Formas de la crueldad

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La mutación de las formas literarias es caprichosa. Heredamos del siglo de las vanguardias la idea, nunca suficientemente discutida, de que el progreso influye de manera activa sobre las artes, ofreciéndole legitimidad a lo nuevo. Empero, es frecuente que entre las novedades nos emocione más el reencuentro con una tradición que las sorpresas (y los riesgos) de lo que se presume como ruptura. Tanto el uruguayo Hugo Burel como el argentino Antonio Dal Masetto son reconocibles en zonas bien exploradas de la narrativa latinoamericana. Ambos trabajan en tierras que ya fueron cultivadas por Onetti o por Sábato, pero al hacerlo con absoluta precisión y denodado cariño, muestran, paradójicamente, que aquéllas eran formas vivas de una escritura cuya mutación es una insistente vuelta al origen.
     El crepúsculo del guerrero, novela corta de Burel (Montevideo, 1951), ocurre en un Montevideo apenas fantasmagórico, y por ello, bien dispuesto a lanzar sus redes metafísicas sobre un hombre superfluo que abandona una cirugía craneal de alto riesgo sintiéndose magnífico. Pero a este vendedor de enciclopedias le espera un crepúsculo similar a los vividos por el eterno marido o por el hombre del capote, esa pérdida progresiva y alarmante de la identidad que Hugo Burel maneja con una ortodoxa fidelidad al ser, al estar y al no ser de cierto existencialismo de mediados del siglo XX. Por la senda de Sábato, nuestro vendedor de enciclopedias se convierte en personaje de una magnífica pieza de teatro del absurdo que, ocurrida en un consultorio médico, lo convertirá en un muerto vivo, alguien que dejó la vida en el quirófano y no lo sabe. El vendedor de enciclopedias de Burel es un espectro, me atrevería a decirlo, muy uruguayo: representa la vida mesocrática, ejerce la publicidad un tanto inútil y no necesariamente civilizatoria del conocimiento, y termina por ser una fracción de sí mismo, que, torturado por los médicos o por la policía, apenas sobrevive para dar testimonio de los horrores de la ciudad.
     Hugo Burel es un autor que merecería superar las alcabalas con las que las propias transnacionales de la edición parcelan el mercado latinoamericano. El guerrero del crepúsculo es uno de esos libros que suscitan una inmediata curiosidad por el resto de la obra del autor. Lo mismo debe decirse de Antonio Dal Masetto (Indra, Italia, 1938), quien aprendió el español en la Argentina, país del que se ha vuelto uno de los narradores fundamentales. Dueño de una voz propia que se volverá inconfundible, Dal Masetto ha escrito Lacre (1964), Fuego a discreción (1983) y Siempre es difícil volver a casa (1992), esta última llevada al cine por Jorge Polaco.
     Bosque, a mitad de camino entre David Lynch y Juan Carlos Onetti, es una novela que plantea el tópico del aventurero que, llevado por una vaporosa vendetta sentimental, llega a un paraíso infernal en cuyo destino acabará por involucrarse, primero como testigo y después como demiurgo. Este hombre se presenta en Bosque, pueblo perdido en la provincia argentina, haciendo uso de una conveniente impostura como adelantado de una compañía fílmica. Ocurre que ese sitio ha sufrido, incidentalmente, un asalto bancario, y el impostor suscita la apetencia de los lugareños por verse inmortalizados en el celuloide. La mentira atrapa al protagonista y muy pronto se ve involucrado en el amenazante y pegajoso tedio del pueblo, donde nada es como parece, y tras cada uno de sus anodinos habitantes se esconden historias muy feas, cuyo desenlace acelerará, con escaso afán justiciero, el intruso.
     La crítica argentina ha resaltado la precisión quirúrgica de la prosa de Dal Masetto, heredero de los grandes maestros de la novela negra de Estados Unidos. Bosque es una novela diseñada sobre la premisa de que, a mayor economía del lenguaje, mejores serán los resultados en una investigación literaria que abre a cuchillo las humillaciones íntimas, los cacicazgos apenas disimulados y los antiguos crímenes que Bosque oculta en su evidente carácter de microcosmos latinoamericano.
     Acaso sea una lástima que Dal Masetto, al concluir Bosque haya cedido a la tentación de llevar el tópico hasta sus últimas consecuencias, haciendo escapar al aventurero con una hermosa víctima de los entuertos pueblerinos, cerrando Bosque como ciertos westerns, donde el salvador de la virtud se pierde, enigmáticamente, en el horizonte. Pero prosas como la de Dal Masetto nos remiten a los grandes momentos de la literatura latinoamericana. La violencia, implícita en Hugo Burel y visible en Antonio Dal Masetto, une a este par de novelistas en el recuerdo de aquella sentencia del viejo Simón Rodríguez: no hay forma de crueldad que los americanos no hayamos intentado. ~

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