I. El orbe de David A. Brading

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Orbe indiano / De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867 (1991) es uno de mis libros de cabecera. Leyéndolo me voy deteniendo ante Las Casas, “el profeta derrotado”, o frente al inca Guamán Poma, “el peregrino de los Andes”; ante esa bóveda donde se pinta, con tintes coloridos, la controversia entre los franciscanos y los dominicos o frente a su perfecto y pálido prelado tridentino, don Juan de Palafox y Mendoza… Pese a que Brading no se permite escribir ninguna línea ajena a la obediencia ortodoxa del historiador, con la lectura de Orbe indiano me siento colmado por un sentimiento de plenitud artística, como si hubiera mirado y comprendido, por ejemplo, La exposición del cuerpo de San Buenaventura, de Francisco de Zurbarán. Gracias a Brading, un historiador ejerciendo como pintor barroco, me imagino que sé, a la perfección, quiénes son y qué significan cada uno de los clérigos y príncipes de la Iglesia que rodean, en ese cuadro, a San Buenaventura. Orbe indiano me ofrece esa sensación: la totalidad de un mundo revelándose a través de un lienzo histórico.

He leído a Brading en mi condición de historiador aficionado y lo he leído, también, guiado por esa curiosidad quisquillosa que rige las relaciones de los verdaderos historiadores, como lo es él, con su público. Su bibliografía se compone, en esencia, de Mineros y comerciantes en el México Borbónico, 1763-1810 (1971), Los orígenes del nacionalismo mexicano (1973), Caudillos y campesinos en la Revolución Mexicana (1980), Mito y profecía en la historia de México (1984), Una iglesia asediada: el obispado de Michoacán, 1749-1810 (1994) y Octavio Paz y la poética de la historia mexicana (2002). Una década después que Orbe indiano apareció La Virgen de Guadalupe / Imagen y tradición (Mexican Phoenix. Our Lady of Guadalupe: Image and Tradition Across Five Centuries, 2001), su última gran obra, el resumen más vivo y erudito que se ha escrito sobre las apariciones, su historia y su significado, desde 1531 hasta nuestra época. Es una obra de historiador pero también de controversista teólogico que hace de su propia batalla por Guadalupe una empresa de restauración, de fijación histórica, de iconología. Gracias a Brading a la Virgen se le puede ver de muchas maneras: de cerca, de lejos, en perspectiva, con escepticismo, con ternura. El más reciente de sus libros es La canonización de Juan Diego (FCE, 2009), una brevísima puesta al día de la cuestión guadalupana en la que Brading defiende, con tacto y determinación, su papel como erudito en la polémica que, a principios del siglo xxi, revivió la vieja batalla entre la Iglesia católica y sus historiadores.

Brading dice que es perezoso y al mismo tiempo confiesa –la verdad contra la falsa modestia, el menos grave de los defectos– que hubiera continuado Orbe indiano hasta entrar a saco en el siglo XX si sus editores de Cambridge, su universidad, no le hubieran arrebatado el manuscrito. Brading conoce muy bien a México y a sus intelectuales y por ello no cae en las involuntarias trampas idiosincráticas que le pongo durante nuestra conversación, que ocurrió en un hotel de la ciudad de México, con el viejo y sagrado bosque de Chapultepec a las espaldas del gran historiador, católico de orígenes irlandeses, nacido en Londres en 1936. No le hizo mayor caso a una pregunta mía, no sólo mal formulada sino pedante –afrancesada, digamos– sobre las utilidades y los inconvenientes de la historia para la vida (Nietzsche dixit) y en cambio le brillaron los ojos (ojos de pintor, de cazador de formas) cuando fueron saliendo a la conversación Las Casas, Bernardino de Sahagún, Clavijero, fray Servando Teresa de Mier, el general Bernardo Reyes y Alfonso Reyes, Octavio Paz… Brading vive la historia como un presente perpetuo en que esos personajes saltan de los cuadros y charlan en las galerías del palacio de la memoria. Sí, en ese gran palacio de la memoria, del que habla San Agustín, pienso cuando recorro mentalmente el orbe de David A. Brading.

 

 

A lo largo de estas semanas he releído tu obra, tan vasta, y ratifico que Orbe indiano está en el centro. Es uno de los libros más completos, significativos y apasionantes que se han escrito en toda la historiografía sobre el Nuevo Mundo. Me preguntaba, releyéndolo, sobre David A. Brading. Quisiera que nos contaras un poco cómo ha sido la peregrinación del historiador. No sé si tú lo ves como una peregrinación o como un vastísimo trabajo de campo por los antiguos reinos de México y del Perú.

Desde mis primeros recuerdos tengo memoria de mi afición por la historia. A la edad de ocho años, porque tuve un año de exilio en Escocia, ya me recuerdo leyendo obritas y cosas históricas. A los trece años leí a Prescott, la Historia de la conquista de México y la Historia de la conquista del Perú, en la biblioteca pública del sitio donde vivía. Y obviamente después, ya en mis años de Cambridge, dediqué tres años a la historia europea, la historia de las ideas políticas, y un año después en Yale, posgraduado, fui estudiando la historia norteamericana y vine a México a partir del verano de aquel año. Tras pasearme dos meses por el país en el verano de 1961, decidí estudiar la historia de México. Tengo un diario de la visita y muestra mi fascinación por las iglesias barrocas y churriguerescas. En mis días de estudiante en Cambridge quedé prendado por la arquitectura, pero hasta entonces nunca había cruzado el canal de La Mancha. Había ido a Hong Kong para hacer mi servicio militar, después fui a Estados Unidos y México fue mi tercer país antes de visitar la Europa continental. Fue mi primer encuentro con la civilización católica, contrarreformista y barroca.

 

Quizá por ello las figuras en las que se nota más tu pasión intelectual sean aquellas que forman parte de aquel mundo renacentista y barroco. En Orbe indiano destacan Las Casas, Colón como historiador, fray Antonio de Calancha, Gregorio García, el inca Guamán Poma, el arzobispo Palafox, hasta llegar a los jesuitas del siglo xviii. Los has leído como figuras históricas pero también como fuentes de historiografía. Junto a los historiadores propiamente del Nuevo Mundo, ¿cuáles son los historiadores clásicos o modernos europeos que tú lees o relees?

Dado que soy un historiador profesional, los he leído toda mi vida. Pero cuando quiero leer algo para refrescar mi intelecto, voy más bien a la literatura. Soy aficionado, y siempre lo he sido, desde mi niñez, de la novela histórica. Todavía puedo leer con gozo las obras de sir Walter Scott, que creó la novela histórica con la publicación de Waverley en 1814; bueno, no todas, porque algunas son muy aburridas. Por otro lado, La guerra y la paz, de Tolstói, tiene muchos significados, pero uno es su carácter de novela histórica, en la que abundan las descripciones. En Waverley Scott escoge como subtítulo Hace sesenta años. Bueno, La guerra y paz fue escrita, también, cincuenta años después de las guerras napoleónicas.

 

¿Cuando lees La guerra y la paz de Tolstói, ¿te saltas las disertaciones historiográficas? Yo lo hago.

En mis primeras lecturas de La guerra y la paz, porque es un obra que he leído varias veces, me saltaba esas páginas rápidamente. Pero en la última lectura, en los años noventa, tengo que confesar que, como me estoy acercando ya a una edad avanzada, me aburrieron un poco la criatura Natasha y sus amores. Ahora prefiero la descripción de las batallas y las reflexiones políticas de Tolstói.

 

Ya que estamos en esto de la literatura y de las novelas, sigamos por ese camino. ¿Cómo lees la novela latinoamericana que aparece al mismo tiempo que empieza tu carrera de historiador? Viniste por primera vez a México en 1961 y esos son también los años en que empieza la difusión de la gran novela latinoamericana. ¿Cómo la leíste como historiador? ¿La novela latinoamericana de aquellos años –Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa– qué importancia tuvo para ti?

Creo que tuvieron mucha importancia… He trabajado mucho en mi vida, pero también soy intelectualmente muy perezoso. Nunca estudié realmente el idioma español, pasé nada más un mes en un colegio, internado de verano. Lentamente fui leyendo documentos, pero no tuve el vocabulario y el dominio de la gramática para entender fácilmente aquellas novelas. Fui hojeándolas, hojeándolas. Algunas veces, enseñando historia de México, cuando estuve en California, utilicé como libro de texto La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes. Y después utilicé alguna novela de Vargas Llosa. Pero cuando hay muchos diálogos pierdo el hilo, a veces. Cuando a partir de mis cuarenta años aprendí a hablar y a leer español mejor, he leído más novelas.

 

No sé si tengas alguna opinión sobre novelas históricas como las de García Márquez o Fernando del Paso. ¿Qué te dice, por ejemplo, la imagen de Bolívar en El general en su laberinto o la de Maximiliano en Noticias del Imperio?

La novela de García Márquez se basa las cartas de Bolívar, que fue escribiendo su propia novela. Él es una de esas figuras neoclásicas que actúan como si estuvieran en un teatro, un teatro público, abierto al mundo. Allí lo vemos declamando. Aun en sus cartas declama y crea su propia figura. Y entonces lo que ha hecho García Márquez nada más es ponerlo como novela. Y Vargas Llosa, en La guerra del fin del mundo, basada en Los sertones de Euclides da Cunha, compone una novela con una historia ya hecha.

 

En los cuestionarios que se hacen a los escritores es frecuente la pregunta sobre sus personajes históricos favoritos. No sé si sea impertinente hacerle esa misma pregunta a un historiador. Más allá de tus favoritos como historiador del Nuevo Mundo, ¿a qué héroes o villanos admiras?

Admiro mucho la obra de Carlyle sobre los héroes y el culto de los héroes, pero no soy realmente muy dado a tener héroes. Claro, en Inglaterra todos en cierto modo tenemos nuestro héroe, Churchill, porque él salvó realmente a la nación inglesa. Yo tenía ocho años cuando terminó la guerra y participé de esa adulación. Recuerdo en mi escuela primaria, cuando se celebraron las elecciones de 1945, aquella lucha entre conservadores y laboristas. Era una primaria católica y muchos de los niños eran descendientes de irlandeses, como yo mismo, pero me mantuve al lado de Churchill cuando la mayoría, por el contrario, estaba del lado de los laboristas. Tenía yo entre ocho y nueve años.

 

Son aquellas elecciones en las que Churchill, tras haber ganado la guerra, pierde, increíblemente…

Entre las grandes figuras a las que respeto está, en primer sitio, Bartolomé de Las Casas. Cuando leí por primera vez la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, sentí un gran desprecio hacia él, por tanta repetición, tanta matanza. Pero cuando lo fui estudiando bien, leyendo la Historia de las Indias y después la Apologética histórica sumaria, su obra maestra, lo reconocí como uno de los grandes pensadores europeos del siglo XVI, que por haberse dedicado a América ha quedado en la penumbra. Pero es autor de una obra de gran originalidad.

 

Las Casas y Fray Servando Teresa de Mier, el par de dominicos, son personajes que te emocionan porque entienden la Conquista como una historia americana. Al leerte se nota tu predilección intelectual por ellos. Ellos representan, quizá, la tesis principal de Orbe indiano, dirigida por ti, en primer término, al público de habla inglesa: que la primera América fue la española y la portuguesa, un primer Nuevo Mundo que no es una negación radical de Europa pero tampoco una simple réplica. Tú te has esforzado en presentar un mundo coherente, en dibujar los rasgos y bosquejar los personajes de toda una civilización. Aunque la imagen sea un poco manida, Orbe indiano es un gran mural. ¿Tú crees que esta idea, por la cual historiadores como tú han batallado tanto, de la autonomía y originalidad del mundo hispanoamericano, ha podido ser transmitida a los lectores, al mundo académico? ¿Crees que ahora que se invertirá tanto en celebrar el bicentenario de las independencias americanas, la tradición hispanoamericana seguirá relegada, como ocurre desde los tiempos de Las Casas, a la periferia intelectual?

A raíz de la independencia y la crisis del mundo hispano, crisis política y cultural ocurrida a principios de siglo XIX, hubo un rechazo de todo aquel mundo barroco. Es el momento neoclásico, que se prolonga durante todo el siglo XIX, en que la literatura española misma rechaza a Góngora y toda esa tradición. Empezando 1880, ya con el modernismo, se va imponiendo una nueva apreciación de la cultura barroca tanto en España como en el Nuevo Mundo. Pero parecía muy claro que, aparte de Sor Juana y algunos otros pocos, no había una gran literatura americana en los siglos XVI y XVII. Por ello es que hay que ir a las grandes crónicas, donde se encuentra la originalidad, el legado cultural del siglo XVII.

Lo fascinante fue comparar el Perú con la Nueva España. Es curioso que los autores andinos sean en cierto modo más interesantes, superiores a los autores de la Nueva España. Por ejemplo: no hay ningún escritor mexicano equivalente a Garcilaso de la Vega ni ningún autor indígena semejante a Guamán Poma de Ayala, y ningún cronista mexicano es tan complejo y milagroso como Antonio de la Calancha, autores que en el Perú ya no tuvieron sucesores del mismo tamaño. Pero lo que sí tiene México es la crónica, la historia de historias, como la de Juan de Torquemada o Jerónimo de Mendieta o parte de la de Motolinía. Con la nueva generación, la de Sigüenza y Góngora y otros, como [fray Agustín de] Betancourt, está la continuación y creación de una verdadera tradición que se continúa en el siglo XVIII. Llegamos a Clavijero, que hace un compendio de Torquemada, pero también escribe con otro punto de vista, el de sus famosas Disertaciones, en la línea de la defensa del Nuevo Mundo contra esos horrendos filósofos que fueron el abate Raynal, Corneille de Pauw y William Robertson. Robertson no lo es tanto, pero la obra de Raynal en su primera edición, aunque corregida después, es un compendio también, pues parte de lo escrito por Diderot y otros autores, y especialmente Cornelius de Pauw, un filósofo que se desplazaba por el mundo insultando a casi todos los pueblos de la Tierra. Pero aquí hay una tradición de defensa del Nuevo Mundo de la cual fray Servando es el heredero. Una tradición que acaba con él.

 

¿Ese mundo americano, renacentista, barroco e ilustrado (o contrailustrado), es o no una fuente admitida de la riqueza del mundo occidental?

Si se quiere entender lo que aquella cultura barroca fue, debe decirse que es una creación de las tierras católicas y, especialmente, de las dos alas de la cultura católica bajo la casa de Habsburgo. La verdadera comparación de América Latina (incluyendo a España) debe hacerse con la Europa central y del este, con el imperio que incluía a Austria, Hungría, Eslovaquia y Polonia, pues esas tierras católicas tenían la misma cultura. Llegará el día en que se hará un gran congreso para comparar América Latina con estos pueblos. Tienen el mismo ritmo; yo me di cuenta de eso cuando fui a Praga y me encontré la extraordinaria iglesia de San Nicolás, que no es churrigueresca pero sí barroca. Y la cultura de Austria, de la Alemania católica, tuvo igualmente una gran influencia aquí en México. Las obras de Kircher, por ejemplo, ese gran monstruo de la cultura barroca instalado en Roma y autor de tomos voluminosos, fueron bien recibidas acá. Y en mi libro sobre la Guadalupana, en los primeros capítulos, dedicados a la época virreinal, se encuentra también la evidencia de ese proceso. Se han estudiado los santuarios y cultos de España, muy semejantes a los del virreinato, el de Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza… Pero en México se utilizó la teología neoplatónica para magnificar y explicar la imagen guadalupana, lo cual fue para mí una sorpresa. Solamente después de terminar Orbe indiano fui leyendo esos sermones en el original. El trabajo de Francisco de la Maza sobre el guadalupanismo mexicano siempre ha sido para mí una inspiración, junto con las obras de Edmundo O’Gorman, pero aquel librito de De la Maza fue fundamental. Fue una señal, una revelación para mí.

 

Ya que hablamos de la Guadalupana me gustaría preguntarte sobre dos de tus últimos libros, La Virgen de Guadalupe / Imagen y tradición y Octavio Paz y la poética de la historia mexicana. Se trata de dos capítulos centrales de la historia de México, de la historia del Nuevo Mundo y también de la obra de David A. Brading, porque si Guadalupe es la gran epifanía fundadora de México, en el siglo XX la obra de Octavio Paz es el trabajo del gran poeta secular mexicano. ¿Cómo relacionas esos dos puntos?

No soy poeta, pero me encantan la poesía y los grandes mitos de la historia. Tuve la primera idea de The First America (título de Orbe indiano en inglés) en diciembre de 1971. Quise hacer una historia intelectual del principio hasta el fin, o sea, hasta Octavio Paz, porque, respondiendo a tu pregunta anterior, tal vez no fueron novelas las que me influenciaron, pero sí la obra de Octavio, El laberinto de la soledad especialmente, que leí en los años sesenta. Tenía entonces dos obras en mente: un estudio de la historia intelectual y política de México y otra destinada a hacer la comparación entre México y el Perú. El primer intento fue buscar los orígenes del patriotismo criollo y publiqué en 1973 Los orígenes del nacionalismo mexicano. Publiqué también, en inglés, Mito y profecía en la historia de México, en 1984. Fui resumiendo, compactando desde el siglo XVI hasta la Revolución mexicana, pero tuve al final que abandonar el asunto porque los capítulos fueron creciendo y creciendo. Especialmente la parte peruana tomó un papel central y por fuerza hube de terminar con la Independencia. Ya aprobado el libro, tuve seis meses para terminar y me metí en otras páginas más y seguí hasta la Reforma, hasta 1860.

 

¿Entonces te hubiera gustado seguir hasta la Revolución mexicana?

Sí, claro. Estuve escribiendo nuevos años y ya no tuve fuerza para más. Pero sigo leyendo y escribiendo: he terminado un ensayo sobre Justo Sierra que se va a publicar.

 

Quizá quieras partir de Justo Sierra para hablar un poco de la Revolución mexicana. Últimamente, de cara a la historia contemporánea de México, en estos años del siglo XXI se ha puesto de moda llevar aquello de O’Gorman de la invención de América a la invención de todo: todo se construye, nada existe en esencia. Hay quien afirma que la Revolución mexicana en realidad no existió, que es una invención, que fue fabricada en el sentido en que se supone que se fabrican las cosas en la historia de las mentalidades. ¿Cómo ves como historiador la Revolución mexicana? ¿Qué es lo que te sigue pareciendo apasionante, y qué revisarías?

La Revolución fue una realidad y esa realidad fue muy triste, desastrosa para la población. No es el mejor modo de hacer las cosas, una revolución, y menos cuando es tan inesperada. Al fallecer Madero todo el mundo pensó que la solución al conflicto había llegado… Pero la Revolución no se puede confundir con la derrota de Porfirio Díaz y de su régimen osificado. Bulnes hizo la descripción de los últimos diez años del Porfiriato como un caos organizado. Si Bernardo Reyes hubiera sido elegido tal vez habría sido posible hacer cambios sin violencia. Tanto la Revolución como la insurgencia de 1810 fueron movimientos que ocurrieron sin planificación, sin fin predeterminado. La lógica la marcaron los acontecimientos. Fueron guerras civiles provocando otras guerras civiles, como la de los cristeros, restauradoras y creadoras de un Estado fuerte y capaz de organizar las fuerzas populares en instituciones, incorporando a los campesinos y a los trabajadores y sus instituciones dentro de un partido hegemónico. Tal vez si Madero se hubiera quedado en el poder se habría establecido una forma más abierta de política… Pero la Revolución es la heredera de Díaz y del gobierno autoritario que Juárez estableció después de la Intervención francesa… Porque el ochenta por ciento de la población era campesina o iletrada, el país no estaba todavía listo para una democracia formal. Tras el modernismo y bajo la influencia de los viejos liberales positivistas, observamos la fascinante oportunidad ofrecida a los intelectuales de entrar al gobierno y formular desde allí sus planes. En contraste están las figuras como Vasconcelos, Manuel Gamio o Andrés Molina Enríquez –de los que hablo en Mito y profecía en la historia de México.

El problema es definir qué fue esa revolución. No hay ninguna respuesta fácil porque es un movimiento complejo, único en América Latina; pero es, espero, el último de esos tres momentos de guerra civil que fueron la Insurgencia, la Reforma y la Revolución. Y no hay cosa más terrible que la anarquía de una guerra civil. Estuve leyendo una de las últimas obras en las que intervino Octavio Paz, aquel posfacio a Algunas campañas, de su abuelo Ireneo Paz, que salió en 1997. Ese libro de memorias noveladas es fascinante debido a la ingenuidad del autor y la franqueza de sus descripciones: los actos de Ireneo son de lo más irresponsable que uno se puede imaginar. Y Algunas campañas también es un testimonio de la inutilidad de la rebelión. Testigo de los acontecimientos, Ireneo habla de cómo el pueblo de Zapotlán fue capturado por las fuerzas patrióticas, la mitad de las cuales estaban compuestas por bandidos que se apoderaban de los caballos y de las mujeres, lo más preciado que había. La guerra civil siempre se trata de eso, finalmente: de apoderarse de caballos y de mujeres.

 

¿Llegará el día en que conmemorar guerras civiles sea visto como una locura prehistórica, remota?

No, no creo que llegue ese día. ~

 

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