Entrevistas con el diablo

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Para quien no ha experimentado el vértigo de dormir bajo la amenaza de una línea de morteros o bien de acompañar el almuerzo con las estridentes notas de un bombardeo como música de fondo, resulta imposible imaginar las múltiples maneras en que un reportero de guerra logra relajarse y despejar la mente –es decir los nervios– cuando no se halla esquivando tiros de metralla ni minas anti-persona u otros mortales contratiempos. En El dictador, los demonios y otras crónicas (Anagrama, 2009), el experimentado y prolífico corresponsal de The New Yorker, Jon Lee Anderson, adelanta una respuesta: jamás parece estar del todo quieto, ni pasar demasiado tiempo sin utilizar las millas de viajero frecuente que, a manera de extraño regalo, le ofrendan sus desplazamientos alrededor del globo en busca de una zona en disputa. Entre las guerras mundiales ocurridas en Centroamérica, Angola, Líbano, Afganistán e Iraq, y los desastres focalizados en que todo se torna abandono y desesperación, por ejemplo el terremoto que arrasó Puerto Príncipe el 12 de enero de 2010, siempre será posible seguir escrutando, mediante ese ambiguo pero certero vehículo de indagación que es el periodismo, los destinos de individuos concretos y los efectos de sus infortunados actos en naciones enteras –lo cual en sí, según el clásico precepto, invariablemente se refiere a la política como prolongación de la guerra por otros medios.

Si en La caída de Bagdad –un libro indispensable para entender el mundo post 9/11 desde la experiencia particular de Anderson en Iraq– la figura del tirano resulta siempre esquiva, una especie de sombra que extiende su manto sobre un país que se desmorona, en los perfiles que conforman El dictador, los demonios y otras crónicas, el reportero de guerra se acerca a la vida y figura de los autócratas latinoamericanos como quien lleva a cabo una cuidadosa disección, una especie de retrato en frío de la bestia. En este sentido, el encuentro con Augusto Pinochet sería el caso paradigmático, una especie de entrevista con el diablo que a los 83 años confesó en exclusiva para The New Yorker haber sido apenas “un aspirante a dictador”. Es difícil imaginar la escena, pero tengo para mí que Jon Lee Anderson, uno de los pocos corresponsales que se quedaron en Bagdad durante la invasión estadounidense, mantuvo el pulso firme, quizá retuvo el vómito en la garganta, y continuó su búsqueda de nuevas claves para entender al déspota y a su entorno más cercano, por ejemplo su hija Lucía, quien fungía como su agente de relaciones públicas, o a su hijo menor Marco Antonio, así nombrado siguiendo la dudosa costumbre familiar de bautizar a los varones honrando a los estadistas de Roma. No menos espeluznantes resultan las orondas opiniones del mentado benjamín, un pelmazo que con toda frescura afirma, for the record: “Lo que América Latina necesita es democracia autoritaria.” La escena tuvo lugar durante una plácida tarde de fin de semana en la que concurrieron distinguidos amigos de la familia, entre ellos un multimillonario y una ex miss Chile.

Una vez más, el corresponsal de guerra hace gala de su más que probado temple ante los disparates que profieren los comensales y a partir de ese pútrido microcosmos se da a la tarea de ampliar su visión de campo hasta lograr una radiografía histórica en la que cada personaje significativo –desde el presidente Salvador Allende hasta un profesor de filosofía vagamente emparentado con Pinochet– es revelado a través de las múltiples y sutiles tonalidades que alcanza tanto la mirada como el privilegiado oído de Anderson, quien de esta manera es capaz de penetrar en los meandros más densos, quizá más deleznables de la condición humana, sin que en su papel de cronista se rinda ante la denuncia ni el juicio de bolsillo. Colijo que lo dicho por Juan Villoro acerca del texto dedicado a Pinochet en su espléndido prólogo a El dictador, los demonios y otras crónicas, es igualmente aplicable a Fidel Castro y su heredero y socio en Venezuela, Hugo Chávez: “Anderson es fiel a las partes que se disputan la veracidad de una historia. En todos los casos ofrece pros y contras. El perfil de Pinochet, personaje que contraviene sus convicciones democráticas, está construido en lo fundamental con declaraciones de sus allegados. Anderson se esfuerza por dar voz a quienes pretenden humanizarlo. El resultado es más dramático que el de una crítica militante. Aun bajo la mejor luz, se trata de un sátrapa.”

Al abordar el papel de Juan Carlos de Borbón en la España contemporánea, o bien la ambigua relación de Gabriel García Márquez con los hombres del gran poder, en especial con Fidel Castro, el juego de claroscuros que propone Jon Lee Anderson deriva felizmente en nuevas interrogantes, antes que en conclusiones someras e instantáneas. Ante la figura de Juan Carlos I, no exenta de zonas grises –notablemente su rol durante la crisis golpista del 23-F, como lo analiza a detalle Javier Cercas en Anatomía de un instante, o bien sus dudosos vínculos con el empresario Mario Conde– el cronista propone un complejo equilibrio entre el genio y los yerros políticos del monarca. Lo mismo en sus incursiones en las más peligrosas favelas de Río, que en sus entrevistas a los señores de la guerra que controlan los corredores del tráfico de drogas y armas en la frontera entre Panamá y Colombia, el periodismo tal como lo concibe Anderson es un potente ejercicio de honestidad y valentía intelectual en el que no pocas veces va de por medio el pellejo. Tengo para mí que tanto en sus profusos reportajes de guerra a la manera de La caída de Bagdad, como los perfiles reunidos en El dictador, los demonios y otras crónicas, el temple y valor de Jon Lee Anderson son puestos a prueba y ratificados cada vez que aborda un avión en pos de una nueva encomienda de sus editores, cada vez que regresa sano y salvo a casa. En cualquier caso, viene a cuento parafrasear aquello que decía Roberto Bolaño acerca del autor de Huesos en el desierto, la más fecunda y arriesgada investigación acerca de las muertas de Juárez: si alguna vez me encuentro en una situación podrida, sería una garantía tener a Jon Lee Anderson a mi lado. ~