El nirvana no es para todos

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Hablando del budismo […] me atrevo a decir, sin perjuicio de otros credos,

que se trata de mucho más que una religión; es quizá la más importante

filosofía que existe en el mundo.

General Aung San, agosto de 1946,en la víspera de la independencia de Birmania.

En medio del monzón, el aire en Yangón es denso. Está cargado de humedad y también de lamentos; se cuela, proveniente del Golfo de Bengala, entre los derruidos edificios coloniales del centro de la ciudad, arrastrado por las caudalosas aguas del río Irawadi. Un aire tan denso como el ambiente político que antecede a las elecciones generales de 2015 para las que Aung San Suu Kyi, la premio Nobel e hija del gran bogyoke (general en birmano), pretende postularse a pesar de que una enmienda constitucional se lo impide.

De acuerdo con la reforma aprobada en 2010 con sonoro apoyo de la cúpula militar que comanda los destinos del país desde hace más de medio siglo, ningún birmano con hijos extranjeros (los de Suu Kyi son británicos) puede contender a la presidencia del país. Una ley hecha a la medida, una estocada al corazón de la hija ilustre. Pero nada infranqueable: son ya muchos años de lucha, desde la oposición y desde la memoria del padre. Demasiada espera y cuantiosos sacrificios, la prisión domiciliaria, la muerte del cónyuge, la imposibilidad de ver a sus vástagos. La política en Birmania no es para todos. Aun así, la voluntad de Suu Kyi, como la densidad del aire de Yangón, no claudica.

Incesante a cualquier hora del día y de la boca de cualquier persona, por todo Yangón se escucha mingalaba. Significa ¡Hola!, en birmano, pero también, como el budismo en este país, es mucho más que eso. Bienvenido, bienaventurado, acogido, arropado, bendecido. Entre los puestos de ropa y artesanías del mercado Scott’s y en la estación central de autobuses, entre las calles atestadas de gente y también entrando o saliendo de cualquier pequeño restaurante. Pero sobre todo se escucha en los templos y en las pagodas que inundan este impresionante conglomerado urbano.

Desde las alturas de la milenaria estupa de Shwedagon, de casi cien metros de altura y recubierta con veintisiete toneladas de oro, ocho cabellos de Sidarta Gautama y miles de diamantes, el mingalaba resulta aún más sonoro. Hileras interminables de monjes y monjas se arremolinan en los pisos de mármol que sirven de base a la pagoda más venerada del país, entre peregrinos venidos de toda Birmania y niños de la mano de sus madres camino de la escuela. Las vendedoras de magnolias hacen su agosto entre las filas que se forman para acercarse a alguna de las muchas estatuas que representan al Buda sonriente. Aunque la sonrisa no alcance para todos.

“Nunca hemos tenido en este país a personas pertenecientes a la etnia rohingya, así lo demuestra el archivo oficial de los grupos indígenas de Myanmar”, declara para la televisión el viceministro de Asuntos Exteriores, después de su visita al vecino país de Bangladesh. “Así se lo expliqué al ministro del Interior bangladesí durante nuestra reunión.” Su acento suena tan cerrado como el ánimo de reconocer el problema que representan para su país los rohingya, una comunidad de fe mahometana cuya población asciende, según fuentes no gubernamentales, a cientos de miles de personas.

Los rohingya son una etnia originaria del Estado birmano de Rakhine, al occidente del país y colindante con Bangladesh. De piel oscura y generalmente pobres, llevan cientos de años ocupando tierras del Golfo de Bengala, muchos más incluso de los que tiene la nación birmana. Su martirio y calidad de parias comenzó cuando Birmania se convirtió en provincia de la India británica. La guerra que partió a Pakistán y dio la independencia a Bangladesh en 1971 no hizo sino aumentar su desgracia.

Desde los violentos enfrentamientos de 2012 –en los que miles de rohingya murieron a mano de muchedumbres budistas, acompañadas en la mayoría de las ocasiones por monjes, y otras decenas de miles se convirtieron en desplazados perennes dentro de su propia tierra– los titulares de los diarios han cesado de hablar de la etnia y la atención internacional se ha desentendido de su causa. Con las amenazas intermitentes del Estado Islámico y la irresuelta crisis ucraniana no queda mucho espacio ni cabeza para ocupar en otros menesteres. Sin embargo, la realidad de los rohingya sigue siendo tan aterradora como entonces, aunque la comunidad internacional se afane en ignorarla. Perseguidos en todos lados, muchos intentan huir por bote adonde el caprichoso océano Índico les lleve, lo mismo a Tailandia que a Malasia, de donde son deportados a un Myanmar que no los reconoce como ciudadanos. La historia de nunca acabar, un círculo vicioso. La Birmania que nunca será para todos.

“Ellos –los rohingya– no son como nosotros”, me explica Judy con una sonrisa tan dulce como las del Buda en toda pagoda, “y nunca lo van a ser”. Su voz es suave, discreta, parece que pide permiso antes de dejarse escuchar. Tiene veintipocos años, es huérfana y trabaja como guía de turistas para poder sostener a sus cuatro hermanos menores. Aprendió inglés en una de las mejores escuelas privadas de Yangón y luego trabajó por varios años en Singapur. Regresó a cuidar a su padre, enfermo terminal de cáncer, exmilitar. La madre le siguió poco tiempo después. No es budista sino cristiana, esa pequeña minoría del cuatro por ciento, pero aun así resulta irremediablemente birmana: “Quieren que los reconozcamos pero nosotros no lo vamos a hacer.” El rechazo a la otredad envuelto en ideología, en religión, incluso en dulzura. El rechazo que mata al otro pero también a uno mismo. El no nirvana. ~