Homero en Aztlán

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Aquiles olvida sus pasiones;
se oye temblar la lira, se escuchan sus canciones.Nuestra vida social concede demasiada importancia a la política; hemos perdido ciertas habilidades para contemplar los objetos que nos importan a la luz del gran tiempo, un tiempo mucho mayor que el de una administración presidencial, mucho mayor que el de la influencia de una generación en los asuntos públicos de un país.
Los instrumentos que nos ayudaban a plantear nuestra vida y nuestros intereses en los términos de un gran ciclo histórico han perdido peso en nuestro ánimo. Así acontece con las palabras y los libros; quiero decir, los libros y las palabras entendidos por sí mismos, en sí mismos. Por lo tanto, un asunto como el de la presencia de caciques y caudillos en las letras mexicanas, particularmente las letras mexicanas contemporáneas, entre las cuales el tema se ha repetido con no poca frecuencia, con no poca fortuna, no debería limitarse a la consideración de la estructura autoritaria del país.
     Con una rapidez que debiera someterse a examen, se incurre en un determinismo político al explicar la recurrencia de los caciques en nuestra literatura. Así, una postulación de este tipo pareciera irrecusable: el autoritarismo mexicano se ha duplicado, simbólicamente, en el territorio de la imaginación verbal más refinada, la de quienes se dedican a componer ficciones poéticas y narrativas. Con ser tan digna de estudio la historia política del México moderno, ¿no parece ésta un pedestal un tanto escaso para la explicación del esplendor de una obra literaria? ¿No sería pertinente pensar esta clase de monumentos al margen de nuestro precario horizonte político, y con base en una sustancia que le es más natural, más propia: las palabras y las formas verbales? Hagamos el intento, al menos, de plantear la cuestión.
     La palabra cacique es una de las huellas léxicas más claras del ingreso de América en la conversación que caracteriza a la civilización occidental. El hombre europeo, en una hora temprana de sus incursiones por América, encontrará que el cacicazgo es una institución de la vida social entre los dueños originales de Santo Domingo. En poco tiempo, la palabra dejará de ser sólo el equivalente verbal del espectáculo que ciertas formas de organización tribal ofrecieron al conquistador español, y se convertirá en la piedra de toque de una verdadera teoría política, según la cual los españoles conducirán sus pasos sobre el suelo americano.
     En el capítulo mexicano de aquella gesta, las cosas serán parecidas. El cacique gordo de Zempoala es una de las primeras aduanas que se registran en el camino de Hernán Cortés y los suyos de Veracruz a México; además, los atributos de aquella figura obesa ya anuncian los correspondientes al gran cacique, el cacique entre los caciques, morador del corazón de un territorio que, si alguna coherencia política ha cobrado en la mentalidad española, se debe precisamente a las cualidades de esa figura de autoridad. Cuando los españoles se convierten en huéspedes del palacio de Moctezuma, en el vocabulario recientemente aprendido ya atesoran la carga preciosa para la comprensión del paisaje circundante, y para normar su voluntad en aquella empresa: cacique. Una palabra, antes que una función política; un haz de signos verbales que aluden a un personaje y un territorio concretos, antes que una abstracción jurídica. Un cauce simbólico que ya se dispone a recibir en su lecho el cómputo de aquellos días.
     La palabra cacique fluye desde entonces en el río de la lengua española que corre en México y, por consecuencia, en las construcciones discursivas que se levantan sobre esa lengua. No aludo a un episodio político, ni siquiera histórico; hablo, en cambio, de un asunto que compete a las palabras, y al estado más firme que éstas pueden adquirir en el comercio de los hombres, la literatura. Los diccionarios más acreditados asocian a nuestra palabra con Gonzalo Fernández de Oviedo, entre los primeros en haberle conferido dignidad literaria. Nosotros añadimos a Cortés y al modesto Bernal Díaz del Castillo, y al pronunciar estos nombres ya va dicho el de los correspondientes monumentos literarios en los cuales la palabra cacique alienta como clave de la narración de la Conquista. En fin, que ya se advierte hacia dónde llamo la atención en esto de situar al cacique en el marco de nuestra cultura literaria: hacia el mundo de las palabras, la trama de las palabras, en vez de los personajes históricos y las relaciones políticas de estos personajes. Tan es así, que la fortuna de este vocablo no sería tan cuantiosa de no haberse correspondido con otro que viene a ser su extensión, su traducción en la mente hispánica: caudillo. Una palabra cuyo nacimiento se sitúa en el diminutivo de la palabra latina que designa la cabeza. El cabecilla, ¿qué otra cosa era Cortés, alzado por su cuenta y riesgo con una parte de los caudales de Su Majestad, y confiado a sí mismo en la aventura de México, a imagen y semejanza de los caballeros medievales, celosos de un fuero político y administrativo que depende de su propia fuerza y virtud? Desde entonces, el caudillo y el cacique avanzan juntos a través de la memoria literaria del español hablado y escrito en México, celebrando su comunidad profunda, sustancial. El territorio sobre el cual esta comunidad quedó afianzada está constituido por los relatos literarios —ya Cortés, ya Bernal, ya Fernández de Oviedo, ya toda clase de informantes, cronistas y poetas inclinados ante el tema del nacimiento de la Nueva España— que van modelando en el depósito de las adquisiciones históricas el mundo informe de las primeras experiencias de Europa en América.
     Este binomio léxico alberga estructuras mayores del discurso, de carácter narrativo y desarrollo episódico. Me refiero a una estructura tanto lógica como moral (es decir, concebida para ordenar los acontecimientos de acuerdo con la necesidad racional de su secuencia y con miras a su proyección didáctica sobre una comunidad) que gira en torno a un personaje revestido de autoridad, dignidad y orgullo, dadas las condiciones de fortaleza en su cuerpo y en su carácter; los atributos excepcionales de esta figura han de ser presentados mediante la cuenta de sus trabajos y sus días. Estamos ante el detonador de un mecanismo narrativo conocido por todos nosotros: el héroe, un caudillo moral, se llame Aquiles, Ruy Díaz de Vivar o Hernán Cortés. El guerrero y el administrador de los bienes tribales; el conquistador y el negociador de voluntades; el guardián del honor propio y el de los suyos; el vigilante de las tierras y de los animales de su comunidad; el padre, con un fuerte matiz sexual, de los hombres y las mujeres dependientes de su autoridad; la fuente de toda ley dentro del territorio que arbitra y que se confunde con sus bienes personales. ¿No advertimos, tras las especificidades históricas de cada caso, esta figura sustancial en los caciques de nuestras letras? ¿Esta clase de atributos no nos seduce con un mensaje antiguo, anterior, muy anterior al de nuestras ficciones políticas modernas?
     Ya se ha dicho que el Cid cabalga junto con los conquistadores y, tras ellos, una multitud de caudillos secundarios que pueblan Castilla con las crónicas de sus actos. Hay que entender esto con cierta amplitud, lejos de atribuirlo a un fardo de la Edad Media que pesara sobre los hombres de Hernán Cortés, como a menudo he escuchado decir a manera de explicación de este hermoso recurso expresivo del testimonio de los conquistadores. El Cid no es una superstición nacional del conquistador: es la manifestación, española si se quiere, de una estructura de sentido mucho más antigua; es un desgajamiento, como ha habido tantos otros a lo largo y a lo ancho de la Europa que sabe expresarse con cierta gracia, del tronco añoso de los héroes homéricos. Entendámonos: los héroes homéricos que, reducidos a la literatura, alimentaron el fondo preceptivo de ciertos géneros literarios de Occidente.
     Las figuras de Homero, sobre todo aquellas que proceden de la Ilíada, impresionaron a tal grado a la Grecia arcaica y clásica que, primero, fueron convertidas en modelos de conducta y, después, en modelos de expresión del hombre virtuoso: es-tructuras de sentido que organizan la composición del poema. Así, Aquiles y Héctor, y tantos otros, viajan por las literaturas occidentales hasta perder el rostro y el nombre, y reaparecen, transfigurados, en los cantares de gesta y las ramas dispersas de romances y canciones.
     Nuestro cacique, en tanto creatura literaria, es hijo de esta clase de estructuras de sentido, narrativas y episódicas, desa-rrolladas en torno a un héroe, trasmutado y multiplicado Aquiles. ¡Cuánto debe el crédito histórico de Cortés a este tipo de estructuras significativas, gracias al cual el caudillo español ha pasado a formar parte de nuestra historia —y de nuestra imaginación literaria!
     Esta adquisición quedó latente desde entonces en el repertorio de nuestra expresión, en espera de condiciones propicias para desarrollarse. Éstas se presentaron cuando el ciclo moderno de las letras mexicanas se abrió en el último tercio del siglo XIX, aproximadamente. Las condiciones favorables para el crecimiento del héroe/cacique que trajo consigo el realismo radican, principalmente, en la preferencia de los escritores afiliados a esta corriente de época por el carácter narrativo del discurso y la organización episódica de la materia, y en la preeminencia que cobró el individuo en la mentalidad del periodo. Sobre este terreno pudo crecer y desarrollarse el cacique al margen de los accidentes políticos del país que pudieron haber prestado su concurso anecdótico y decorativo en las obras en cuestión.
     La primera y más elaborada formulación del cacique en las letras mexicanas modernas corresponde a Luis Gonzaga Inclán, autor de Astucia. El jefe de los Hermanos de la Hoja o Los charros contrabandistas de la rama (1865-1866). En esta novela, Inclán delineó la figura de Lorenzo Cabello, arriero y charro, jefe de una gavilla de contrabandistas de tabaco, mercancía reservada por el Estado mediante el monopolio correspondiente, pero hijo amantísimo, amigo leal, hombre valiente y justiciero, ejecutante adiestradísimo de las artes del caballo, las reatas, las reses y los toros. Las cualidades físicas y morales de Cabello ocupan todo el horizonte de la novela y reclaman todo el interés del escritor. No hay más perspectiva para mirar el paisaje social en Astucia que la del cacique del tabaco.
     Hacia el final de la obra, el cacique de Inclán vuelve la espalda al poder federal constituido legalmente, vilipendia los libros y todo saldo de la educación republicana, y marcha, seguido de su grey, a la tierra profunda del Valle de Quencio, amparado en una razón que se confunde consigo mismo. A contrapelo del republicanismo y la fe democrática y liberal profesada por buena parte de la clase letrada en el México de la época, Luis G. Inclán colocó en el principio de nuestra narrativa moderna a un cacique autosuficiente, arraigado a la tierra, intuitivo, sensual, fuerte, antiintelectual; en fin, una figura profundamente conservadora, y aun contraria a las transformaciones sociales propias del periodo histórico, tal y como lo exigen los atributos ideológicos y políticos del cacique.
     Este prototipo literario será la norma en la imaginación realista de nuestras letras. En cuanto al marco agrario propio de Astucia, caciques de menor monta cundirán en cuentos, relatos y novelas más o menos estimables hasta la aparición de otra figura canónica, Demetrio Macías, el protagonista de Los de abajo (1915), de Mariano Azuela. Con motivo de esta novela, el cacique ingresará en la mitología revolucionaria de México en el siglo XX; los rasgos irracionales y violentos propios del cacique, concentrados en el alzado Macías, pasarán a formar parte de una explicación del movimiento armado de 1910 entendido, de acuerdo con este contexto, como una rebelión agraria, un sismo ocurrido en las capas tectónicas de la nación que derriba toda institución moderna, y sólo deja en pie la autoridad tradicional del cacique. La unidad republicana y constitucional de México pareciera saltar en pedazos y reducirse al sustrato fundamental de unas cuantas figuras autoritarias que cargan sobre sus espaldas la vida de un puñado de regiones descoyuntadas. Es tal el prestigio de la figura que articula esta visión de México, que será socorrida como clave de la explicación del país hasta muy entrado el siglo XX; sintomáticamente, el guión narrativo, político e ideológico alimentado por Demetrio Macías se proyectará sobre la explicación histórica de caudillos agrarios como Villa y Zapata. La llamada Narrativa de la Revolución no hará sino prolongar la influencia del prestigio del cacique en la ponderación de estos asuntos mexicanos.
     Juan Rulfo decanta a tal grado esta perspectiva literaria que su Pedro Páramo (1955) deja ante nuestros ojos la esencia del cacique; quiero decir, los atributos más elementales de la razón y la conducta del cacique. Con ser tan elocuentes los referentes agrarios de la novela de Rulfo, éstos se escurren de nuestras manos dejándonos el sedimento simbólico de una presencia ante la cual es posible reducir el universo social de Comala: la voluntad de Pedro Páramo, el sexo y las pasiones de Pedro Páramo, los accidentes anímicos de Pedro Páramo. Nunca como en la obra de Rulfo había sido postulada con semejante contundencia la reducción de toda vida humana a la voluntad del cacique.
     La presencia del cacique en las letras mexicanas modernas no sólo ha tenido un escenario rural. Entre las manifestaciones citadinas más notables de este núcleo significativo destaca la novela más célebre de Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo (1928). Gracias a esta obra, el cacique sienta los reales de su voluntad sobre estructuras más o menos republicanas del poder público; Martín Luis Guzmán ha operado una ampliación radical de la potestad regional del caudillo a un radio de alcances nacionales. En la obra de este escritor, el país se percibe administrado como el santuario de un cacique. Gracias a esta vuelta de tuerca en el orden tradicional del cacicazgo, éste quedó ligado a la historia del partido oficial de México; los rasgos de este organismo pasaron a ser manifestaciones de un sistema político deturpado. La literatura como función de la política; la novela como clave de la historia contemporánea del país.
     Artemio Cruz, un cacique descendiente de la línea de Martín Luis Guzmán, subrayó esta dependencia de la literatura con respecto de la política nacional y la sancionó como un hecho corriente en nuestra cultura hasta el presente. Carlos Fuentes, el autor de la historia de este caudillo de medio siglo, planteó la vida de Artemio como efecto de las deformaciones de un proyecto político y un sistema de gobierno. Una vez más el cacicazgo era presentado como accidente de un régimen político. Gracias a este estatuto, la huella de Homero se advierte con dificultad en estas obras.
     Sin embargo, ese régimen político se ha transformado lenta pero inexorablemente ante nosotros; en tanto, La sombra del caudillo se afianza como un clásico mexicano del siglo XX y La muerte de Artemio Cruz (1962) se perfila como una de las novelas más estimadas de Fuentes. Situación paradójica: el referente político se desdibuja al paso que se consolidan las formas verbales que han venido considerándose dependientes de aquél. Las peripecias de los caciques siguen llamando nuestra atención y satisfacen nuestra curiosidad de lectores.
     Si la figura del cacique ha de ser una constante temática de la narrativa mexicana moderna, me gustaría pensar que este rasgo nos ennoblece, al corroborar entre nuestros escritores la muy lejana, casi irreconocible huella de Homero, y no que, al contrario, nos empobrece, mostrándonos como reos de nuestros padecimientos políticos. –