La balada de Sanborns

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A poco nunca te han plantado en Sanborns

plantado, mas danzante

es lindo:

en la mesa catorce

la damita de la mascada

no puede mascar sin escupir

trivialidades.

En la mesa nueve

el del bigote ya se va:

Lo espera el sindicato de síndicos

de la comisión rectora

de su rechingada madre.

El mantel no huele a pólvora

pese a que alguien olvidó La Jornada.

 

Pides tu sopa de verdura,

“sin brócoli, por favor”.

Pides arrachera marinada bien cocida

–o comerás crudo Lévi-Strauss–,

pides salsa pico de gallo             

para cacarear más totopos,

pides verdes soles metafísicos.

Y ante el rostro hierático

pides limones mientras explicas

sol en rebanadas acitrolumínicas.

 

Y ya puestos a pedir,

pides una ciudad con puerto,

un flan de la casa que no hay,

una bicicleta entre canales,

un tehuacán con hielos,

ninfas de vapores traslúcidos.

 

Y te traen la cuenta

que hay que pagar en caja:

“¿Lo atendieron bien, señor?”

Y con un do del altiplano replicas:

“Espléndido, bravo, perfecto.”

 

El SMS de tu Nokia añoso

es un epitafio sideral.

No tenemos nada de que hablar,

d q hablar d k avlar.

 

Y la soledad se instala en tu Talavera.

Te taladra el hipotálamo tehuano,

activa la trompeta apocalíptica

de los osos de peluche chinos

del departamento de regalos.

(Prefiero mil veces Juguetilandia,

la Mercería del Refugio tiene

una mejor relación calidad-precio.)

Ya de salida, ves revistas de moda

(la marquesita salió a las cinco,

Salma las tiene de opereta),

libros de autoayuda

(tendré más éxito que fortuna)

y tu signo zodiacal

(la destrucción creativa

de mi acuario babilónico

es un mono hiperquinético en Oriente);

tras pesarte,

mides tu índice de masa corporal

y asumes que la máquina está mal calibrada,

que tus huesos son muy anchos,

que la culpa es de la ancestral butifarra.

Slim es un filántropo al que le donas

otros cinco pesos para saber

tu presión arterial:

te asusta que tu mínima disatólica

¿disatólica?, diastólica, pinche disléxico,

rebasa tu máxima sistólica ideal

(para utopías estoy yo).

 

En el baño, reservado a los clientes,

con la familia Casasola entre las rodillas,

le guiñas un ojo a un zapatista azorado

a punto de tomarse su atole 30-30

en el famoso idem de los azulejos

(circa diciembre de 1914). ~

 

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