García Ponce, miradas circulares

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Mitología personal y mitología generacional se entremezclan y se complementan en Juan García Ponce, a quien estos días se recuerda en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México con una exposición (Trazos y encuentros) que reúne testimonios diversos, reconstruye etapas de su vida y escenifica el transcurso de unas artes visuales cuya ejecutoria tanto le importó. El esfuerzo, con acopio de libros, documentos, fotografías y cuadros, significa la reconstrucción responsable y esmerada, intelectual y emocionalmente comprometida, de una suerte de biografía de las ideas del homenajeado. Situado en el que acaso fue el centro más fértil de la cultura mexicana que se expande a partir de mediados del siglo pasado, un centro que fundó revistas literarias, animó instituciones y sobre todo alentó transformaciones en muchos ámbitos del acontecer doméstico, García Ponce fue una figura resonante, invasora, militante de sí misma, de sus pareceres y sus convicciones. Seguro de su vocación, y decididamente leal a ella hasta convertirla en la demostración enérgica de un carácter, su propósito mayor se fincó en hacer inteligible y congruente una estética que implicó, a su vez, una ética, ambas engendrándose y protegiéndose de manera mutua. En efecto, un gusto (un modo de hacer y de sentir literario, plástico, intelectual) surgió de una estrategia artística empeñada en plantear expresiones singulares y desafiantes, un gusto marcado por resonancias vicarias y rechazos localistas. Allí, en las tramas y las texturas de esa estrategia, el conflicto dramático que reverbera en el interior de la obra de arte se presentaba como la ilustración y el comentario de unas preocupaciones lastradas por una voluntad de trascendencia, de raíz filosófica, y de raro imaginario alemán, que indagaba en ciertas líneas de un pensamiento de inflexiones existencialistas y situaba al artista como el impulsor de una reflexión sobre los influjos del arte en el destino del hombre.

Novelas que son ensayos, cuentos que son crónicas: cruzando las fronteras entre los géneros, adaptando éstos a las exigencias interiores del discurso, la obra de García Ponce se dedicó a conciliar una doble vertiente inspiradora. Por un lado, hubo en ella un designio de cuño realista y psicológico que buscaba mostrar una arqueología (heterodoxa y anticonvencional, nunca confortadora ni documental) de un momento determinado de la historia de su país y muy en especial de un sector de su clase intelectual. Y, por otro lado, aparecía allí el deseo de nadar más allá de la raigambre circunstancial costumbrista para alcanzar una dinámica dramática que, en sus extremos más intensos, ilustraba las mezquindades y la estrechez de un vacío expiatorio vuelto común, acaso pesaroso. Una peculiaridad que se impone aquí y allá en sus libros está determinada por esos afanes reiterados: sus ideas y sus decires, amén de sus personajes y sus héroes, se nos aparecen por lo general como espectros con hambre de encarnación. El acento en la gravitación del eros, el propósito de hurgar en las fantasmagorías de lo perverso y, sobreponiéndose y envolviendo tales escarceos, el despliegue de algo así como una reverberación constante de retumbos filosóficos, recubrían los textos con una rarificación llamativa, despertaban una curiosidad vagamente morbosa —unas expectativas del ánimo lector que, por cierto, no siempre encontraban parejas respuestas satisfactorias. De ahí que recordar ahora la lectura que en su momento se hizo de García Ponce induzca a esbozar una sonrisa cómplice, una sonrisa de conspiradores. De ahí, también, que pueda añadirse que la relación de parte de sus lectores con él haya sido una suerte de amistad personal. Se lo reconoce, se lo estima, pero más que nada se lo quiere —y se lo quiere con un afecto cercano, cariñoso, confabulado.

Se sabe que hay rasgos que definen a una persona. Aquejado desde edad temprana por una enfermedad degenerativa, que lo fue inmovilizando, García Ponce nunca dejó decaer su entrega al arte, su energía vital, su talante compulsivo, abrupto, retador. Fue un ejemplo heroico y patético. Quizá puede rastrearse, en ese destino de desventura, el cumplimiento cabal de su vocación de infatigable voyeur —en un doble y solidario sentido del término: el de mirón furtivo y el de observador al acecho. Había algo a un tiempo fiero y voluntarioso en la figura paralítica de quien nunca se permitió apearse de su registro clínico inclemente y minucioso de las manías y los vicios y virtudes que tejen los destinos de la criatura humana. El ojo audaz, el ojo que mira de refilón, el ojo crítico, el ojo que, agarrotado, se concentra y rapiña, traducían desde la inmovilidad tiránica el empeño por atrapar el movimiento múltiple del gran teatro del mundo y el ansia por fijar ese movimiento en una instancia perdurable. Al fin, y como si de un ritual empático se tratara, García Ponce y nosotros, sus lectores —sus lectores amigos—, llegábamos a la inerme conclusión de que el mapa sobre el que nos parábamos, y los subsuelos que en él oteábamos, uno y otros cartografiados en las páginas de sus libros, no eran sino figuraciones de una única impostura. La impostura que es la vida, la impostura que es el arte.

Mucho nos hablan de ese ambiguo y dichoso enmascaramiento, con su rescate de documentos y fotografías, papeles y telas, "los trazos y encuentros" que nos propone la razonada exposición que hoy se muestra en las salas del Palacio de Bellas Artes.~

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