Heliodoro silba y fuma en pipa

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Hace ya años escribí sobre la ciudad de Soria, en la que transcurrieron bastantes veranos de mi infancia, so pretexto de las hazañas del Numancia en la Copa del Rey, por entonces. Pero lo cierto es que el lugar no lo había pisado en dos decenios, y el motivo de mi rememoración de ahora es que he regresado. Los escenarios de la niñez dan algo de miedo, que va en aumento cuanto más tiempo pasa sin volver a ellos. Uno teme la excesiva nostalgia, también que el sitio haya cambiado tanto para considerar cualquier detalle alterado una afrenta personal a la memoria propia. Pero en julio me desplacé hasta Soria para dar una charla, y aunque la estancia fue brevísima, me bastó para romper el maleficio y, por así decir, recuperarla.
     Claro que ha habido variaciones en estos más de veinte años, pero por suerte no han afectado al esqueleto de la ciudad, a lo que importa de veras, su espíritu, lo que los latinos llamaban el genius loci. En lo fundamental resulta reconocible, y si la plaga que arrasó los olmos en toda Europa acabó también con el Árbol de la Música, aquel en cuya copa se posaba una tarima con sillas y atriles para que tocara en ella la uniformada banda (¿por qué no reconstruir tan deliciosa imagen en otro árbol centenario?), en compensación ha desaparecido el espantoso y colosal monumento a Yagüe, una tartaleta de podrida nata franquista con figura de aguilucho, si mal no recuerdo. Y claro que la nostalgia vino, pero fue de un carácter benévolo, no punzante; de esa que lo hace a uno sentirse "acompañado", y no herido, por sus recuerdos remotos.
     Al pasear vi en alquiler la antigua casa de una de las personas que más he querido, y subí a verla: la de don Heliodoro Carpintero, y sus hermanas, y su hijo Helio. Como conté en aquella pieza ("Dignidad y decoro"), en esa casa empecé yo a escribir un poco en serio, acogido en las numerosas tardes de lluvia por esa encantadora familia a la que tengo profundo agradecimiento. Heliodoro había nacido en 1900, era inspector de escuelas y, nativo de Alicante, había llegado a Soria después de la guerra represaliado por el franquismo, pues había ejercido su profesión en Barcelona durante la República, donde se había casado y había nacido su hijo, prontos viudo y huérfano, respectivamente. A veces pienso que una de las razones por las que Soria, a diferencia de otras capitales castellanas, ha visto poco fascismo, es que por allí fueron a parar, "desterrados", muchos individuos civilizados y tolerantes, cultos y sin ambiciones feas. Ciudad tan pequeña y fría, el franquismo debió de tenerla en poco por su particular Siberia. Tanto mejor para ella.
     Heliodoro era de gentil tamaño y fumaba en pipa y silbaba. Redondeado sin llegar nunca a gordo, era uno de los hombres con más amable sentido del humor y más paciencia que he conocido. Tenía la habilidad y la suerte de tomarse la vida con parsimonia, lo cual contribuía a la magnífica pulcritud de cuanto hacía o lo rodeaba: de su biblioteca, de su casa, de sus atuendos caballerosos, de su habla risueña y tranquila y teñida de sosegante guasa, de sus pausados escritos (se ocupó de Machado y Bécquer, de Azorín y Miró). Recuerdo ahora que en unos cajones, en perfecto orden —era tan generoso que nos permitía hurgar y rebuscar a los niños—, guardaba recortadas las críticas de millares de películas, para poder consultar y tener conocimiento cuando llegaban éstas tardíamente a los dos o tres cines sorianos. En otro cajón, más misterioso, guardaba su extraordinaria colección de pipas, de infinitos tamaños, colores, materiales y formas; y en cada una de ellas se lo veía a él, mordiéndola con naturalidad desde su perpetua sonrisa o desde su silbido ufano. En su casa leí a numerosos autores que hoy dicen poco a la mayoría pero mucho tuvieron que ver con mi afición a la literatura: a Erckmann-Chatrian, a Paul Féval, a Pierre Benoit, a la Baronesa Orczy y a Ladoucette, al capitán Mayne Reid y a John Meade Falkner. Siempre nos hacía forrar los libros —mientras los leyéramos—, con ese respeto hoy perdido por los objetos inanimados que sin embargo van llenos de amor y odio, deseo y miedo, historia y vida. Acompañó a mi familia durante un año en New Haven, Connecticut, allí con él convivimos. Yo tenía cuatro años, y en América no iba al colegio. Así que fue Heliodoro, de hecho, quien acabó de enseñarme a leer y escribir en sus ratos libres, y quien sin duda prorrumpía en carcajadas de bonhomía cuando yo, tan zurdo que iba de derecha a izquierda, firmaba REIVAX muy satisfecho, y quien por tanto me enseñó a escribir inteligiblemente, si es que lo hago. Le debo mucho. Le debo tanto que quizá debería alquilar ahora su muy querida y vacía casa. –

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