El noble arte de no agradar

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No hay cola para entrar a la exposición de Max Beckmann en el Museo de Arte Moderno, temporalmente instalado en Queens. Picasso y Matisse congregaron ahí multitudes. Su contemporáneo Beckmann, no. Poca gente asiste a la retrospectiva que acaba de abrirse (estuvo en el Pompidou, en París, luego en la Tate Modern, de Londres, y ahora llega a Nueva York). Pese a ser tan ilustre pintor, y acaso, en ciertos puntos, más que los otros dos, ¿quién puede saberlo? No goza de celebridad. ¿Por qué?
     De seguro esta postergación en la fama no tiene una sola razón, sino que tiene, como siempre, varias razones diferentes. Quiero desarrollar aquí sólo una, la referente al viejo arte de caerle mal a la gente.
     Beckmann no es cordial, no agrada, no es simpático. Mira su autorretrato: un señor arrogante, agresivamente serio. No es de esos que andan contando chistes, ni de esos que, como sea, quieren pasarla bien. Lo adivinamos difícil, conflictivo, obstinado.
     El autorretrato es, por otra parte, magistral. He ahí la tensión de Beckmann: no agrada, pero lo que hace es admirable. Y hay una liga entre los polos, talento y mal humor: no hay una sola pincelada de Beckmann dirigida a agradar, a que el cuadro sea grato y se vea bien; no hay adorno, sólo hay construcción llena de brío, de nervio edificador.
     Y hay economía, ascetismo. Mira el autorretrato, no podrías quitarle nada, porque nada le sobra, es un cuadro esencial. Blanco, negro, grises, tierras, un poquito de ocre en el cabello y párale de contar, con eso tienes, nada le falta. Los bloques son enérgicos, geometrizantes; y la mano con el cigarro, muy europea, y llena de singular expresividad. Pero todo se centra, claro, en el violento contraluz en el rostro, que oculta y revela. No ves bien porque ¿cuándo puedes apreciar bien a un humano? En el humano siempre hay el “sí, pero…” de la ambigüedad, de las múltiples facetas, es decir el contraluz.
     Mira el retrato: ¿te gustaría invitar a cenar a tu casa a este hombre? ¿La pasarías bien con él? No sería, por ejemplo, como cenar con el dulce maestro Paul Klee. Con Beckmann nunca puedes estar tranquilo, relajado, amistoso.
     “Difícil, retador, conflictivo, obstinado”, los adjetivos le cuadran a Don Quijote. Sí, pero Beckmann, aunque soñador, no es idealista. Los sueños de Beckmann son muy raros. Pesadillas, frecuentemente con torturados, gente diabólica que perpetra asesinatos, mutilaciones. Dicen que Beckmann se volvió así, sombrío, por sus experiencias como enfermero en los hospitales del frente en la Primera Guerra Mundial.
     Le tocaron tiempos adversos: los nazis consideraron sus trabajos “arte degenerado”. Un honor ciertamente, pero tuvo que exilarse en Holanda, donde aguantó la Segunda Guerra. Luego emigró a Estados Unidos, y dio clases (era, aseguran, muy buen profesor). Murió en Nueva York, dando un paseo por el Central Park, cerca del cual vivía.
     Así, en los cuadros de Beckmann nadie sonríe nunca, y cuando alguien lo hace es porque está cometiendo alguna maldad.
     Ser amable y seductor es, en cierto modo, el camino fácil, porque en la suavidad eludimos enfrentamientos y nos ocultamos. Pero muchas cosas, la verdad entre otras, no son cosa de amabilidad. Ser directo y franco, aunque sea desagradable —como Orwell, que quería escribir acerca de lo que la gente no quería oír—, es más difícil. Beckmann era así, y me recuerda a Raúl Hilberg, el gran historiador del Holocausto, que es como él: seco, directo, conflictivo, sin componendas, y un artista lleno de talento al organizar materiales y al entrar en detalles. Porque, como decía Claude Lanzmann, el documentalista, para retratar una abominación como el Holocausto precisas construir una obra de arte. Beckmann y Hilberg, dos maestros de la atrocidad del siglo xx.
     Beckmann amaba con pasión su trabajo: vencer las incontables dificultades que va presentando la creación de una obra de arte. Y amaba lo que había logrado. En esto, como en todo, era opuesto a Hitler, que se avergonzaba tanto de sus cuadros que, está documentado, en 1942, en plena guerra, distrajo personal de la Gestapo con la instrucción de que buscaran tres pinturas suyas en posesión privada, las hallaran y las destruyeran.
     Esta curiosa anécdota, que leí en un libro de Hilberg, sería digno tema de uno de los cuadros salvajes de Beckmann. ~


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