Hermeneuta en marcha

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La amplitud de la obra de Mauricio Beuchot, sus admirables trabajos de expositor y traductor de doctrinas filosóficas, su llaneza en el trato, su inteligencia abierta a escuchar, su sentido crítico tranquilo, llaman la atención y, por lo mismo, distraen de lo que su empresa tiene de original.
     Su formación parte de los clásicos, se sumerge detenidamente en los medievales, pasa a la filosofía analítica y desemboca en el diálogo con los posmodernos. Es una combinación insólita, pero favorable para descubrir conexiones inesperadas. Formado en la escolástica tomista, entró al Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad de México cuando estaba en su apogeo la filosofía analítica y recibió el encargo de estudiar la historia de la filosofía del lenguaje desde los griegos hasta la actualidad. Quizá de haberse dedicado a los estudios puramente escolásticos o puramente analíticos sus trabajos hubieran sido interesantes, pero epigonales. En cambio, la revisión histórica de conceptos lingüísticos, un ejercicio hermenéutico por su propia naturaleza, lo preparó para el diálogo con la hermenéutica contemporánea. También lo preparó para recuperar en un contexto universal a los retóricos y otros filósofos de la Nueva España, cuando pasó al Instituto de Investigaciones Filológicas, once años después, como coordinador del Centro de Estudios Clásicos.
     Esta recuperación, acompañada de importantes traducciones, renovó el impulso de José Gaos hacia el entronque del pensamiento mexicano de hoy con el de ayer. Por una serie de rupturas históricas, la Nueva España se volvió terra incognita para sus descendientes, desde el siglo XIX. La cultura mexicana perdió la memoria de las hazañas intelectuales logradas en México por quienes asumían como natural el “emparejamiento [del país] con Europa en los dominios de la cultura” (Gaos, En torno a la filosofía mexicana, II, 9). ¿Qué saben hoy los economistas mexicanos de la célebre Suma de tratos y contratos (1569) de Tomás de Mercado, que fue muy leído en Europa? Oswaldo Robles (Filósofos mexicanos del siglo XVI, 1950) y José María Gallegos Rocafull (El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, 1951) lo estudiaron, en tiempos de Gaos. Joseph A. Schumpeter (Historia del análisis económico, 1954) lo puso nuevamente en el mapa mundial (ahora hay en Google más de trescientas páginas de internet que lo mencionan, en nueve idiomas). Pero en México se perdió de vista hasta que Mauricio Beuchot tradujo del latín sus tratados de lógica, inéditos en español (Comentarios lucidísimos al texto de Pedro Hispano, UNAM, 1986, 434 pp.; Libro de los predicamentos o categorías, UNAM, 1994, 328 pp.) y publicó El pensamiento filosófico de Tomás de Mercado: lógica y economía (UNAM, 1990, 155 pp.), con Jorge Íñiguez.
     Empresas como ésta son también hermenéuticas por su misma naturaleza. Traducen textos y contextos, traducen épocas, mundos, preocupaciones, ideas. Sería extraño en un filósofo que esta práctica no desembocara en la conciencia explícita de lo que implica; y así, sobre la marcha, empezó a desarrollar su propia teorización de la hermenéutica. Una primera presentación está en su breve Tratado de hermenéutica analógica (UNAM, 1997, 147 pp.).
     Saber en dónde están las fronteras del pensar contemporáneo, que ha tomado un giro hermenéutico; confrontarlo con su experiencia y reflexiones, como latinista al rescate de una tradición interrumpida en la memoria mexicana; confrontarlo además con planteamientos griegos y medievales singularmente oportunos para la discusión actual; ha resultado fértil. Especialmente digno de señalarse ha sido el uso “posmoderno” que le ha dado a la antigua noción de analogía.
     Lo que se presta a muchas interpretaciones parece cancelar la posibilidad de crítica racional. Muchos han llegado a creer que sólo puede haber rigor en el lenguaje matemático y científico, donde cada término dice una sola cosa (es unívoco). Todo lo demás es equívoco, relativo, incierto, subjetivo. Una primera reacción frente a esto (que pone en el mismo saco la teología, la filosofía, las ciencias del espíritu, humanas, sociales, el ensayo, el periodismo, la poesía) fueron los intentos desesperados de “salvar” cuando menos la filosofía como ciencia rigurosa. Sin embargo, a fines del siglo XX, como en el chiste del psicoanalizado que no resuelve su problema, pero aprende a despreocuparse, esta preocupación fue “superada” por un sentimiento de libertad: todo se vale, siempre y cuando sea interesante. En algún caso extremo, el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend llegó a decir que hasta en la ciencia “anything goes” (Against method, 20).
     La hermenéutica analógica que propone Mauricio Beuchot no pone todo en el mismo saco. Muestra que puede haber rigor fuera de las ciencias exactas y naturales, en aquello que se presta a más de una interpretación, pero no a cualquier interpretación. Entre lo unívoco (que no tiene más que una interpretación posible) y lo equívoco (interpretaciones al gusto) está lo que se explica y se comprende por una o más analogías. Cada analogía limita las interpretaciones posibles con respecto a sus propios términos, el contexto, la congruencia (no mezclar las metáforas, por ejemplo), el propósito, los hechos de referencia. Esto hace que la interpretación sea criticable: no puede ser arbitraria. Tiene que ser objetiva, fundada, congruente, aunque no sea la única interpretación posible.
     Esta demarcación tripartita (racionalidad unívoca, racionalidad analógica y especulaciones al gusto) resulta muy esclarecedora. La historia, por ejemplo, nunca será una ciencia exacta: siempre se presta a más de una interpretación. Pero no todo se vale en las interpretaciones históricas, sujetas a la crítica por otros documentos, una paleografía errónea, una confusión sobre el significado de un término, una incongruencia metodológica, una interpretación fuera de contexto. Esto lo saben los buenos historiadores, pero no lo toma en cuenta el relativismo posmoderno. ~