El imperio de lo ñoño

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Ya en otras ocasiones he comentado lo artificial y racista que es intentar no ser racista en todas las circunstancias y hasta extremos ridículos. Quizá recuerden a un profesor americano que me tuvo un buen rato jugando a las adivinanzas para saber a qué alumna se refería, entre varias a la vista, por empecinarse en describirla mediante los más secundarios detalles y evitar decir "la negra", como habría sido natural y sin que ello hubiera supuesto nada más positivo ni negativo que decir "la pelirroja", "la morena", o "la del jersey amarillo". Su afán por no resultar racista era la prueba inequívoca de que en realidad lo era mucho: concedía tanta importancia a la raza como para rehuir mencionarla. Lo mismo cabría afirmar respecto a quienes se esfuerzan a toda costa por no parecer "sexistas", o machistas, o "etnocéntricos" o "euroególatras" o "falócratas" o "penegógicos", hay hoy en día tantos pecados laicos.
     Ahora bien, el colmo de la ñoñería se da cuando estos guardianes de sí mismos y de los demás fijan su atención y protestan en cosas tales como los juguetes. Durante la pasada Feria Internacional del Juguete celebrada en Valencia, varios especialistas del sector educativo, con un catedrático de Didáctica y Organización Escolar a la cabeza, han soltado sendas listas de juguetes que deberían fabricarse o arrumbarse. La sesuda preocupación no es nueva, y cada poco se lee en la prensa que asociaciones de padres, o de consumidores ñoños, o de profesores —nunca de niños—, condenan y piden la retirada de un muñeco algo marica, o de uno con tantas vendas como si hubiera pasado por las cárceles de Pinochet, o de una muñeca demasiado tetuda, o faldicorta, o perfumada. Ahora, y a fin de que no se "eduque" a los niños con juguetes "que mitifican la belleza", o que "promocionan el papel estúpido de la mujer-objeto" (¿desde cuándo han de educar los juguetes? No es esa su función primordial), y para ahuyentarles "actitudes racistas y sexistas", el señor Jurjo Torres, catedrático de La Coruña, propone muñecos "de razas diversas" y que muestran "a personas gordas, con ojos estrábicos, pies planos o calvas". Habría que empezar por decir que es él, el señor catedrático, el discriminatorio y el ofensivo, al dar por sentado que alguien gordo, calvo, con pies planos o estrábico no puede ser atractivo (vaya, recuerdo a una actriz muy bizca y miope, Paula Prentiss, de las más atractivas que he visto en pantalla).
     Pero sobre todo, y dado que don Jurjo dictamina en Didáctica y Organización Escolar, hay que guardar luto por los pobres niños que caigan bajo la férula de sus ideas. Los juegos no son la realidad, ni tienen por qué imitarla. Jugar a lo que ya hay, a la vida real, es una contradicción en los términos y además carece de todo interés, para los niños como para los adultos. Fíjense en los divertidos juguetes que propugna también don Jurjo: "cocinas, comidas, instrumentos y ropas de trabajo, vestidos de fiesta de diversas culturas" (¿y por qué no también de trabajo? ¿Y por qué no resucita aquellas huchas con cabeza de negrito o chinito?), así como "sillas de ruedas, muletas, bastones, prótesis" —han leído bien, prótesis—, "gafas para bastantes dioptrías" (pocas no tiene gracia) "y" —esto en verdad, vaya juerga— "sonotones". Se iban a divertir los niños jurjásicos. O más bien, si no son a su vez unos ñoños, le tirarían a la cabeza catedrática tan apasionantes juguetes. Si a mí me llegan a regalar de niño unas prótesis y unos sonotones, me habría quedado primero atónito y después deprimido. Espadas, pistolas, disfraces de pirata, de vaquero y de romano, cascos con su penacho, soldaditos variados, arcos y flechas, parches para el ojo y floretes de mosquetero es lo que siempre quería. Me pasé la infancia fantaseando con eso, batiéndome en duelo y abordando barcos, liquidando "malos" en el Oeste, el desierto y la selva, jugando a "los tres lanceros del rey" con mis compañeros Marín, Peña y Vidal, y sin el menor problema para distinguir entre lo real y lo ficticio, entre mi relación cotidiana con mis semejantes y mis aventureras ensoñaciones. No me he convertido por ello en un ser violento, ni veo a los negros como enemigos porque luchara contra el Mau-Mau a veces, ni me apropio de lo ajeno por haber pirateado lo mío. A lo mejor no he tenido esas tentaciones precisamente por haber caído en ellas sin cesar en la infancia. Y en cambio estoy seguro de que si mis juguetes hubieran sido los que proponen los ñoños, sería ahora un individuo frustrado, resentido y acomplejado, y sobre todo cabreado. –