El fin del cuerpo (como lo conocemos)

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Hace tiempo que el cuerpo humano dejó de ser necesario para tener sexo. Primero fueron las muñecas inflables, que convirtieron el acto carnal en algo muy parecido a fornicar con un neumático. Por supuesto, no faltó quien satirizara esta práctica. El filme El último combate, del francés Luc Besson, se inicia con lo que parece ser un intenso encuentro sexual. Sin embargo, en pleno ajetreo horizontal, la "mujer" se poncha y desinfla, dejando al protagonista con un coitus interruptus.
     Cindy Sherman fue mucho más lejos en una serie de crudas fotografías en las que aparecen sólo partes de este y otro tipo de muñecas: un rostro, los pechos y la vagina, por ejemplo. Los vacíos corporales que expone de manera brutal el trabajo de la artista estadounidense, sirven para señalar uno de los fenómenos en los que está inmerso el hombre del nuevo siglo: la transmutación hacia una sexualidad posthumana. La sustitución del cuerpo y sus fluidos —mas no de sus orificios.
     Mauricio Ortiz da una luz al respecto en su libro Del cuerpo: "Los líquidos del cuerpo han adquirido una reputación particularmente mala. La sangre y el semen no son ya el fluido de la vida y el de su persistencia: ahora se subraya su carácter de vehículos de muerte."
     Y para huir de la muerte hay que ser más perfectos que ella.
     En 1996 las muñecas inflables pasaron a la historia. Desde entonces, la vanguardia son las llamadas Real Dolls, que están hechas de silicona. Como su nombre lo indica, son de un realismo perturbador. La filosofía que llevó a su creación es tan fría como contundente: si ya muchas mujeres tienen altas dosis de silicona en sus cuerpos, ¿por qué no crear una que lo tenga de pies a cabeza? Matt MacMullen, quien  trabajó en la industria de los efectos especiales, es la versión finisecular del Dr. Frankenstein y el visionario detrás de este redituable negocio. Su compañía Abyss Creations, situada en San Diego, ha fabricado ocho tipos distintos de muñecas que cuestan alrededor de 6,000 dólares cada una. Y sus clientes aumentan día con día.
     Las Real Dolls tienen debajo de la piel sintética un esqueleto articulado, lo que les permite adoptar diversas y anatómicas  posiciones. El tamaño de los pechos y una serie de detalles, que van del color de las uñas al corte del vello púbico, lo escoge el comprador. La clave de su realismo está en el material con el que se fabrican —el mismo que se utiliza en los animatronics cinematográficos: una goma de silicona a la vez flexible y resistente, que contiene aceite entre sus moléculas. No se seca como el látex y dura muchos años. Las muñecas, incluso, se pueden meter a una tina con agua caliente.
     Una vez hecha la elección, la mercancía se envía cuidadosamente empaquetada en una enorme caja de madera. Si el dinero no alcanza, las Real Dolls se pueden adquirir en una versión del torso para abajo… Lo que nos trae un flashback:  Cindy Sherman y su separación quirúrgica del cuerpo.
     La carne reducida a fragmentos, como en la fantasía erótica de un asesino sexual.
     Muchos clientes de MacMullen se manifiestan enteramente satisfechos con su compra. De hecho, sus testimonios pueden leerse en el sitio oficial  realdoll.com. Otra de las cosas que ahí se revelan es que estas muñecas no sólo sirven para aliviar tensiones corporales. Hay quienes las sientan a la mesa para que los acompañen a comer: un gesto que las vuelve tan siniestras como sus predecesoras rellenas de aire.
     Hay otras imágenes inquietantes: las fotografías que mostró la revista GQ de la fábrica de Abyss Creations en San Diego. Las muñecas de silicona colgando acéfalas de ganchos, como reses en un rastro, mientras las cabezas esperan las especificaciones de los compradores sobre el tipo y color del cabello.
     ¿Cómo será el sexo en el futuro? No lo sabemos, aunque tampoco cuesta mucho imaginarlo. Lo cierto es que actualmente hay una demanda por esta carne inanimada, a la carta, sin líquidos, olor ni sabor. Completamente aséptica. El fin del cuerpo como lo conocemos. Y el principio de una nostalgia por su exquisita suciedad. ~

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