias exteriores, de ceremonial, objetivas, no interiores de volubilidad y vacilación subjetiva, como el señor Proust. No hay, pues, en este rey dudas ni extravagancias, no hay laberinto psicológico, sino, como en el friso, sólo majestad. En cambio en Proust el laberinto psicológico es inagotable: mientras más lo conocemos pareciera que estamos menos seguros, hay más y más interpretaciones y menor certidumbre.
     Shattuck, en su último libro sobre el maestro, sostiene, por ejemplo, que la gran novela suya "no es primarily sobre la memoria y sobre sentimientos concernientes al pasado", y que el estereotipo de Proust como esteta melifluo, decadente, dandi impecablemente vestido y peinado, que se reclina en la chaise-longue y conversa, mundano y exigente, tampoco se sostiene ni tiene que ver, a la larga, ni con el señor Proust ni con su arte robusto, muy crítico. Dice Shattuck que en cambio Proust es un genio del humorismo y que su libro es uno de los más chistosos que se han escrito jamás.
     En octubre de 1922 Proust está ya muy enfermo de los pulmones. Pero se niega a llamar a su médico, el doctor Bize. Celeste, su sirvienta, se preocupa. Poco después cae resfriado. Con la fiebre alucina la famosa gorda enorme vestida de negro que viene por él: "Es muy gorda, Celeste, y toda vestida de negro. Tengo miedo".
     Casi no come. Toma cerveza helada que se hace traer del Ritz por Odilón, su chofer. El 18 de noviembre, Celeste lo ve tan enfermo que, desoyendo órdenes expresas del maestro, llama a Bize y al hermano de Proust, el profesor Robert Proust, médico. Cuando éstos llegan, Proust está agonizando. Sin embargo, se comporta con ellos —cosa rarísima en él, tan exquisito en su cortesía— en forma que podemos calificar de grosera. Llega Odilón con la habitual cerveza del Ritz. Proust da unos tragos. Bize lo inyecta. Robert trata de acomodarlo en las almohadas. "¿Te estoy lastimando al moverte?" "Sí, me estas lastimando". Esas son sus últimas palabras.
     Jean Cocteau, amigo de Proust, le sugiere a Robert que haga venir a un fotógrafo para captar la última imagen de Marcel, y sugiere a Man Ray. Se le avisa a la mañana siguiente al fotógrafo surrealista, quien se traslada de inmediato a la casa de Proust. Y toma la foto. Era un día domingo. –

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